Migrante Navidad: soledad en las fechas decembrinas

Migrante Navidad I: Cinco historias de familias arropadas por la soledad en las fechas decembrinas

Foto: Carlos Robertson

Como la canción navideña “un año que viene y otro que se va”,  así ocurre con los migrantes venezolanos, quienes emprenden caminos por las carreteras que conectan con otros países, un viaje donde “unos van alegres y otros van llorando” recordando que la mejor época del año ha llegado y ha sido lejos de sus raíces.

En la época decembrina es costumbre reunirse con los seres queridos, pero en la actualidad, esta tradición se ha perdido por motivos de trabajo, económicos o porque otros ya no viven cerca de sus familias.

En los últimos años, y cada vez con más fuerza, el particular fragmento de la canción “faltan cinco pa’ las doce, el año va a terminar, me voy corriendo a mi casa a abrazar a mi mamá” no podrá cumplirse en millones de hogares zulianos.

La diáspora de muchos compatriotas que han decidido abandonar su casa para probar suerte en otros países es la principal razón que ha provocado que la tradicional cena e intercambio de regalos solo sean recuerdos y tristezas, -aunque parezca contradictorio- los que aún permanecen en tierras venezolanas pasan a vivir una especie de luto por la separación de sus seres queridos.

Noticia al Día buscó algunos de estos venezolanos quienes pasarán Noche Buena y Año Nuevo lejos de sus hogares, separados de sus familiares, en una tierra que no les pertenece, con otras tradiciones que les hacen entender que sí, están lejos de casa.

Lo común de estos testimonios fueron las frases entrecortadas por las lágrimas que hacían casi imposible la conversación fluida y que traían consigo un sin número de emociones que mostraban la nostalgia del recuerdo de las gaitas y la camaradería propia del nativo, pues a pesar de haber decidido, en mucho de los casos, migrar a países latinoamericanos no hay nada “como tu país, tu costumbre y tu gente”.

Mi primera Navidad sola

El próximo 24 de diciembre Fabiola no estrenará sus mejores galas para sentarse a la mesa y compartir con sus allegados. Este año se montará a las 4:00 de la tarde en un avión con destino a México. Se va con varias maletas, donde guardó lo más importante para alojarse y reencontrarse con su novio y ahora su compañero de vida: Miguel. Hacer realidad su viaje tardó un año mientras preparaba los papeles para poder emigrar junto a su inseparable mascota Lucy, que desde que la adoptó juró protegerla y cuidarla aquí o en otro sitio del planeta.

Pasaron 33 años para tomar la decisión de guardar en su memoria los recuerdos y momentos vividos en su apartamento, junto a sus padres y hermana menor en aquel piso 10, en esas cuatro paredes se formó un hogar que tuvo sus altas y bajas, pero que se mantuvo unido a pesar de que Fabiola también forma parte de los hijos que hoy por hoy viven con padres separados.

En ese hogar crecieron dos mujeres emprendedoras y comprometidas que por cosas del desventurado destino deben separarse, por el ya común, “bienestar de la familia y por un futuro mejor”.

Este 2018 será la primera vez que esta familia vivirá la ausencia de un miembro al momento de sentarse a la mesa para la cena, esta será la primera vez en la que a la tradicional fotografía para el recuerdo le faltará la hija risueña, feliz y amable.

 

 

La casa sin niños ni crayones de color

Al introducir la llave en la cerradura ya se extrañan los gritos y risas de dos pequeños niños que vivían antes en aquella casa, pequeños que no se hallan en la oscuridad detrás de la puerta. Enciendo bombillos incandescentes que llevan meses sin prender. El olor a humedad, a casa cerrada y madera vieja se impregna en la ropa. Es silencioso, completamente amueblado, pero es vacío, inmóvil y gris.

En esta casa vivieron dos niños y dos adolescentes con sus padres. Hace 18 meses aún estaban allí, hoy se encuentran en otras fronteras, hablando otro idioma y corriendo en otros pasillos. Esta familia se llevó en seis maletas lo que habían construido durante años, se fueron a buscar un mejor futuro para sus crías.

Esta es solo la historia de una casa, una familia, de millones que hay; millones que se fueron del país por la misma razón. Para los seres queridos que cuidan esta casa no es tarea fácil, es duro y doloroso caminar por pisos llenos de polvo donde siempre hubo crayones, juguetes y zapatos por doquier.

 

 

“Te prometo que esta es la última Navidad separados, mamá”

En diciembre del 2017 fue la primera vez que Teresa pasaba una navidad sin uno de sus tres hijos. Fue doloroso para ella escuchar las campanas anunciando el nuevo año, mientras que su rostro se cubría de lágrimas. Su hija menor a su lado la abrazó tan fuerte como pudo, como si pudiera ofrecerle el calor de su hermano fuera del país. Fue triste, pero logró superar ese episodio con la esperanza de que no se volvería a repetir.

