La misteriosa mujer de la cafetería (Relatos de muerte, Alberto Morán)

La misteriosa mujer de la cafetería (Relatos de muerte, Alberto Morán)

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La mujer, ya tarde en la noche, intentaba dormirse en su habitación. Escuchaba ruidos, los indignantes ruidos de siempre. Ese sector se caracterizaba por la bulla de los perros dándose contra las paredes, y los amorosos escarceos de los gatos enamorados sobre los techos de zinc.

Paulina se colocó bocabajo y enterró la cabeza en la almohada; trataba de evitar la algarabía de los animales y conciliar el sueño, cuando sintió que se le lanzaron encima.

– ¡Auxilio! -gritó.

-Soy yo, tonta… shhh… –dijo el “intruso” amoroso tapándole la boca.

– ¡Chico! Me asustaste, casi me matas – reclamó Paulina risueña bajando cómplice la voz.

-Quédate bocabajo, sí –le pidió el hombre zalamero con requiebros y resollándole a propósito en el cuello.

-Malo ¿qué me vas a hacer? -susurró ella ya erizada.

-Nada que no te guste –le balbuceó el caballero seductor mordisqueándole con feroz suavidad el lóbulo de la oreja derecha. La mujer levantó los hombros y contrajo el cuello con los vellos de los brazos que se le querían desencajar de la piel.

– ¡Me haces cosquilla! –reprochó la dama malcriada encogiéndose y retorciéndose de exasperante satisfacción.

– ¿¡Qué!, no te gusta? – le volvió a musitar su amante queriendo ahora devorarle con deseoso desenfreno la nuca.

– ¡Chicooo! Que me haces gritar –protestó la mujer gozosa-, haciendo un esfuerzo casi sobrehumano por controlar sus chillidos y una risita silenciosa que se le reflejaba en repetidos saltitos en el estómago.

-Ah … ¿quieres que te deje quieta? –preguntó el desconocido sin detener sus lujuriosas “maldades”.

-No sé… espera que me pase la pena – propuso ella consentida, con tono mimoso-, mientras lograba dominar la risa y contener los involuntarios griticos, para ir distendiendo los músculos y quedar sometida a los rigurosos designios del amor.

El hombre con absoluto dominio de la situación, la mantuvo bocabajo. Se levantó, Paulina se quiso voltear: “sigue así, no te voltees, te tengo una sorpresa, por favor, sí”, le pidió él con la dulzura de un amante agradecido, satisfecho. Y fue rapidito a la cocina y regresó con una cuchilla, e inesperadamente arremetió en contra de la indefensa mujer”.

                Silvano Beltrán casi con la ternura de un padre consolaba a su esposa, Lisandra Rodríguez, que recibió la noticia del horrible asesinato a cuchilladas de su cuñada, Paulina, la pareja de su hermano Wolfang, sin haber superado todavía el “golpe” de la muerte de su mamá, la señora Débora, ahogada durante un paseo familiar en el río.

Wolfang Rodríguez, un hombre con problemas de droga, declaró a la policía que esa noche llegó a su casa y se acostó con la mujer ignorando que estaba muerta. En la mañana se despertó tarde, vio que ella seguía a su lado y le extrañó que aún estuviera durmiendo.

“¡Paulina, Paulina!”, la llamó cuando se vio sangre en las manos, en el cuerpo, las sabanas, toda la cama estaba manchada incluyendo la occisa. Observando que Paulina estaba muerta, se levantó corriendo, se dirigió a la policía y quedó detenido.

Nadie le creía que no hubiese asesinado a su esposa, sin embargo, lo negaba con tanta vehemencia, que su hermana Lisandra una vez dudó y le comentó a su esposo Silvano:

-Yo a veces creo que no fue Wolfang, él quería mucho a esa mujer.

-Lisandra, la droga… Wolfang consume mucho “perico” y él sabía que ella le era infiel con Pedro.

-Tienes razón, y antes de Pedro estuvo a punto de irse con Mario, y él se enteró.

El comisario Plinio Navarro estaba convencido de la culpabilidad de Wolfang, pero, una tarde, recibió la llamada telefónica de una señora asegurando que a Paulina la mató uno de sus amantes, y lo citó urgente a una cafetería ubicada diagonal al cementerio.

Navarro llegó enseguida y allí estaba la señora. La misteriosa mujer habló como si conociera a la perfección la vida de los esposos Silvano Beltrán y Lisandra Rodríguez. Con toda la información de esa familia, el comisario se excusó un momento para ir a pedirle al dibujante que entrara; quería hacer el retrato hablado del presunto asesino, pero al volver la enigmática mujer había desaparecido.

El policía con los otros funcionarios partió a casa de Lisandra que, al verlos en el portón, los hizo pasar, y de una vez entablaron una conversación sobre el asesinato de Paulina. En ese momento, Silvano salió del cuarto, saludó. El comisario Plinio Navarro lo miró, y mirándolo fijo a la cara, enseguida ordenó colocarle las esposas.

-Usted queda detenido por el asesinato de Paulina –le dijo

– ¡¿Comisario?!

-Como lo oye – dijo el comisario firme, sin vacilación, y con tono autoritario, le espetó: usted la vez que fue al río con la familia de su esposa, aprovechó para descargar el odio que tenía contra su suegra lanzándola desde un barranco, y la señora pereció ahogada. Paulina presenció lo ocurrido, pero como era su amante, logró hacerla callar.

– ¡Comisario! Yo…–quiso interrumpir Silvano.

– ¡Cállese! –se impuso el comisario-. Después tuvieron una discusión que provocó la ruptura de esa relación, Paulina lo amenazó con decir la verdad, usted al verse en peligro, salió de aquí en la noche, sabía que Wolfang no estaba en su casa, mantuvo relaciones íntimas con ella y, después, la atacó a cuchilladas. Silvano quedó atrapado, desenmascarado. No pudo desmentir la versión policial, tartamudeó queriendo contrarrestar al comisario; se contradijo confundido, imposible seguir mintiendo, finalmente, acorralado, sorprendido sin coartada y sin argumentos, tuvo que admitir los hechos.

– ¿Y usted cómo sabe tanto? –preguntó Lisandra devastada, sin hallar qué hacer ni qué decir, ante la sorpresa de ver a su esposo delatado, ensimismado, en silencio, convertido en un vulgar asesino que se había burlado de ella y de toda su familia durante tantos años.

-Me lo acaba de decir esa señora en la cafetería que se encuentra cerca del cementerio -respondió el comisario-, señalando con el índice derecho un cuadro colgado en la pared sin saber que el retrato era de Débora, madre de Wolfang y Lisandra, la misma que Silvano mató lanzando al río.

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