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A 24 años de la tagedia de Vargas: El día que la lluvia dejó de ser una bendición (por Vinivio Díaz)

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No es frecuente que las lluvias se presenten a finales de año en el litoral central de Venezuela. Por lo general noviembre y diciembre son calurosos, secos y de lluvias escasas a lo largo de sus 4.5 kilómetros de costas y 32 playas. Sin embargo, el domingo el 28 de noviembre de 1999 una inusual y premonitoria llovizna comenzó a caer desde tempranas horas de la madrugada y continuó, a ritmo pertinaz, hasta el amanecer.

No solamente el estado Vargas recibió la visita inesperada de ligeras lluvias ese 28 de noviembre de 1999. En otras regiones del centro y occidente del país ese mismo visitante había hecho inusual acto de presencia. En todas partes se consideró un fenómeno climático al que no se le prestó real atención ni hubo ningún tipo todo de lucubraciones. Lo que muchos no imaginaron es que el espeso nubarrón que cubría al litoral central era apenas el comienzo de una larga saga de precipitaciones interminables que dejaría una huella cruenta a las dos semanas siguientes. Un suceso, que, a veinte años de ocurrido, son pocas las personas que desean recordarlo.

La llovizna era tenue, intermitente y a ratos cedía, pero se reanudaba cuando menos se esperaba.  Para algunos habitantes del estado Vargas se trataba de una inocente “garuìta” que había llegado para limpiar todo lo malo que había acontecido durante el año que estaba por terminar. Otros, en cambio, pensaron que se trataba de una inoportuna precipitación que provocaría molestias justo en el inicio de mayor actividad comercial por la temporada de navidad que apenas comenzaba. El comerciante estaba ansioso por ver compradores en sus establecimientos, por lo que el advenimiento de una lluvia no era para ellos ninguna bendición.

Al El Rey del Pescado, un establecimiento de venta de comida y víveres de larga data que funciona en la avenida Boulevard de Naiguatá, los clientes llegaban para realizar sus compras, unos ataviados con sobretodos impermeables y otros con paraguas.  Una vez en el interior del local, ya resguardados de la lluvia y con sus ropas pringadas de agua, comentaban con desagrado la molestia de caminar o manejar sus vehículos de un sitio a otro por calles anegadas.  El sol no brilló ese día, como tampoco lo haría los 17 días siguientes, pues unas nubes calamitosas se ocuparían de cubrir los cielos del estado Vargas desde Macuto a Naiguatá, desde Catia La Mar a Maiquetía.

En la primera semana de diciembre el cielo continuó encapotado y la lluvia, que ya no era intermitente, había pasado a ser más intensa. Los amantes del sol playero sentían que sus intenciones de pasar la navidad con los rostros y cuerpos broceados podrían quedar frustradas. El domingo 5 las lluvias arrecian y al filo de la tarde se reporta un deslizamiento de tierra en la autopista de Maiquetía que provoca el derrumbe de 220 viviendas y el fallecimiento de tres menores que mueren tapiados. Defensa Civil ante esta situación declara el Estado de Emergencia en el área. Las autoridades oficiales hacen caso omiso a la alerta de Defensa Civil.

El lunes 6 de diciembre, el Servicio de Meteorología de la Fuerza Aérea de Venezuela abría la semana emitiendo sus boletines como lo venía haciendo desde el comienzo de las lluvias.  “Con base a los análisis de las diferentes cartas e imágenes satelitales – indicó ese día –  una situación meteorológica adversa afecta el Litoral central por el desplazamiento de una línea nubosa en el área norte costera del país, producto de una dorsal anticiclónica que ayudó al ascenso del aire y obligó al aire húmedo a ascender”.

El mencionado servicio de la Fuerza Aérea Venezolana agrega en su boletín, que en el estado Vargas las precipitaciones habían alcanzado ese 6 diciembre un acumulado de 250 mm, sin embargo, no precisa que faltaban solamente 30 mm para alcanzar el máximo nivel histórico. Transcurre una semana más y las lluvias siguen constantes y mantienen los mismos fuertes signos de intensidad de la semana anterior. Si bien la situación era casi idéntica en Zulia, Falcón, Aragua, Carabobo, Miranda y Yaracuy, en el estado Vargas estaba causando enorme preocupación y estragos en zonas pobladas. Nada más en Maiquetía había caído 293 mm de lluvia hasta el lunes 13 de diciembre.

En el Palacio de Miraflores, el presidente Hugo Chávez – quien cumplía ese diciembre apenas un año en el ejercicio de su cargo – sentía inquietud por los reportes que llegaban a sus manos en torno a esa suerte de diluvio tropical que estaban anegando a más de siete estados del país. No obstante, su mayor preocupación no era la lluvia sino la convocatoria del referéndum aprobatorio de la Constitución de 1999 que había impulsado y que debía realizarse el miércoles 15, es decir, dos días después. El presidente abrigaba temores pues, de persistir la rebeldía de las lluvias, como en efecto estaba ocurriendo, impedirían que la participación a la consulta electoral no contara con el suficiente número de votantes para una legitimación verdadera.

«Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. (1), dijo el presidente Chávez parafraseando a Simón Bolívar el día previo a la mencionada convocatoria electoral, la cual fue finalmente aprobada, pero con una abstención del 56,5 por ciento. Ya en la víspera del referéndum, el ministro del Interior, Ignacio Arcaya, manejaba cifras alarmantes acerca de los efectos que estaban dejando las lluvias a su paso. Destacó que hasta ese momento había un número parcial de “18 muertos en todo el país, 5.000 damnificados y 50.000 personas afectadas directamente por las lluvias”. (2). Defensa Civil, por su parte, aseguraba que (…) ocho estados del país estaban en situación de emergencia, mientras que en el estado Vargas se había registrado más de 10 muertos tras una semana de lluvia”. (3)

EN VARGAS LAS PIEDRAS SE HICIERON RIO

El miércoles 15 de noviembre, el Consejo de Ministro declara en horas de la mañana el Estado de Emergencia en el Estado Vargas. En horas de la noche, poco antes de que el presidente Chávez anunciara el resultado del referéndum constitucional, el suelo de la serranía del Litoral no resiste el embate continuo del agua de la lluvia y empieza a abrir sus fauces debilitadas por la erosión. Las piedras y las rocas se desprenden con facilidad por los efectos de la erosión y por la crecida de los 22 ríos y 30 riachuelos que han provocada tres semanas de lluvia. Son rocas y piedras que habían estado inmóviles durante cientos de años, tal vez siglos.

A este derrumbe de piedras y rocas enormes se unen gruesas masas de lodos que juntos comienzan a descender precipitadamente por las estrechas quebradas y laderas impulsadas por una incontenible corriente de agua. Se escucha entonces un sonido vibrante y aterrador que hace pensar que se trata de un grito de angustia que emite la misma serranía para anunciar a los pobladores de abajo que no pudo resistir más. La velocidad del alud es violenta y arrastra también con toda la vegetación, desperdicios metálicos, enseres domésticos desechados y objetos de plásticos contaminantes que encuentra a su paso o estaban en los lechos de los ríos. Toda la serranía tiembla por la presión inaudita del agua.

La impetuosa corriente al desembocar en las playas destruye en pocas horas edificaciones y arrastra árboles, carros, autobuses. Las casas son tapadas por la corriente quedando completamente cubiertas por el lodo. La población de Carmen de Uria es una de la más afectada, toda vez que en esa primera noche la furia de la montaña se llevó más de 200 casas consolidadas y cerca de 500 ranchos. Las calles desaparecieron y un manto de lodo marrón cubrió toda la zona poblacional. Debajo de los escombros y de la tierra, que en el momento de la tragedia se había convertido en lodo, se encontraba, y aún es posible que se encuentre, un número incontable de personas que quizás no pudieron salir de sus hogares. 

Al amanecer del 16 de diciembre la claridad del día desvela un panorama desolador en gran parte del estado Vargas. Desde Carayaca hasta Caruao se observan los estragos de la vaguada. En unas poblaciones el impacto ha sido menor, pero en otras, como el caso de Carmen de Uria, los efectos son graves y sumamente terribles. Al siguiente día, el jueves 16 de diciembre, se produce un segundo derrumbe y la vaguada embiste de nuevo contra Carmen de Uria para asestarle una estocada final, pero también entierra de piedras y lodo a otras poblaciones como Cerro Grande en Tanaguarenas y Los Corales, dejando igualmente cifras lamentables de muertos y desaparecidos.

El sábado 18 de diciembre las lluvias comienzan a disminuir y se van extinguiendo en la medida que el sol comienza a cubrir los nubarrones grises. El siniestro saldo dejado por la vaguada es de 3.700 hectáreas afectadas por la gran avalancha de lodo, piedra y sedimentos producidos. Hasta la fecha no se ha precisado con exactitud las cifras de muertes que dejó la tragedia de Vargas. Se suele asegurar que “entre 7.000 y 30.000 personas perdieron la vida en el desastre natural, pero organizaciones internacionales afirman que la cantidad es el triple de la mostrada.” (4). Lo cierto es que muchas personas aún continúan desaparecidas, seguramente sus cuerpos se perdieron en el mar o yacen bajo los suelos de las urbanizaciones de Los Corales, Macuto o Carmen de Uria.

  • Davies, V. 2000. “Una noche en estado de sitio”. Pp. 122. En Y El Ávila bajó al mar, coordinado por C. Ortiz. Caracas. Diario El Nacional.
  • Davies, V. 2000. “Una noche en estado de sitio”. Pp. 122. En Y El Ávila bajó al mar, coordinado por C. Ortiz. Caracas. Diario El Nacional.
  • Declaraciones del entonces Director de Defensa Civil, Ángel Rangel, al diario El Universal, de fechas 17 de diciembre de 1999 (pág. 4-17) y 22 de diciembre de 1999 (pág. 1-4)
  • CEPAL-PNUD: Los efectos socioeconómicos de las inundaciones y deslizamientos en Venezuela en 1999, Sede subregional de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), México, D. F. 2000.

Vinicio Díaz Añez

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