El tiempo y la distancia no pueden apagar el amor, Marilena y Aldo, una historia que nació hace 68 años: "Te he buscado por décadas"

El tiempo y la distancia no pueden apagar el amor, Marilena y Aldo, una historia que nació hace 68 años: “Te he buscado por décadas”

Marilena Lerario y Aldo Sportelli, una historia de amor que nació en 1951 en Polignano a Mare, Italia (Gentileza The Washington Post)

“Ti ho cercato per decenni. Eri il mio primo amore”. (“Te he estado buscando por décadas. Fuiste mi primer amor“).

La voz temblorosa del otro lado del teléfono, ese susurro en italiano, heló a Marilena Lerario. Esas palabras resucitaron recuerdos que ya estaban sepultados. Y volvió a sentir aquella brisa adriática que la envolvía cada tarde en Polignano a Mare, en Bari, el sur de Italia, casi siete décadas atrás.

La encantadora voz tenía un dueño. El mismo que había conquistado su corazón en un viaje de descubrimiento del mundo en abril de 1951, cuando abordo del SS Conte Biancamano, atravesó el Océano Atlántico, para conocer junto a su abuelo –Antonio Lerario, inmigrante italiano- la tierra de sus ancestros.

Marilena tenía 15 años y era su bautismo turístico. Tenía por delante un año que soñaría lleno de aventuras en una Europa de post guerra. Lo que no sabía era que allí nacería un amor inmortal.

El buque partió del puerto de Santos y tras dos semanas arribó a Génova. Desde allí un largo viaje en tren a la región de Puglia que permitió a la familia ver las sobras de la devastadora Segunda Guerra Mundial. Cómo la Italia que su abuelo había dejado a los 13 años, en 1885, había sido mutilada.

Llegaron -¡por fin!- a Polignano a Mare, el minúsculo pueblo natal de Antonio Lerario. Hoy viven allí unas 16 mil personas. Su geografía edilicia no varió demasiado desde que el niño había abandonado en un buque migrante su tierra tantos años antes. Seguía siendo un poblado pescador… como lo es en la actualidad.

Allí un pequeño Antonio, el abuelo de Marilena, ayudaba a su padre a cazar pulpos en los dorados acantilados donde la piedra se casa con el mar que hacen de Polignano a Mare un lugar de ensueño.

Marilena y sus abuelos -convertidos en Brasil en una de las familias más poderosas del sector agrícola producto del incansable Antonio– se hospedaron en el Grotta Palazzese, el hotel más importante de la ciudad. Allí eran famosas las visitas de las personalidades más importantes de Europa, quienes lo elegían por sus memorables cenas en una caverna de lujo a la que pocos podían acceder.

Con 15 años, ella parecía una estrella de Hollywood. Sin embargo, por su corta edad, no podía acceder a esa caverna gastronómica sólo reservada para mayores. Ella se entretenía en la cocina, ayudando a la familia dueña del hotel a preparar las delicias que servirían durante las cenas.

Era su pasatiempo. Aunque para Aldo Sportelli -aquella voz temblorosa en el teléfono- significaba sus primeros pasos en el restaurant. Su primer trabajo. Y allí la conoció. Y allí se enamoró para siempre. Y fue recíproco.

Pasaban cada atardecer viendo cómo el sol se escondía en el Mar Adriático. Cercano a ellos, un miembro de la familia los vigilaba. Aldo era dos años mayor que Marilena, pero mejor tenerlos controlados.

Era una relación de dos adolescentes que no pasaba a mayores. Charlaban sobre su futuro. Él quería ser ingeniero. Ella no sabía qué pasaría a su retorno a su lejano Brasil. Debería retomar sus estudios -un año afuera del colegio era bastante- y reordenar su vida.

Pero las familias interfirieron. Justo cuando Aldo pretendió besarla por primera vez porque veía que el reloj corría y ella inexorablemente retornaría a esa ciudad llamada San Pablo, en una inhóspita América del Sur.

La distancia social entre ambas familias es imposible de unir, pensaron tanto los abuelos de Marilena como los padres de Aldo. Ambos acataron el mandato superior y decidieron evitar un romance que pudiera contrariar los deseos y planes de sus mayores.

El vínculo continuó pero como una amistad sosa, famélica. Ella le pidió, en el final de su travesía, que le escribiera un mensaje para su diario. Aldo tomó una pluma y garabateó: “Marilena, si lo permites, una amistad puede ser un vínculo duradero. ¿Será así con nosotros? Yo espero que sí”.

