El secuestro de la esposa millonaria

El secuestro de la esposa millonaria (Relatos de muerte, Alberto Morán)

Imagen de De otros mundos

La prensa escrita, la televisión, la radio, portadas digitales, todos los medios de comunicación social incluyendo las redes sociales, destacaban el secuestro de una acaudalada millonaria que como hija única heredó la fortuna en pleno de su padre.
El ingeniero Eulogio Gómez, esposo de la víctima, veía el avance informativo por la televisión: “No hay rastros de la conocida empresaria, Claudia Barros, quien lleva 72 horas en poder de sus captores”, informó el periodista.
“Según el ingeniero Gómez, quien además es presidente de las empresas de la secuestrada, uno de los plagiarios lo llamó para confirmarle que tenía en su poder a su esposa y que esperara la próxima comunicación, pero desde esa vez los hampones no han establecido más contacto”, añadió el narrador de noticias.
En eso tocaron la puerta:
-Adelante-dijo Eulogio-, y entró Arminda, su secretaria.
-Lo buscan los periodistas.
-Diles que pasen.
-Mejor baja usted, señor, son muchos. Eso abajo está lleno.
-Qué problema con esa gente, qué les puedo decir yo si no sé nada.
Eulogio Gómez salió y no había terminado de bajar cuando le cayeron encima los reporteros, al ruido de los comunicadores hablando al mismo tiempo, el ingeniero comenzó a declarar sin saber lo que le preguntaban: “Los secuestradores no han hecho más contacto conmigo, espero que me llamen pronto, de todas maneras, si me están viendo, les pido por favor, de corazón, con toda la humildad del mundo, que tengan un poco de clemencia, no le hagan daño a Claudia”, dijo con palabras que se le atascaban en la garganta. Los periodistas continuaron indagando sin lograr que Gómez aportara un elemento nuevo del caso.
Días después, el ingeniero salía de su oficina a la cafetería de la esquina. Tomó un tinto pensativo, fue al ciber y llamó:
-Aló, ‘Pecas’…Te llamo porque decidí matar a Claudia…
-Eso no está dentro del contrato –dijo el sicario al otro lado del auricular.
-Yo sé, pero por el pago no te preocupes, la matas y enseguida te envío el resto, para que te vayas del país como acordamos, incluyendo lo del nuevo encargo por supuesto, dime cuánto es y más nada…Ah y otra cosa, te ocupas del cadáver, eso sí, no es que a los días anden por ahí los perros con los huesos en la boca ¡ok¡, no quiero problemas.
Al culminar la comunicación, “Pecas” se dirigió al escondite. Claudia, atada y amordazada, al verlo llegar se puso a la expectativa, sus ojos se agrandaron y comenzaron a humedecerse. El sicario se le sentó a un lado, “te voy a quitar la mordaza, pero no grites, por favor”, le dijo, y le colocó la grabadora del celular en la oreja derecha. La señora siguió muda, estupefacta y su piel cuidada aún con una tonalidad rosada pese a su situación, le fue cambiando hasta asumir una gradación crema mate, mientras las lágrimas que todavía tenía contenidas le comenzaron a empapar el rostro.
“Pecas”, la tomó por la barbilla, le secó la cara con las manos peladas mirándola fijo a los ojos y le dio un beso largo, profundo, de pronto, se la despegó de la boca de un empellón como rabioso y arrepentido; Claudia, al ver la reacción del bandido, le dijo despacito y en un tono apacible: “no me mates, yo te puedo pagar el doble, el triple de lo que te ofreció mi marido, pídeme el dinero que quieras, pero “Pecas” antes que ella tuviera tiempo de otra súplica, le colocó rapidito la pistola montada en la sien y haló el gatillo. Seguidamente llamó a Eulogio Gómez, para exigir que le pagara cuanto antes.
Poco después, aún con el fuego comunicacional del fingido plagio en su máxima expresión, Eulogio tenía a su secretaria bocabajo sobre el escritorio, cuando abrieron intempestivamente la puerta de la oficina.
¡Claudia! –gritó Eulogio-. Arminda saltó con la falda enrollada en el cuello, bajó presurosa buscando sus cacheteros, y cuando se inclinó para recogerlos del piso, la empresaria les colocó el pie; pero la secretaria no se detuvo, se enderezó y sin su ropa interior salió “disparada” de la oficina. Eulogio Gómez intentando levantarse los pantalones abrió la gaveta del escritorio buscando la pistola, al instante que entraron los funcionarios policiales. “Pensabas que te ibas a quedar con mi fortuna para disfrutarlo con esa ‘perra’”, dijo Claudia cayéndole a golpes con la mano cerrada.
El esposo, rígido, sin efectuar movimiento alguno soportaba los porrazos como escudo de policía antimotín con los pantalones en los tobillos. Aparte de que no podía hacer nada ante la presencia de los funcionarios, carecía de argumentos para defenderse. Claudia se lo quería comer vivo. Y viendo a su marido inmutable, como si no le hicieran las trompadas, se exacerbó todavía más, y buscando herirlo, romperlo, hacerle daño, provocarle dolor, atinó un puntapié en los testículos que lo hizo bramar y doblar las piernas, sin embargo, Eulogio no cayó. Los efectivos intervinieron, esperaron que el hombre se subiera los pantalones y se lo llevaron preso aún semidoblado, sin reponerse del golpe; Claudia, por el contrario, quedaba en su oficina con su rabia intacta, a pesar de la golpiza que le propinó a su marido, quedó como si no hubiese gastado ni un miligramo de toda esa carga de odio que tenía por dentro.
En unos meses, su esposo resultó liberado, pero apenas ganó la calle fue asesinado a tiros. ‘Pecas´, ahora convertido en amante de Claudia, quien se lo impuso como condición para continuar la amorosa relación, esperó paciente que Eulogio saliera de la cárcel y en un paraje solitario le disparó con la misma pistola que accionó contra la empresaria en cautiverio, solo que actualmente estaba cargada y aquella vez descargada; el sicario enamorado no tuvo el valor de matarla, es más, desde que la vio por primera vez mantuvo el arma sin proyectiles, consciente de que jamás podría hacerle daño a una mujer que le resultaba tan especial como Claudia Barros.

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