El aviso clasificado de prensa (Relatos de muerte, Alberto Morán)

El aviso clasificado de prensa (Relatos de muerte, Alberto Morán)

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Los toquecitos al portón que comenzaron temerosos, fueron en aumento hasta que los vecinos salieron alarmados ante el estruendo de los golpes. En realidad, la señora Amelia escuchó desde el principio, solo que mientras se levantó, estiró las articulaciones, afirmó bien los pies en el piso, pasaron varios minutos. Y al paso de un robot electrónico con la batería débil, llegó donde estaba el policía llamando, pero al tenerlo enfrente apenas pudo lanzarle una mirada indagadora.
– ¿Amelia Barragán, madre de Gervasio Barragán? –preguntó el policía observando detenidamente el desespero de la señora que, sin respiración, gesticulaba la boca sin poder articular palabras. Y la señora viendo que no le salía la voz, dijo “sí” con la cabeza.
– ¿No hay más nadie con usted? –preguntó el gendarme.
Amelia boqueando y con saltos en el pecho dijo “no” con la cabeza.
El policía bajó la cara pensando si le daba o no la noticia en las condiciones que la veía; hizo un breve silencio y de pronto sin ninguna prudencia ni consideración soltó: “a su hijo lo mataron en el interior de un apartamento”.
La señora Amelia sin fuerzas para reventar el llanto, se fue inflando e inflando con un tronido que le brotaba de las profundidades del alma; su cuerpo pareció llenarse al tope, y entonces como queriendo liberar de un solo tirón todo el aire comprimido acumulado entre el pecho y la espalda, se comenzó a desinflar con estruendosa exhalaciones por la boca y la nariz, para irse desvaneciendo con una mirada perdida en unos ojos que se le querían desprender del rostro; al policía le dio tiempo de agarrarla y amortiguarle el impacto de la caída. Y con ayuda de los vecinos la levantó y la regresó al interior de la vivienda. Por fortuna Amelia seguía con vida.
Gervasio llevaba meses sin trabajo, ni siquiera de forma ocasional conseguía desempeñar alguna actividad, que le permitiera ganarse un dinero. Una vez, en compañía de su primo Alex, sentado en la acera enfrente de su casa, se apretaba las sienes pensando cómo resolver la falta de comida, cuando llegó uno de sus amigos.
Dustin aparcó su lujoso vehículo y se peinó mirándose en el espejo retrovisor antes de bajar.
-Epa, Gervasio, ¿qué tal?…
-Epa, Dustin, chico, aquí pensando cómo hacer para comer.
Los amigos hablaron largo rato. Dustin se levantó de la acera, se metió la mano en el bolsillo y le pasó un fajo de billetes a Gervasio, que también se puso de pie y apretando el paquete se le comenzaron a suavizar los surcos de amargura que le cruzaban la frente.
-Gracias, mi hermano –dijo Gervasio.
-Tranquilo –dijo Dustin.
Dustin se volvió a meter la mano en el bolsillo, saco un recorte de prensa con un aviso clasificado, y se lo entregó a Gervasio: “Necesito un amigo que me haga feliz. Pago bien y en efectivo”. La publicación estaba firmada con el seudónimo de “El Zorro”.
-No Dustin, yo no soy hombre de esos.
-Yo tampoco hermano, pero peor es que dejes morir a tu mamá de hambre.
Gervasio miró a su primo Alex, que escuchaba en silencio. Alex se encogió de hombros como dejando entrever que le daba igual o que poco le importaba el asunto, y solo habló para despedirse de Gervasio ignorando a Dustin, como Dustin lo ignoró a él cuando llegó: “Hablamos otro día”, le dijo y tomó camino.
Dustin igualmente se marchó y Gervasio se dirigió al supermercado, hizo una compra y la colocaba sobre la mesa cuando llegó Jay, otro de sus amigos.
-Cómo que llegué en buen momento –dijo Jay.
-Ajá –dijo Gervasio y lo invitó a la mesa.
Después de cenar, Gervasio le contó de la propuesta de Dustin y le mostró el aviso clasificado.
-Me parece bien –dijo Jay.
– ¡No chico! –reaccionó Gervasio impersuasible.
-Yo si lo he hecho –dijo Jay.
-No, yo no hermano.
Un mes después, Gervasio estaba sentado en la acera de enfrente de su casa con el mismo martirio, ahora con la cabeza entre las rodillas. Y pensando cómo traer comida para la casa, recordó lo del aviso clasificado.
Gervasio llamó por teléfono y esa misma tarde acudió a la cita. Tocó el timbre del apartamento y lo recibió sin hablar un hombre vestido totalmente de negro, pantalones, medias, botas, capa, guantes, una máscara que le cubría toda la cabeza; lo único que exhibía blanco era la “Z” que su franela manga larga tenía estampada en el pecho.
Gervasio se quedó plantado en la puerta. Sintió miedo, quiso retroceder y El Zorro se metió rápidamente la mano en el pantalón, sacó un fajo de billetes y se lo entregó. Gervasio lo tomó, entró retrechero. El enmascarado sin ningún preámbulo lo llevó de la mano a la cama y comenzó las caricias, Gervasio permanecía frío, desganado, sin iniciativa, sin ánimo.
“El Zorro” abatido de placer gimió, masculló unas palabras; a Gervasio le pareció la voz conocida, le soltó un manotón. “El Zorro” sacó la cara a tiempo y se alejó para evitar que le quitara la máscara. Gervasio se tranquilizó, y dándose cuenta de su torpeza fue ahora con calma a su encuentro con una sonrisa complaciente y comenzó a “domesticarlo”, a corresponderle el cariño. “El Zorro” malicioso estaba esquivo, a la expectativa, pero poco a poco fue tomando confianza y, cuando se desplomaba irreversible a las profundidades del abismo concupiscente del placer, Gervasio le soltó otro manotón y lo despojó de la careta; “El Zorro” ya no hizo caso a quedar descubierto, convencido de la reciprocidad de su acompañante, tanto que cerró los ojos a la espera de más cariño, pero Gervasio mirándolo a la cara, se levantó violento de la cama y le propinó un fuerte puñetazo en el rostro.
“El Zorro” atraído por él, no reaccionó, recibió el golpe con resignación, más bien lacrimoso le imploró que aceptara la relación, que por lo menos viviera el momento, pero Gervasio se negó de plano.
En ese instante recibió otro puñetazo en la cara, sin embargo, “El Zorro” siguió inalterable, sometido, dócil, reacio a defenderse; Gervasio enardecido y sin control, quiso seguir con las agresiones y en la próxima embestida, su primo Alex lo esperó con un puñal que intempestivamente sacó de sus botas corte alto y se lo clavó en el pecho hasta el cabo.
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