Olor a perfume caro (Relatos de muerte, Alberto Morán)

Olor a perfume caro (Relatos de muerte, Alberto Morán)

“¡Chico!, deja las manos quietas, pareciera que en lugar de dos tuvieras cuatro”.
En realidad, Randy se comportaba como un pulpo dentro de la camioneta. Atendía al mismo tiempo el volante, el equipo de sonido, el trago de whisky, prendía un cigarro y todavía le sobraba una mano para acariciar los muslos de Amira.
-A esta hora de la madrugada no hay tráfico, la ciudad está sola – se justificó Randy
-No importa, siempre te debes parar en los semáforos, le advirtió ella-, aunque Amira tampoco cerraba las piernas.
-¡Bueno, chica, no te toco más! -dijo Randy-, y Amira presumiéndolo enojado se le acurrucó en el hombro, le tomó la mano y entonces fue ella quien se la acomodó entre las piernas, y le dijo rebosante de ternura: “no te pongas bravo, bien sabes que me gusta…”.
Randy continuó el viaje y en la próxima esquina se detuvo con la luz roja. En ese momento, un carro gris lo adelantó y lo interceptó, tres hombres encapuchados descendieron violentamente y lo encañonaron a él y a su novia.
-¡No se muevan! –dijeron avanzando a cada lado de la camioneta-. A la joven la bajaron, le colocaron una capucha, la maniataron y la metieron en el compartimiento trasero de la misma camioneta debajo de una lona; quisieron hacer lo mismo con Randy, pero el joven intentó sacar su pistola y le pegaron un tiro en la cabeza. “¡No, no ¡por Dios, no me maten, no me maten!”, gritó Amira. “¡Si te voy a matar!”, amenazó un atracador. “¡No, no la mates!”, dijo otro bandido que impuso su autoridad sobre los demás y le perdonaron la vida a la muchacha. “Te vamos a dejar viva, eso sí, no hagas ninguna bulla, porque te violamos y te matamos”, le advirtieron los dos asesinos que abordaron la camioneta. Y ella hasta contuvo la respiración.
Amira sentía que el vehículo de vez cuando se detenía, el chofer saludaba y continuaba, eso lo percibió como en tres oportunidades, hasta que llegaron a un sitio y la abandonaron. Al amanecer, fue encontrada por moradores del sector.
La mujer fue llevada al destacamento militar de la zona y luego traslada a la Policía de Investigaciones Penales.
Un mes después del suceso y cansada de rendir declaraciones, se pudo incorporar al trabajo. Robert se hizo cargo de consolarla, de sacarla de las repentinas depresiones, total él siempre pretendió a la muchacha solo que, en el galanteo y el enamoramiento disputándose el amor de ella, le ganó Randy.
-Esta es tu oportunidad –le dijo Edwin-, otro compañero de trabajo.
-Amira iba a ser para mí por encima de Randy y de quien sea, incluso, tuyo -dijo Robert-. ¿O vas decir que no estás enamorado de Amira?
-Quién iba a creer que siempre te ibas a salir con la tuya –dijo Edwin obviando la inesperada respuesta de Robert.
-Anótalo que así es –advirtió Robert-. Edwin se lo quedó mirando queriendo decir algo, pero finalmente no dijo nada.
Amira aún no pensaba en una nueva relación, aunque sabía que sus compañeros de trabajo la pretendían; de momento solo quería que la policía resolviera el asesinato de Randy, pero ya estaba cansada de que siempre le dijeran lo mismo en la jefatura de investigaciones.
-Seguimos trabajando. Se presume que fue un atraco para robarse la camioneta –dijo el inspector conversando con ella.
– ¿Pero ni una pista sobre los homicidas ni el auto gris? –recalcó Amira.
-No, nada, seguimos tomando declaraciones –dijo el funcionario-. Para mañana tenemos citado a dos de tus compañeros de trabajo, Robert y Edwin.
– ¡¿Robert y Edwin?! – masculló Amira sorprendida.
Por cierto, ¿cómo era la relación de esos dos señores con tu novio Randy? –preguntó el investigador.
-Bueno, bien, Randy a veces peleaba conmigo por ellos, parece que estaban enamorados de mí y eso lo molestaba, pero eso no pasaba de ahí, ellos ni se enteraban.
-Ah ok, no pasaba de ahí –ironizó el inspector.
-Sí, discusiones tontas, al rato a él se le olvidaba. Además, Robert y Edwin sabían cómo yo quería a Randy.
El policía dejó de mirar a la muchacha, bajó la cabeza y habló entre dientes.
– ¡Ay no sé! –dijo ella viendo la actitud desconfiada del policía-. Los investigadores son ustedes, pero esos muchachos son incapaces de una cosa así.
El pesquisa volvió a levantar la cabeza, la volvió a mirar y sonrió sin decir nada. Amira se quedó pensando y, de pronto, negó con la cabeza.
-Inspector, disculpe, quiero hablar con el comisario ¿puedo? –dijo Amira.
-El comisario te va a decir lo mismo, yo soy quien le informó a él. Y no creo que te pueda atender.
– ¡Por favor! –suplicó Amira.
En ese instante tocaron la puerta y entró un hombre de flux y corbata.
-Perdón –dijo viendo que el inspector estaba ocupado y dio la vuelta para marcharse.
– ¿Usted es el comisario? –le preguntó Amira extendiéndole la mano para presentarse, con el fin de retenerlo.
-Sí, soy yo –dijo el jefe policial acercándose galante a la denunciante.
– ¿Ay discúlpenme! Ya vengo –dijo Amira soltando la mano del comisario-. Ahora que el inspector tiene citado a Robert y a Edwin, en el carro tengo unas evidencias que de pronto le pueden ser útil en la investigación. Y se las quiero entregar a usted comisario.
-¡Cómo no!
Amira salió por el pasillo sin poder evitar el duro taconeo que iba dejando en su paso coqueto, desde algunas oficinas salían algunos silbidos en tono de cumplido; la chica avanzaba o se exhibía con una ligera sonrisa; serena y altiva llegó al auto, lo abrió, subió, giró el suiche y cerrando la puerta arrancó a toda velocidad; huía aterrada, ese perfume caro del comisario así como su voz, era la misma del asesino de su novio, el que se impuso evitando que la mataran, y el mismo que se detenía, saludaba con respeto y enseguida lo mandaban a continuar el viaje.

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