La viuda de Pablo Escobar: "Si él no se hubiera muerto, a esta altura mis hijos y yo no estaríamos vivos"

La viuda de Pablo Escobar: “Si él no se hubiera muerto, a esta altura mis hijos y yo no estaríamos vivos”

Pablo Escobar está solo y en silencio. Sin su pistola favorita, la mítica Sig Sauer, ni su ejército de sicarios alegres y dispuestos a gatillar ante la mínima amenaza. El patrón viste de blanco y está sentado en una fuente de aguas danzantes. Aparece su esposa, Victoria Eugenia Henao, y se sienta a su lado. Él sonríe. Se abrazan, se besan, charlan.

Así fue el único sueño que tuvo su viuda desde que el narcotraficante más famoso de la historia murió el 2 de diciembre de 1993 rodeado por sus enemigos, solo y acorralado, mientras trastabillaba descalzo por los tejados de una casa de Medellín. Uno de sus matadores (aunque su hijo sostiene que se suicidó de un balazo detrás de la oreja), posó junto a sus compañeros con un pedazo de bigote de Escobar, como un trofeo de guerra.

María Isabel Santos (antes Victoria Henao Escobar) recuerda el sueño ante Infobae, en la primera entrevista que ofrece a un medio argentino desde que se exilió en Buenos Aires el 24 de diciembre de 1994. No puso condiciones, aunque pidió, de ser posible, que el encuentro fuera en un lugar tranquilo. “Mi madre está bien con una taza de café y un vaso de agua”, avisó su hijo Sebastián Marroquín, antes llamado Juan Pablo Escobar. Eligió su nueva identidad mirando una guía telefónica.

La charla fue en un entrepiso del Hotel Clásico, un parador boutique de Palermo. Llegó acompañada de su hijo. Santos tiene 57 años, mantiene la belleza en sus rasgos y luce una chaqueta de terciopelo con una blusa al tono.

Su hijo, que no participará de la charla porque dice que la protagonista es su madre, lleva varios ejemplares de D’artagnan, la mítica revista argentina de historietas. Está sorprendido porque en esos ejemplares encontró una saga llamada El día del juicio. Aparece su padre con una metralla en la mano y acribillado. “El capo del cártel de Medellín ha sido asesinado. Pero el problema acaba de comenzar. Su hijo va a tomar el poder”. Los autores son Ricardo Barreiro y Francisco Solano López. Justamente Sebastián no siguió en el camino de su padre: es arquitecto, escritor y produce documentales. Uno de ellos, Pecados de mi padre, fue premiado. Sin embargo le muestra los viejos ejemplares a su madre. Ella se sorprende, pero saca la vista enseguida.

Luego dice, con cordialidad, que el encuentro no pude durar más de cuarenta minutos porque deben ir al médico y a buscar al hijo de Sebastián, de seis años, a la escuela.

Tanto Isabel como su hijo miran el salón del hotel, los ventanales con vista a la calle Costa Rica, los sillones. Como si el fantasma de la persecución y el peligro estuvieran tatuados en ellos, en sus movimientos y miradas.

La mujer que conoció a Pablo Escobar cuando tenía 12 años (y él 23) cuenta su verdad en un libro fascinante: Mi vida y mi cárcel con Pablo Escobar, publicado por Planeta. En la foto de portada aparece abrazada junto a Escobar, aunque más que un abrazo él le entrelaza el cuello, como si fuera una rehén. En el libro, que va acompañado por fotos inéditas, cuenta cómo fueron sus años con el peligroso narcotraficante que construyó, como líder del Cartel de Medellín, un imperio que se derrumbó con sangre y balas.

-Firmó el libro con su nombre real. ¿Prefiere que la llamen Victoria o María Isabel?
-En este momento todavía estoy muy conectada con el María Isabel, que es el que siento que me abrió la posibilidad para poder conservar la vida. Es el nombre que elegí en nuestro exilio. Así que de alguna manera sentí que con los años había tenido que sepultar el Victoria Eugenia.

