Conoce la historia del asesinato de Jalón: Un crimen que se esclareció gracias a un periodista de sucesos

Conoce la historia del asesinato de Jalón: Un crimen que se esclareció gracias a un periodista de sucesos

Clasificación: Asesinato
Características: Incesto – Robo – Descuartizamiento
Número de víctimas: 1
Fecha del crímen: 24 de abril de 1913
Perfil de las víctimas: Rodrigo García Jalón, de 50 años
Método: Golpes con un martillo
Localidad: Madrid, España
Estado: El capitán Sánchez fue fusilado el 3 de noviembre de 1913. Su hija María Luisa fue condenada a veinte años de prisión. Murió doce años después

El crimen del capitán Sánchez
Francisco Pérez Abellán

De repente, Rodrigo García Jalón, viudo rico, con una fortuna de noventa mil pesetas en títulos, mujeriego, pasada la cincuentena pero todavía de buen ver, presumido y alhajado, jugador de los de tralla, se hizo humo en los ambientes que frecuentaba. En su casa le echaron en seguida de menos porque aunque acostumbraba a pasar alguna noche fuera, o a improvisar un viaje, esta vez se había dejado en el cajón de su gabinete la cédula de identificación, el kilométrico del ferrocarril y el revólver que solía acompañarle en sus desplazamientos fuera de Madrid.

Era el 25 de abril de 1913, sólo unas fechas después de que Sancho Alegre disparara su pistola contra Alfonso XIII, atentado del que su majestad resultó ileso. La capital del reino era un hervidero de funcionarios cesantes, caballeros desocupados, proletarios hacendosos, coches de punto, simones y berlinas de alquiler, tranvías y unos centenares de vehículos automóviles. Un Madrid de cabezas cubiertas con bombín, hongo, chistera, jipi o gorra menestral. En total una colmena de 750.000 almas en la que el hueco repentino de un desaparecido había creado una corriente de desasosiego.

De pronto empezaron a pasar cosas llamativamente extrañas. La tarde de aquel mismo día, una joven de curvas ampulosas, embutida en un traje de levita, se atrevió, después de un leve titubeo, a entrar en el Círculo de Bellas Artes, catedral del juego, situado en el Palacio de la Equitativa, a sabiendas de que las mujeres tenían el acceso prohibido, con la intención de cambiar por dinero una ficha de juego de cinco mil pesetas, cantidad muy elevada para la época, por lo que la llevaba nerviosamente apretada en la mano.

Acompañada por Antoñito, el botones, cruzó los salones del Círculo recreando las miradas de los socios agradablemente sorprendidos por una rotunda hembra. No obstante su indudable atractivo, no hubo manera de que el cajero accediera a sus deseos. Tenía este la orden de cambiar fichas sólo a los socios y en especial aquella de tanto valor, que imaginó a quién pertenecía -al fin y al cabo no circulaban tantas de cinco mil-, hacerlo exclusivamente si al canje venía el propietario en persona.

Al seguirla hasta la calle, Antoñito pudo ver a la salida cómo la joven iba a reunirse con un cuarentón alto, de mostacho con puntas retorcidas en arco, mirada desafiante y porte lleno de arrogancia que vestía una americana larga y unos pantalones oscuros, ambas prendas muy desgastadas por el uso. Remataba su cabeza con un sombrero hongo. La pareja se perdió entre la abigarrada fauna humana de la calle Sevilla.

El último día que vieron en el Círculo al desaparecido Rodrigo García Jalón iba vestido como para una cita galante: terno gris, camisa verde con rayas rojas, corbata de seda, flexible de alas anchas e impermeable. Se despidió cambiando cinco billetes de mil por una ficha de juego roja con la cifra en dorado, con la justificación de que al sitio al que iba no quería llevar dinero. La ficha representaba la protección de sus caudales. Intentar cambiarla no fue el único error del capitán Sánchez.

La desaparición de un viudo adinerado llegó pronto a oídos de un avispado reportero de sucesos predestinado para la noticia sensacional. Era este de la plantilla de El Imparcial, uno de los rotativos más populares del momento. Se llamaba Francisco Serrano Anguita. Era sevillano, de veinticinco años, y era tal su predestinación para la noticia que años después, cuando decidió casarse, tomó para su viaje nupcial el tren 92 con salida de Madrid a las 20,20 con destino Málaga-Sevilla donde viajaba la exclusiva. Al llegar a la estación de Córdoba se descubrió que habían robado el furgón correo y asesinado brutalmente a dos ambulantes, componiendo lo que el periodista titularía para la historia como «El crimen del Expreso de Andalucía». Así hizo compatible su luna de miel con una espléndida crónica.

Puede decirse que Serrano Anguita estaba verdaderamente casado con la noticia. Con ese privilegio adelantó la información sobre el misterio del hombre desaparecido el 2 de mayo, ocho días después de producirse, con referencias a la misteriosa joven que había intentado cambiar la ficha en el Círculo y por la que al parecer bebía los vientos el desaparecido, que no era otra que la conocida como «la hija del capitán».

La policía ya estaba tras su pista y la había identificado como María Luisa Sánchez Noguerol, de veinte años, nacida en La Coruña, planchadora, hija primogénita de Manuel Sánchez López, capitán de la reserva destinado en la Escuela Superior de Guerra, a la sazón en la plaza Conde de Miranda.

