La desaparición del narcotraficante (Relatos de muerte, Alberto Morán)

La desaparición del narcotraficante (Relatos de muerte, Alberto Morán)

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En el momento que Alejo Peralta dio la espalda para marcharse, su esposa Damaris, alias “La Tigra”, le dijo furiosa con la pistola en la mano: “¡Ah te vas!” El hombre volteó, la miró de pies a cabeza sin decir nada, continuó imperturbable a su camioneta y arrancó. La mujer, llena de soberbia, soltó un disparo al aire mientras le gritaba: “¡me la pagas porque me la pagas! ¡A mí nadie me deja por una perra!” Alejo Peralta se volvió a detener, le volvió a lanzar una mirada homicida en silencio desde el vehículo y siguió “picando cauchos”, desde ese día no se supo más de su paradero.

                Tiempo después, unos muchachos jugaban en el patio con un fémur, incluso, el más pequeño lo tomó de bate y pidió a sus compañeros que le picharan flichitas; los perros se sumaron al retozo y el señor Adaulfo salió a llamarles la atención aturdido por la gritería.

– ¡Hey, hey!, cada quien para su casa –dijo intentando poner orden y observando el hueso.

– ¿Dónde encontraron eso? – preguntó Adaulfo.

-En el basurero -dijeron los muchachos.

                Adaulfo intrigado llevó el hueso a la policía y le confirmaron que era el fémur de una persona. Varios investigadores se trasladaron al muladar y pudieron armar casi todo el esqueleto. Los expertos colectaron otras evidencias, entre ellas, un anillo que les permitió identificar a la víctima. Se trataba de Alejo Peralta, poderoso mafioso vinculado al comercio de estupefacientes y psicotrópicos.

Esa noche, el narcotraficante salió de la casa de “La Tigra”, se dirigió a la residencia de Génesis, su amante y, cuando ella le quitaba los zapatos tendido en la cama, recibió una llamada telefónica de alguien apodado “Cancerbero”.

Alejo Peralta dejó a Génesis para ir en busca de “Cancerbero” y en el trayecto, desapareció. La policía trabajó, sin éxito, sobre la base de un ajuste de cuentas por el tumbe de algún cargamento de droga. Tampoco dio con “Cancerbero”, principal sospechoso del asesinato del capo.

Pero con el hallazgo de los restos de Peralta, se reactivó la investigación. El comisario Bracho llamó al inspector Galván, quien estuvo al frente del caso. Galván descansando en su residencia, quedó pensativo después de la comunicación con el jefe. Laureana, la esposa, lo observó y comenzó a efectuarle arrumacos de bebecitos; cariñosa le cruzaba repetidamente el dedo índice en la boca, mientras ella hacía un sonido gutural para imitar el ruido de un carrito en marcha.

-Tengo que irme –dijo el inspector en un tono seco.

– ¿Por qué? –se quejó su mujer con voz infantil-. ¿Por qué tiene que irse mi “cochita” bella de amá, ah?

-Localizaron el cadáver de Alejo Peralta.

– ¡Otra vez con ese señor! –dijo Laureana-, como si a las brasas encendidas de su felicidad le hubiesen lanzado un balde de agua.

Galván se trasladó a la comisaría, citó de nuevo a “La Tigra” y a Génesis, que fueron liberadas el mismo día, el inspector sabía que esas mujeres eran inocentes, las llamó sólo por reactivar de alguna manera las investigaciones. Días después, el comisario Bracho lo encaró de nuevo.

-Por fin, ¿quién mató al narco? El jefe más grande me dio 72 horas para resolver el caso.

-No hay pistas del homicida o los homicidas, comisario –dijo Galván.

-El mejor pesquisa de la policía, ¡¿y no puede con ese estúpido homicidio?!

-Siempre hay una primera vez, comisario.

-Bueno, recuerda que aquí nuestros jefes no mascan chicle. Desde ya te puedes ir buscando un nuevo empleo.

– ¿Y por qué tanto interés en un narco, comisario?

– ¿También tengo que explicarte como se manejan las cosas aquí, Galván?

-Es solo una inquietud, comisario.

-Galván ¡por Dios!, no voy a dejar que sigas hablando con “La Tigra” y Génesis, cada vez te ponen más bruto.

El inspector Galván, conocido como un policía honesto, de recto proceder, de manera inexplicable le ocultó las pesquisas al comisario, nunca le dijo que llevaba bien adelantadas las averiguaciones y que desde sus inicios determinaron que Peralta, al salir de la casa de Génesis, fue abordado por dos motorizados que le tomaron la banda, y el de la parrilla le vació la pistola. La camioneta se trancó contra la acera. El mafioso quedó muerto derribado hacia el puesto del copiloto. Los sicarios intentaron prenderle fuego en el mismo sitio, pero venían carros y el gatillero prefirió echarlo a un lado, tomar el mando de la unidad y continuar viaje al basurero, donde se deshicieron del cadáver; la camioneta la quemaron en un paraje solitario y posteriormente fue localizada por la policía; del cuerpo no se supo hasta que los niños encontraron el fémur.

Ahora el inspector Galván estaba en un duro aprieto. El sicariato estaba prácticamente resuelto policialmente, y con eso podría ganar tiempo, pero, al parecer, no le era nada fácil capturar a los autores del homicidio.

Galván se marchó a su casa pensando en la amenaza del comisario; Laureana salió a recibirlo de cacheteros, le abrió la puerta y le dio la espalda; él con pasmosa frialdad y lleno de lujuria le comenzó a detallar su diminuta cintura, sus amplias caderas, su pronunciado trasero, y ella lo percibió como lo percibía siempre que él tenía ganas de ella; La mujer continuó a paso lento para que el inspector regodeara gozoso la mirada en los atributos de su cuerpo y la siguiera hasta la cocina, donde él acostumbraba hacerle el amor sentada sobre unas cajas de cervezas vacías, dispuestas una sobre la otra, pero curiosamente el policía por primera vez no la siguió, sino que la llamó:

– “Cancerbero” y ella volteó sorprendida; el hecho de que la llamara por ese apodo no le dejaba dudas de que estaba descubierta, así solamente la llamaba Peralta, para no comprometerla en sus andanzas delictivas, un antiguo amante a quien ella siguió queriendo y mandó a matar en un arrebato de irá celosa de Génesis.

– ¿Cómo lo supiste?

-Siempre lo supe, pero nunca quise hacer justicia por un narcotraficante, hasta ahora que se puso en juego mi cargo – le dijo el policía colocándole las esposas.

Galván seguidamente hizo presos a dos policías amigos como autores materiales del asesinato, los mismos que en una fiesta de la brigada de investigaciones le presentaron a Laureana, después del homicidio del poderoso narco.

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