Tiroteo en la boutique (Relatos de muerte 26, Alberto Morán)

Tiroteo en la boutique (Relatos de muerte 26, Alberto Morán)

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Los dos hampones, cada uno con su pistola simulada entre la pretina de su bermuda y su amplia franela sin mangas, llegaron a media noche y se encontraron con el vigilante semioculto en la penumbra, sentado en la puerta de enfrente de la boutique por donde esperaban incursionar sin ninguna dificultad.

                El par de delincuentes supuso una operación sencilla y sin mucho riesgo, como ladrones residentes de la zona, conocían el área a la perfección y poseían información precisa, sobre todo, del agente de seguridad.

                Sabían que el celador estaba amancebado en una casa vecina y se escapaba a media noche, para regresar unas horas antes de que el esposo de la mujer llegara del trabajo en la madrugada.  Y querían aprovechar que dejaba la santamaría abajo con los candados desactivados. Era la mejor opción. Acceder a la tienda de ropa por el fondo les resultaba un poco más difícil, debían violentar la puerta trasera, aunque eso no estaba descartado. A veces el vigilante se tomaba unos traguitos de cocuy y no se movía de la entrada principal dormido toda la noche y, en ese caso, no tendrían más alternativa que penetrar por la parte posterior.

-Tenemos que dar el golpe ahora, ya esa mercancía está comprometida –dijo el bandido conocido como “Tetero Piche”, exhibiendo en el brazo derecho el tatuaje de un sexo de mujer expuesto en todo su esplendor.

– ¡Claro! Llueva, truene o relampaguee, le damos hoy –dijo el maleante apodado “Mala Junta”, con una cicatriz vertical en forma de pichón de ciempiés, que le cruzaba la ceja izquierda y se le anudaba en el párpado.

-Te acuerdas del atraco a la ferretería –dijo “Tetero Piche” frotándose la argolla que le colgaba de la oreja derecha.

-Ajá, ahí nos quedó un billete resuelto –dijo “Mala Junta” estirando la boca hacia todos lados como si le molestar el arito que llevaba prendado de la nariz.

-Pero tuvimos que darle al vigilante –recordó “Tetero Piche”.

-Se puso payaso, roguemos a Dios que este no se ponga así –dijo “Mala Junta”.

El área estaba totalmente sola, las horas avanzaban y el vigilante no se movía de la puerta.

– ¿Qué hacemos? –preguntó “Mala Junta” indeciso.

-Esperar que el vigilante se vaya con su amante –respondió “Tetero Piche”.

Las horas seguían transcurriendo. Los bandoleros se comenzaron a impacientar. Tampoco podían incursionar muy tarde, recoger la mercancía llevaba su tiempo. En media hora más, vieron pasar al esposo de la vecina.

– ¿Y entonces? –preguntó “Mala Junta”.

– El vigilante no se va a “empiernar” –respondió “Tetero Piche”.

-Se pasó de cocuy –dijo “Mala Junta” en un bostezo tan intenso que le hizo saltar las lágrimas.

– Vamos a darle –dijo “Tetero Piche”-, dándole un beso tierno a la vulva que mostraba en el brazo. Todo sea por ella – masculló con rostro de satisfacción en un profundo suspiro.

– Vamos. Entramos por la puerta de atrás –dijo “Mala Junta” persignándose con el cañón de la pistola.

Los ladrones llamaron por celular al delincuente de la camioneta donde trasladarían la mercancía, necesitaban decirle que se acercara para que estuviera atento al celador y, en caso que despertara y se dirigiera a la parte posterior de la tienda, tocara la corneta, eso distraería al custodio y les facilitaría a ellos una fuga rápida y sin complicaciones. Ya habían matado a un agente de seguridad y matar otro significaba echarse toda la policía encima. La orden era disparar en caso extremo.

“Tetero Piche” y “Mala Junta” tomaron los aparejos, se dirigieron al área trasera del almacén y forzaron la puerta de hierro con un “pata ‘e cabra”. La hicieron ceder sin ocasionar mucho ruido, pero hacía falta un poco más de fuerza, así que tomaron un tubo y lo introdujeron en una punta en la herramienta, con el fin de improvisar una barra más larga para poder palanquear con mayor vigor.

 Los hampones desencajaron la puerta con gran facilidad, e intentaban entrar, cuando se escuchó el tiro de escopeta. “Tetero Piche” se desplomó retorciéndose como una culebra en medio de un lastimoso quejido: “ahhhh…”, hasta quedar inmóvil con los ojos abiertos y una mueca de dolor en el rostro. “Mala Junta” miró hacia arriba y sin ver a nadie comenzó a disparar y a correr. El custodio hizo otro tiro, “Mala Junta” gritó cayendo: “¡Ay mi madre!”, se quiso levantar y se volvió a desplomar como si las piernas no pudieran con el peso de su propio cuerpo. El delincuente de la camioneta que vigilaba la parte de enfrente, huyó a toda máquina.

El celador bajó de la platabanda, observó los cuerpos sin vida y llamó a la policía, luego fue a recoger el maniquí que se le ocurrió colocar con su uniforme de vigilante en la entrada de la boutique, con la intención de confundir a los posibles delincuentes del sector.

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