La policía dispuso en seguida de informes sobre la conducta sospechosa del padre, de quien conocía que era jugador y que estaba sin blanca, y hasta que entre padre e hija había una relación incestuosa. La joven había empezado a los catorce años a tener trato con los hombres y se rumoreaba que había dado a luz dos hijos, ahora muertos, de su propio padre.

Pese a los minuciosos informes, el asunto no se presentaba nada fácil. La hipótesis con la que trabajaban los investigadores era que Jalón, dada su desmedida afición por las mujeres y su predilección por la moza de rotundas carnes llamada la «hija del capitán», pudo ser atraído por esta tal vez al propio domicilio familiar con un propósito criminal. Allí, el enorme edificio de la Escuela de Guerra se prestaba con sus cuadras, sótanos y cuartos olvidados a la ocultación de un delito de la mayor gravedad.

Pero no fue hasta el 20 de mayo, gracias a una sacrificada investigación por el alcantarillado de Madrid, cuando avanzó la investigación, encontrándose justo en el lugar del desagüe del domicilio del capitán Sánchez López restos que podrían pertenecer a un cuerpo humano.

Por este hallazgo se corrió la especie de que el cadáver del desaparecido, menos los desperdicios rescatados, había ido a parar a los peroles del rancho de la tropa. De la creencia popular lo recoge Ramón del Valle-Inclán en sus esperpentos: «Lo nacional es dárselo (el cadáver) a la tropa en un rancho extraordinario, como hizo mi antiguo compañero el capitán Sánchez.»

Pero no fue hasta la madrugada del 22 de mayo cuando se encontraron en la vivienda hábilmente emparedados los objetos del crimen: ropa -entre esta una camisa verde con rayas rojas-, un martillo, un hacha, un machete y restos humanos que nadie dudó que pertenecían a Jalón. Con esto en su poder, el juez volvió a interrogar al capitán y a su hija que hasta entonces lo habían negado todo. Volvieron a negar, pero de lo dicho en una confusa declaración por María Luisa y de otros indicios hallados pudo recomponerse lo sucedido.

Jalón y la hija del capitán se habían conocido meses antes en el café de San Sebastián y se encontraron de nuevo a principios de abril en la calle de la Montera, aprovechando Jalón, conocedor de la mala situación en la que estaba la familia y lleno de pasión, para ofrecerse como protector a María Luisa así como brindarle alojamiento en su casa a ella y a sus cinco hermanos. El 24 de abril de 1913, con el fin de obtener la conformidad del padre, quedaron en el domicilio familiar donde no había nadie porque los niños salieron al campo con el tío abuelo que los cuidaba.

Se sentó Jalón en el asiento que le ofreció María Luisa de espaldas a la puerta, y ella frente a él. Comenzó entonces el seductor una larga charla galante. Embebido en el efecto que creía causar con sus palabras no se apercibió de que a sus espaldas se entreabría sigilosamente la puerta por la que apareció la figura amenazante del capitán con los ojos enfebrecidos y el ánimo resuelto. En la mano empuñaba un martillo que brilló un instante por encima de su cabeza y sin transición descargó el golpe brutal en el cráneo del desprevenido visitante. El segundo golpe, quizá más fuerte que el primero, acabó de asegurar la muerte provocando el estallido craneal. Sin perder un momento, Sánchez registró el cadáver; pero sólo encontró veinte duros, algo de calderilla y la ficha de juego.

Arrastró el cuerpo hasta una artesa donde cortó la ropa todavía esperanzado por si encontraba entre los pliegues algo de más valor, y cuando se persuadió de la inutilidad de su esfuerzo, con un hacha comenzó a despiezarlo. Luego ordenó que la hija pusiera a hervir una sartén llena de aceite para disimular los olores.

Al rato se alzó en una terrible figura sosteniendo la cabeza del descuartizado cogida por el cabello para arrojarla al fuego del hogar. Siguió la separación de las manos y el cuarteamiento en despojos. Las partes blandas fueron arrojadas por el sumidero del retrete, y la osamenta, con pingajos adheridos, por el hueco entre dos muros del piso superior. Padre e hija se dedicaron a la tarea de limpiar los rastros.

Aún cometió otro error el capitán. Necesitado de dinero para el juego Manuel Sánchez pignoró en el 41 de la calle Barquillo un reloj de oro con leontina, un dije y dos anillos fácilmente identificables.

Con tal cúmulo de pruebas, el farruco y fanfarrón Manuel Sánchez López, nacido en la provincia de La Coruña el 1 de noviembre de 1870, héroe de Peralejo, episodio de la guerra de Cuba, con antecedentes familiares de locura, sospechoso de las desapariciones de la jaquetona rubia Luz Carbonell, viuda de Brieva, y del cándido Juan María Pérez Sánchez, «tío Luis», además de la de Jalón, fue condenado a muerte por un consejo de guerra por robo con homicidio, y su hija a veinte años de prisión.

El capitán, que siempre se declaró inocente, fue fusilado al amanecer el 3 de noviembre de 1913 y enterrado en Carabanchel Bajo. Su hija, después de mucho tiempo perdida en la locura, en la que rememoraba la muerte a martillazos de su maduro pretendiente, murió doce años después.

Tomado del portal https://criminalia.es

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