 

“Marilena, si lo permites, una amistad puede ser un vínculo duradero. ¿Será así con nosotros? Yo espero que sí”, la carta que escribió Aldo Sportelli a Marilena Lerario antes de que partiera

 

El día no deseado llegó. El de la despedida. Todo el equipaje que la familia de la joven de -ya 16- parecía pesar sobre la humanidad de ambos. Aldo fue a la estación de tren para verla partir. ¿Para siempre? Se quedó observando aquella formación hasta que serpenteó el horizonte y desapareció.

Al retornar a Brasil, ya como una mujer de mundo, Marilena conocería poco después a quien sería su marido. Lentamente había dejado atrás esa historia de adolescentes para centrarse en su vida y su futuro. Tendrían cuatro hijos. Pero su vida de casada no sería del todo feliz y su marido… no el mejor de los maridos.

Aldo, por su parte, se vinculó con quien sería la madre de sus dos hijos: Beatrice. Se casaron cuando él tenía 35 años. Cumplió: fue un gran ingeniero. Pero su matrimonio tampoco fue ideal. Fue el sostén de su amada esposa quien sufría de depresión.

Un día de 1995, poco después de que su madre muriera, Aldo revisó correspondencia. Cartas que la mujer había recibido y atesorado. Allí encontró una particular. El remitente: San Pablo, Brasil. Dentro del misterioso sobre había una fotografía. Una jovencita Marilena vestida de blanco… junto a otro hombre.

¿Por qué su madre nunca le había mostrado aquella imagen? ¿Creería que hubiera sufrido una desilusión? Fue en ese momento cuando miles de sensaciones retornaron a Aldo. “¿Qué sería de su vida?”.

La fotografía había sido enviada a los dueños del Hotel Grotta Palazzese, propiedad de la familia de Aldo por la madre de Marilena. Quería ponerlos al tanto de su vida. No mucho más. Al fin y al cabo, aquel año de 1951 en Polignano a Mare había sido inolvidable para todos.

Comenzó la búsqueda. Intentó comunicarse con el fotógrafo -en aquella época, las imágenes llevaban la inscripción del autor-, aunque sin suerte. Ya había muerto. También tuvo la osadía de escribirle al comisionado de San Pablo: “Somos una ciudad de 12 millones de habitantes. No podemos ayudarlo”, fue la respuesta lógica. La ciudad industrial brasileña es un poco más ruidosa que la tranquila Polignano a Mare.

Pero Aldo, además, debía confrontar con la depresión de Beatrice, a quien en 2012, además, le diagnosticaron Alzheimer y Parkinson. La primera de las enfermedades se desarrolló como un rayo. Al poco tiempo, la mujer que había conquistado su corazón en una fiesta, ya no reconocía a sus hijos –Vito y Sabrina– y todos los lazos que la unían a su marido también habían sido disueltos por aquel mal traicionero.

Dedicó sus días, sus horas y sus minutos a Beatrice. Sólo disponía de tiempo para él cuando ella dormía. Tras dos décadas, logró la ayuda de una agente impositiva brasileña para contactarla. No había podido dar con ella porque figuraba con su apellido de casada. Había enviudado cuatro años antes. Le dieron su número de teléfono.

“Non ti ho mai dimenticato”, lanzó con su temblorosa voz de 82 años y de nervios. “Nunca te he olvidado”.

Continuaron charlando los días que siguieron. Se pusieron al corriente luego de seis décadas de silencio y mucha agua bajo el puente.

Al ver una fotografía suya en su perfil de Facebook, Marilena le dijo a su nieta –Marina Lopes, corresponsal de The Washington Post en Brasil– quien la ayudó en la búsqueda: “Es buenmozo”. Allí, él está sentado en un sillón, con su pelo blanco y una elegante corbata roja.

Lopes la ayudó a tener una comunicación más fluida con aquel hombre que había sido parte de uno de sus años más inolvidables con el Adriático de testigo. En una reunión familiar, se hizo la videollamada. “¡No solías ser rubia!”, le dijo Aldo al verla a través de la pantalla.

Las charlas continuaron durante semanas. Los días en que Aldo interrumpía las comunicaciones, Marilena lo extrañaba. El ingeniero de 82 años a miles de kilómetros de distancia, con un océano de por medio, exudó todo su romanticismo. La mujer, de 80 años, revivió. Estaba plena nuevamente.

Finalmente, la familia de Marilena planificó un viaje a Polignano a Mare. Cuando se lo anunció a Aldo, éste respondió: “Todavía no he olvidado nuestro primer adiós”.

