Ácido mortal en el jugo de melón (Relatos de muerte, Alberto Morán)

Ácido mortal en el jugo de melón (Relatos de muerte, Alberto Morán)

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El encuentro clandestino se dio en la mañana como de costumbre solo que, Chela Martel, llegó sin la misma disposición; Boris Troconis se dio cuenta desde que ella subió al vehículo y lo trató con la distancia de un desganado beso en la mejilla, sin embargo, él arrancó atribuyendo el displicente comportamiento de su amante a un caprichoso enojo femenino que, con la primera descarga de pasión, pensó solventar en el motel, pero se equivocó.
-Por favor, detente –le dijo ella casi hecha una extraña.
– ¿Que sucede? –indagó él con un tono de muchacho regañado pisando el freno.
-Tenemos que definir lo nuestro –dijo Chela decidida-. Con Bernabé de por medio lo nuestro es imposible.
-Te he dicho que me des tiempo, matar a un hombre no es cualquier cosa –le advirtió Boris.
-No sé, solo quiero que sepas que de otra manera no me pones más un dedo encima –le dijo ella-, blindada ante cualquier otro argumento de él.
-Ah ¿quieres que lo mate? –dijo Boris-, mientras Chela bajaba del carro y lo dejaba con la palabra en la boca.
Boris Troconis quedó abrumado, le pareció haber hablado con una desconocida. Al día siguiente, la esperó en el mismo sitio y no llegó. Boris se marchó triste, por un momento se resignó a perderla, luego cambió de opinión y le sacó filo a un viejo puñal.
En la madrugada, se levantó y se marchó dispuesto a matar a Bernabé Campos, que caminaba distraído hacia el trabajo, cuando Boris le salió por detrás en una calle oscura, y lo derribó a puñaladas. Enseguida lo despojó de las pertenencias simulando un atraco, para correr en busca del carro y perderse del lugar.
Un compañero de trabajo de Bernabé se encontró con el hombre moribundo, y pidió ayuda. Una patrulla viendo el grupo de curiosos se detuvo, y lo trasladó al hospital.
Boris ya celebraba en el motel con Chela creyendo que Bernabé estaba muerto.
-Otro –consultó él pasándole la pierna derecha por encima, apoyado en el codo izquierdo.
-Ujú -asintió ella ansiosa-, pero en ese preciso instante le sonó el celular. El compañero de trabajo de Bernabé la llamó, para informarle que su esposo fue atacado por un ladrón y estaba recluido en el hospital.
– ¿Qué pasa? –preguntó Boris-, viendo como de repente el rostro de su amante se desencajó y adquirió una tonalidad rojiza.
-Está vivo Bernabé –dijo Chela- sintiendo una agitación por dentro del cuerpo que la hizo levantar de un brinco.
El hombre bajó la cabeza, se pasó la mano por el cabello cómo escudriñando en su interior alguna explicación. Reaccionó, se levantó. Y por un momento, uno se desentendió del otro buscando donde habían tirado la ropa que se quitaron casi a templones, para vestirse rapidito y trasladarse al hospital.
– ¡Y ahora! – exclamó ella ya en el centro asistencial viendo al marido inconsciente en la camilla-. No lo pudiste asesinar.
-Tengo una mejor idea –dijo él-. Envenénalo. Chela se quedó pensativa.
En un mes, Bernabé recibió el alta. Llegó a su casa y se acostó pensando en la conversación del hospital entre su amigo Boris y su esposa; finalmente, se quitó esa idea de la mente, en realidad no tenía la certeza de si lo había escuchado o lo había soñado.
Poco después, Bernabé se reincorporó al trabajo. En la tarde llegó a su casa y no vio a nadie.
– ¡Chela! -gritó.
-En la nevera está el jugo de melón -le respondió la mujer desde el baño-. Bernabé continuó al comedor, se sirvió en un vaso y regresó a sentarse en el sofá, el niño corrió a su encuentro.
– ¡Papi! -gritó el pequeño sudoroso y juguetón con la cara colorada metiéndose entre las piernas del padre. Bernabé le colocó el vaso en la boca y el muchacho comenzó a ingerir sediento.
– ¡Al niño nooo… lo matas! –gritó Chela saliendo de la ducha envuelta en una toalla.
Bernabé miró al hijo que, al grito, quedó con los cachetes inflados con un trago detenido en la boca; Bernabé miró entonces a Chela y mirándola recordó la conversación del hospital: “No lo pudiste asesinar… envenénalo”.
– ¡Maldita!, me querías matar como te dijo tu amante –le grito Bernabé tomándola por el cuello-. En la embestida, soltó el vaso de plástico con agua.
Chela observó que su esposo no se sirvió el jugo de melón que le ligó con un poderoso ácido industrial como ella previó, pero ya no podía hacer nada, estaba delatada. Tampoco le quedaban fuerzas para defenderse, Bernabé la tenía por el cuello y la apretó, hasta que su esposa, babeante y con el rostro ennegrecido, quedó sin vida desmadejada en sus brazos como una muñeca de trapo con los ojos, explayados y sin brillo, fijados en el rostro de él.

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