Para este diciembre del 2018, la historia parece ser la misma, pero con creces, a Teresa no solo le falta un hijo, sino que ahora le faltan dos. Durante el 2018, su segundo hijo se fue del país, con su único nieto de un año. La ausencia todavía es punzante a tres meses de su ida, buscado oportunidades en otras fronteras. La mirada de su nieto en video llamadas arde en su corazón como sal en una herida.

Le toca de nuevo, le toca peor. Diciembre llegó y extraña a sus dos hijos varones, que se encuentran en diferentes países. Extraña a su único nieto que se había apegado tanto a ella antes de irse. Extraña su familia que se ha ido casi completa al exterior.

Teresa preparó su cena para dos. Ella y su hija menor son las únicas que comen en casa esta nochebuena. Solo ellas dos. Es agobiante, inmensamente triste. “Te prometo que esta es la última Navidad separados, mamá”, pronunció su hija menor en medio de un abrazo bajo las luces del arbolito.

 

 

“Nunca había sentido tanto vacío dentro de mí en Navidad”

Hace casi un año su madre la despidió, Ivanna se iba por un tiempo a Colombia a probar suerte por esas tierras, pero ese tiempo ya casi se convertirá en un año. La hija de Fátima se fue con su bolso cargado no solo de ropa, sino del amor y las lágrimas de su familia y amigos, quienes aún esperan volver a verla.

Ivanna ahorró dinero durante meses y escogió otra región en el mapa, esta vez su estadía es en Perú, aún más lejos de casa, de Venezuela, de su tierra llena de calor, sazón y alegría. “Nada se compara a Venezuela”, siempre repite, mientras su madre se dice a sí misma que todo mejorará y que su hija mayor pronto volverá.

Fátima se adaptó a la ausencia de su Ivanna, convivía tranquilamente con su esposo y su hijo menor José, cuando una sorpresa tocó a su puerta, su segundo hijo Manuel abandonó las filas de la Guardia Nacional y decidió también volar fuera del país más bello del mundo. “Siempre le he dicho que busque sus sueños, mi muchacho se fue solo en ese autobús y yo me fui con él. Mis hijos se llevaron un pedazo de mi a otras tierras”.

Lágrimas rozaron el rostro de Fátima, quien no sabe cómo celebrar este año la Navidad, sus dos hijos están juntos en tierras peruanas y desea que la llegada del niño Jesús traiga consigo a sus hijos y así disfrutar juntos como una familia. “Nunca había sentido tanto vacío dentro de mí en Navidad”, expresó mirando el arbolito lleno de luces y adornos.

 

 

Santa no viene este año

Valeria tiene 15 años. Una madre, un padre y una hermanita de siete años. Está en su último año del bachillerato. La vida les sonreía. Eran una familia feliz con casa, carro y hasta un perrito. Un día su mamá tuvo que irse a tierras lejanas. La vida en su natal Maracaibo dejó de ser una opción sana. Todo fue muy rápido. Consiguió trabajo de su profesión en menos de una semana. Los frutos de su esfuerzo se comenzaron a vislumbrar rápidamente.

Llegó el turno de su padre y su hermanita. Se reunirían en Colombia para formar una nueva vida. Valeria tuvo que quedarse. Debía debatirse entre terminar la escuela o alargar por dos años sus estudios secundarios en un nuevo lugar. Tomó todas sus cosas y las guardó en dos pequeñas maletas. Se mudó a casa de sus abuelos. Prometió no llorar, pero fue imposible. Su casa se llenó de polvo y la luz solo la alumbraba cuando los rayos del sol se colaban por las rendijas de la ventana. Los besos de su padre migraron. Los regaños de su madre se convirtieron en un mensaje de WhatsApp. Perdió sus comodidades. Se acabaron los paseos a cines y fiestas. Sus papás ahora vivirían a más de 900 kilómetros de distancia. Apenas tiene 15 años. Pasó a escuchar el consejo de sus padres a través de una pantalla de no más de cinco pulgadas. No como en otrora, que ante la inquietud adolescente era común compartir una conversación colmada de regaños, chistes, consentimiento y un tierno abrazo.

Estas navidades Valeria, sentimental y valiente como es, las pasará con sus dos abuelos, un par de tías y dos primos muy mayores para ella. Le toca darle el “feliz año” por mensaje de voz, si el Internet no colapsa. Sus amores, seguramente sentirán un nudo en la garganta cuando falten cinco pa’ las 12 y el año termine sin ella a su lado. Valeria soñará, quizá, con volver a verlos en un nuevo amanecer más justo para todos.

 

 

Cinco historias de personajes reales que anhelan un futuro próspero. De familias separadas y unidas a la vez en un solo sentir. De quienes no esperan mejor regalo para esta Navidad que un próximo reencuentro, un abrazo caluroso, una alegría compartida. Una oportunidad de vivir en mejores tiempos.

 

 

Con cariño, de Noticia al Día
Francys Medrano, Freydalí Pimentel, Ivanovy Bracho y María Carolina Urdaneta
Fotos por Carlos Robertson, Sofía Garrido y Rafael Bastidas

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