Las gemelas del agua: la decadencia de un servicio vital

Las gemelas del agua: la decadencia de un servicio vital

Marcan las siete y veinticinco de la mañana. En plena avenida Sabaneta larga. Él se tropieza nuevamente con las gemelas que a diario transportan el agua. Se levanta tempranito. A las cinco de la mañana su teléfono lo sacude de la cama. El sueño que lo reconfortaba se borra de a poco. Un baño de agua fría le termina de sacar el haragán matutino. El café con su aroma avellanado se va colando en toda la casa. Toma su taza blanca. Sirve media de ella. Y se arropa al sabor caluroso del grano tostado. Se va. Patea la calle casi a las siete de la mañana para recorrer unos cuantos metros hasta donde el transporte lo recoge a diario.

Entre saludos de vecinos y el sube y baja de la acera camina rumbo fijo al puente de hierro gris que está al cruzar la esquina de la calle trece y que irrumpe en la avenida. El mamotreto es un amasijo de líneas rectas de acero que une la frontera norte y sur de la calle cien. Por debajo pasa el metro de la ciudad. Un gusano moderno verde y blanco que divide a la mitad las vidas de los habitantes de Maracaibo. Atravesar la alta estructura le permite un campo visual amplio. Parado en el medio se enfrenta a la escena de sentirse gigante al ver pasar el tren por las vías. A lo lejos ve venir a las gemelas en su rutina diaria. Al observar el firmamento hacia el casco central se complace con las Torres del Saladillo bañadas con el sol amarillo vibrante del alba. Toma su teléfono. Encuadra y presiona la pantalla para obtener una imagen de aquello que lo ha detenido. Ha quedado complacido con la vistosa escena.

Baja por el otro extremo y tropieza con dos enfermeras de la Clínica Zulia que en su andar apurado le preguntan la hora. Siete y dieciocho de la mañana marca el aparato. Sortea una montaña de basura en su camino. Se espanta las moscas. Camina unos cuantos pasos más y se sienta a esperar bajo el techito azul de la tostada de la esquina. La misa de los cotidianos transeúntes parece rezar el padre nuestro con sus murmullos. El hombre de barba canosa y mirada esquiva le da los buenos días. La señora delgada de perfume penetrante le pregunta si ya pasó el tren. “Sí”, le dice. Al menos hace diez minutos, afirma. El joven de escaso cabello que lleva a sus dos hijas al colegio de la esquina le da un cordial buenos días y le pregunta la hora. Siete y veinte minutos exactos ve en su teléfono.

El desfile de los cansados recolectores del líquido vienen por la acera distanciados pocos metros unos de otros. Con una carretilla y dos botellones se acerca el señor rechoncho de baja estatura. A quince pasos. Un muchacho alto apura el paso con dos pimpinas a cuestas. Detrás de ellos. Las gemelas. Dos señoras de edad madura. De cabellos grises humo. Con un temple que hace honor a sus atributos corporales de damas de fortaleza. Empujan un carrito azul de plástico. De esos donde sirven las comidas en los hospitales. Él cuenta al menos tres botellones, dos tobos y unos cuantos envases improvisados. Siete y veinticinco minutos de la mañana. Las gemelas del agua pasan frente a él. Le van dejando una sed profunda en el alma. Lo más básico para la subsistencia de la vida se ha vuelto una tragedia cotidiana. El agua no fluye en las casas. Ahora la ciudad no le parece ciudad. La foto. El puente. El tren. Ya no le parecen majestuosos.

 

 

Jairo García
Diseñador que escribe
Noticia al Día

No olvides compartir en >>