En septiembre, Marilena arribó a Bari con dos de sus hijas, uno de sus yernos y su nieta cómplice. Pero ese día, Aldo no tuvo con quién dejar a Beatrice, a quien no abandonaba y quien había estado 10 días sin probar un bocado.

Cuando llegaron al hotel, Aldo había enviado un arreglo floral con un mensaje: “Bienvenida a tu ciudad natal. Espero que no tardes otros 68 años en regresar”. Marilena sonrió y su ansiedad era manifiesta. A la mañana siguiente se encontraría con aquel hombre que la esperó por casi siete décadas.

“Es interesante, ¿no? Una anciana que ve a un anciano. No lo sé. Lo bueno es que, a través de FaceTime, tiene dientes y no es calvo. Tiene una gran mente Es tan culto. Habla de los duques y los condes, los dueños de la ciudad. El chico es inteligente. Tiene una gran memoria”, relataba nerviosa la “novia” cuando viajaban en automóvil de Bari hacia Polignano a Mare.

Aldo quiso que el encuentro fuera en la Iglesia de San Vito, una fortaleza de piedra eterna. Allí la esperó, apoyado junto a su vehículo. “Tan hermoso”, dijo Marilena al verlo y abrazarlo. “Es un momento histórico, un milagro”, respondió él al ser presentado al resto de la familia brasileña, de acuerdo al delicioso relato de Lopes.

 

Marilena Lerario y Aldo Sportelli el día de su reencuentro. Habían pasado 68 años desde el último adiós (Gentileza The Washington Post)

 

Tras presenciar misa, llegó el tiempo de los regalos que Marilena había preparado. El primero fue un iPhone para él. Es que su móvil ya estaba viejo y sus conversaciones muchas veces se veían interrumpidas. Aldo sonrió. El otro presente era para Beatrice. Era un chal. El hombre se quedó sin palabras hasta que rompió el silencio con un simple “gracias”.

La mujer retornó a su hotel, junto al resto de su familia. Esperaría el llamado de Aldo para continuar conversando. Él debía cuidar de su mujer. Jamás la abandonaría.

“Sesenta y ocho años es demasiado. Pasó una vida entera por él, y ni siquiera vi lo que sucedió, porque estaba en el otro lado del mundo”, les dijo Marilena a sus testigos.

Por la noche, Aldo escribió un mensaje. “Ahí estábamos, tú y yo, como si fuéramos buenos amigos durante 68 años, ayudándonos unos a otros con pena y regocijándonos juntos con alegría. Agradezco a Dios por permitirme la oportunidad de estar contigo, ya sea una ráfaga de viento”.

Los días siguientes transcurrieron charlas entre ellos y sus espressi. Siempre acompañados. Para Marilena era incorrecto que estuvieran en soledad, aunque fuera en medio de una cafetería.

Finalmente, Aldo le presentó a su hija, Sabrina. Al conocerla, la joven mujer le dedicó un gran abrazo a aquel amor de su padre. Y le ordenó a su hijo que hiciera lo mismo con “abuela Marilena”. Está feliz de saber que su padre redescubrió su pasado y recuperó algo de su alma: “Es un regalo para papá. Es algo muy feliz. Él es víctima de la enfermedad de mamá. Lo haces feliz”, dijo mirándola a los ojos.

Una de las últimas noches en Polignano a Mare, Marilena quiso ir a cenar a la caverna a la que nunca se le había permitido asistir. Esa reservada sólo para mayores con gran poder adquisitivo. La cueva la reconquistó, pero debió ir en soledad. Aldo no pudo ir: asistir allí hubiera sido un golpe a su corazón.

Marilena se llenó de nostalgia al haber ido a aquel restaurant único en la gruta. “Es hermoso”, respondió Aldo al día siguiente al escucharla hablar de ese lugar mágico, el mismo al que observaban de lejos porque ellos no estaban autorizados a entrar cuando apenas tenían 15 y 17 años.

Compartían recuerdos cuando supieron que ese sería los últimos espressi que compartirían. Siempre estuvieron acompañados. Les quedaban 40 minutos y Lopes, quien siempre estaba con ellos, se levantó de su silla para que estuvieran en soledad.

El día de la partida, Aldo se acercó hasta el hotel junto a su hija Sabrina y su nieto, Giorgio, de 12 años.

Los ojos de Sabrina brillaron de emoción. Una lágrima se perdió en su mejilla. “Cuídalo”, le pidió Marilena. La apretó en sus brazos. Lloraron.

Aldo tomó la mano de su eterno amor y le dijo: “Ahora, haré lo más difícil: dar media vuelta y alejarme”.

 

 

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