-¿Sigue siendo la misma mujer o se siente otra?
-No lo sé. Me tuve que reinventar. Hemos pasado momentos de peligro. Desde un atentado con un carro que tenía 700 kilos de dinamita a quedar en medio de un tiroteo o buscados por los enemigos de mi marido cuando él estaba en cautiverio. Mire, le voy a contar algo. Pablo va a cumplir 25 años de muerto y lo soñé una sola vez. Me ha llamado mucho la atención eso. En el sueño nos encontrábamos en un clima mágico, fue como un momento muy especial y celestial entre los dos. Había mucha paz. Una paz que quizá nunca tuvimos. Yo creo en los que se van. Creo en la fuerza de los que se van de este mundo. Y siento (hace silencio) que converso con Pablo, con mi madre y con mi padre. Los consulto muchas veces. Siento que puedo ver a través de esa fuerza de los que se fueron. Y también les hago sus reclamos.

¿Qué reclamo le hace a Pablo?
-Estoy muy enojada con él en medio de este proceso de catarsis e introspección con este libro. Sentí mucho dolor y muchas veces le preguntaba: “¿Qué significaba cuándo me repetías tantas veces que todo lo que hacías era por tu familia?”

-¿Usted cree que no lo hacía por la familia?
-Los hechos son tan complejos que desbordan a veces el análisis de esa situación.

-Hay una escena muy fuerte en el libro. La despedida.
-Fue un adiós para siempre. Sí. Lo sentí de esa manera. Pasaron 25 años de ese momento doloroso y cada vez que lo recuerdo se me hace un nudo en la garganta. La muerte asomaba a la vuelta de la esquina. Él nos abrazó a cada uno y cuando le tocó despedirse de nuestra hija Manuela no pudo contener las lágrimas. Luego nos siguió con su carro hasta que tocó la bocina dos veces antes de girar a la izquierda y perderse en la oscuridad. Ahí pensé que nunca más nos volveríamos a ver. Como si la bocina nos hubiese enviado un mensaje: “Adiós para siempre mi amor, adiós para siempre hijos míos”. Fue muy doloroso tomar la decisión de separarnos y demasiado riesgoso también. Estábamos tan muertos al lado de él como en manos del Estado colombiano.

-¿A que atribuye haber sobrevivido a tanta muerte? ¿Al destino, a un milagro, a la suerte?
-Yo creo en el milagro y siento que cada experiencia de la vida de cada persona, si la logras transitar y sobrevivir a todo ese terror, tiene algún sentido por alguna razón. El Dios en el que yo creo te deja en este mundo para sumar y aportar desde tus experiencias.

-¿Qué pensaría Pablo si supiera del presente que viven?
-Sí, Pablo siempre me pedía que le cuidara mucho a los hijos. Que la prioridad eran ellos, que me fuera de Colombia a buscarles futuro. Él decía que más adelante iba a venir en barco o cómo fuera. Pero ya estaba solo, sin sus soldados. Era un hombre muerto. El único sueño que no pudo cumplir fue ser enterrado al lado de un ceibo en la Hacienda Nápoles. Cada tanto le cuento a dónde voy con los hijos, y lo orgullosa que me siento y que cumplí con todo ese pedido que me hizo en su momento. Así que me siento muy orgullosa por tener los hijos que tengo, también porque ha sido un trabajo entre todos. Poder haber llegado hasta acá, con sentido y con fuerza, es una bendición de Dios. También reconozco a mi hijo Sebastián, que fue la persona que tuvo el coraje de dar el primer paso, hace ya más de una década. No me voy a olvidar nunca cuando en un café en Pinamar me dijo: “Mamá, yo quiero pedirle perdón a Colombia, tengo que hacer algo, y quiero dar ese paso”. Me generó mucho miedo por todo lo que significaba para nosotros volver a aparecer, volver a exponernos, pero en el momento dado le dije: “Te apoyo pase lo que pase”. Le agradezco a él también, que es parte de la liberación del alma que nosotros fuimos encontrando a través suyo , y empezando a dejar una huella en este mundo, así no sea escuchada por muchos, pero una huella al fin. Le agradezco a Sebastián que haya dado ese paso. Mi hija Manuela, en cambio, sufre mucho y prefiere alejarse de la exposición.

¿La repercusión de los documentales y los libros de su hijo le dio impulso para escribir su libro?
-Sí, Sebastián siempre me decía: “¿Cuándo vas a escribir tu historia mamá?”. Y yo en realidad no me veía escribiendo la historia, pero van pasando los años, vas reflexionando y me parecía responsable también por Colombia, por mis hijos y por mi nieto escribir mi historia y mi experiencia desde mi lugar para que no se perdiera la esencia. Y más con la cantidad de series, películas y decenas de libros que se hicieron. Hablan de una mujer que yo no soy. Eso me impulsó también a tener la fuerza y el coraje para dar este paso.

-En su libro dice que sólo vio un capítulo de la serie El patrón del mal. ¿Vio las otras series o películas?
-Casi nada porque son series que te conectan mucho con la violencia y no soy capaz. Me duele demasiado. No soy capaz de mirar más violencia de la que ya viví, así que nada que se conecte con la violencia me gusta mirar. Además hay muchas mentiras.

-¿Cuál fue el capítulo que más le costó escribir?
-El del secreto que pensaba llevarme a la tumba. Fue muy fuerte para mí revivir esa experiencia. A la primera persona que se lo conté hace unos meses fue Sebastián. En esas noches de escribir y filosofar un rato, me salió del alma en ese momento y le dije: “Tú no fuiste el primero”. Empezó a salir de mí desde mi incursión en las constelaciones familiares y eso fue muy fuerte. No sólo contárselo, sino empezar a conocer lo que me había pasado, porque en ese momento, desde mi niñez, y desde el miedo que tenía por ese paso que había dado, es una historia que ocultas para siempre. Pero cuando ya la empecé a ver con mi terapeuta fue muy traumático para mi entenderlo.

-Entender que se trató de un abuso cometido por Pablo cuando usted tenía 15 años.
-Un abuso sí, en ese momento cuando yo tuve la relación con mi marido, fue una relación de una niña, ingenua, donde realmente esa situación yo la permití, pero más me sentí violada cuando él ya me invita a visitar a esta señora y pasa la violación sin que me consulte nada ni me pregunte nada. Y me hicieron abortar introduciéndome dos tubos. Leer eso llevó a mis hijos a cambiar para mal la mirada que tienen de su padre.

-¿Eso también se lo reprocha aunque él esté muerto?
-Sí, en este momento sí. He estado enojada, he estado en una conversación muy distante con él en este último año. En una separación, de tanto dolor.

-¿Cómo afronta las críticas de las personas que a usted la apuntan cómo cómplice de todo lo que ocurría por esos años violentos?
-Los comprendo. Yo no tenía opción. Cuando lo conocí, pensé que la primera detención de mi marido había sido por contrabando, no por narcotráfico. El me dejaba al margen de lo que llamaban “negocios”. Y cuando le pedía que se alejara de ese mundo, me decía que me quedara tranquila, que él no tenía otro incentivo en la vida que luchar por ustedes. También se ha dicho que tenemos su dinero y eso no es así. No nos quedó nada. Lo que no fue confiscado fue a parar a sus enemigos como retribución al daño que había causado en esa guerra. Me cuestionan por sus actos, sin que importen mis esfuerzos ni mi lucha como madre cabeza de familia. El pasado nos persigue y el fantasma de Pablo no nos deja en paz. Como escribo en mi libro, soy, y ojalá no suceda más a partir de ahora, “la viuda de Pablo Escobar”.

Lujos, infidelidades y peligro

“Ma, tienes la mirada de (Magnum) 357”, le dice Sebastián a su madre, que posa seria ante el fotógrafo de Infobae. “Hijo, por más que quiera, no puedo sonreír. Hay mucho dolor, y debo respetar a las víctimas de tu padre”, le dice su madre. Es una mujer con sus contradicciones y una fortaleza que también puede volverse fragilidad. En sus ojos se percibe una tristeza que viene desde lejos.

Se enamoró de un hombre que era capaz de ser un padre tierno con sus hijos, de contarle cuentos a su niña mientras le señalaba las estrellas o llevar al parque de diversiones a su hijo, a ser despiadado con sus enemigos en la lucha territorial por el poder y la venta de cocaína. Un hombre que se comportaba como niño en juguetería a la hora de elegir los animales para el zoológico de la Hacienda Nápoles. Un hombre que despilfarraba millones de dólares porque era una máquina de ganar dinero sucio y llegó a mandarle flores en avión a su mujer, y a la vez era llamado Robin Hood por muchos habitantes, entre ellos los que comenzar a habitar las mil viviendas que Escobar mandó a construir en un lote donde funcionaba un basurero….

 

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Infobae

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