De Interés: gracias maestros, gracias maestras (María Elena Araujo Torres)

De Interés: gracias maestros, gracias maestras (María Elena Araujo Torres)

Llega el momento en que se empieza a tener conciencia de que este andar al que llamamos vida va más allá de las apreciaciones lógicas que aprendemos a conceptualizar desde que recibimos enseñanzas en el seno familiar, la escuela, la calle o cualquier escenario que nos corresponda vivir.
El propósito no es caer en las profundidades de las explicaciones metafísicas, espirituales, en virtud de que para ello se requiere también formación, estudio, praxis para sustentar las diferentes vertientes con argumentos o hechos valederos, las afirmaciones que en un momento dado podamos exponer.
En este caso referimos un factor determinante para convertirnos en quienes hoy somos. Inicia desde que vemos luz al nacer hasta ese momento en que ya dejamos el cuerpo físico. Son los maestros. Es cada una de esas personas que transitan por nuestra vida, ya sea a largo plazo, por periodos determinados, intermitente o eventualmente.
Maestros y maestros con quienes interactuamos física, verbalmente, o sencillamente a través de las redes sociales que hoy nos han acercado a gente que nuestros antepasados jamás llegaron a imaginar poder establecer contacto por las distancias geográficas.
Y decimos maestros porque es precisamente con cada una de esas personas circundantes con quienes aprendemos a ser, definimos nuestra personalidad, nos convertimos en quienes somos y nos transformamos al pasar los años y las diferentes etapas de la vida.
Es fácil decir que una persona a quien amamos o sentimos afinidad afectuosa ha sido o es nuestro maestro, por las enseñanzas que han aportado a nuestro aprendizaje de cualquier índole, asumido como positivo. Nuestros progenitores que desde que somos niños nos señalan qué está bien y qué está mal, con el propósito de que escojamos justamente las vías que nos generen bienestar y eviten en los posible los traspiés desagradables de dolorosas experiencias.
También están los familiares amables, gratos, que siempre están dispuestos a tender sus manos para facilitarnos favores o determinados beneficios. Los amigos y hasta algunos conocidos, a quienes muchos catalogan de ángeles en la tierra por disponerse siempre a ofrecer bienestar al prójimo, ya sea mediante acciones benéficas materiales o bien mediante apoyo emocional y hasta espiritual.
Sin embargo, al referirnos a la gente a quienes consideramos malas personas, sean familiares, “amigos”, compañeros o conocidos, se hace difícil calificarlos de maestros. Pero lo son. Resulta que la gente que a nuestro juicio son buenas personas nos refuerza el sentido del amor, pero son sus opuestos quienes nos ofrecen en bandeja de plata las enseñanzas del perdón, paciencia, tolerancia, virtudes imprescindibles para transitar por esa paz que usualmente buscamos en el exterior cuando realmente está dentro de cada uno de nosotros. Ya muchos lo han confirmado.
Aprender a transformar la ira, rabia, tristeza o dolor que sentimos cuando nos consideramos agredidos es poco fácil, pero si no tenemos a estas personas que generan estos malestares entonces nunca aprenderíamos a calmar o transformar esos desagradables sentimientos o emociones para bienestar propio y de quienes amamos. Realmente nadie tiene el poder de hacernos infelices si nosotros no lo permitimos. Depende de nuestra búsqueda incesante de la verdad, que nos lleve a entender y asumir que somos nosotros quienes nos permitimos aprender a manejar nuestras emociones para generarnos bienestar, para transformar esos factores externos desagradables en sabiduría. Y la mejor manera es cuando nos corresponde lidiar con esa gente a quienes calificamos de malas personas pero, queramos o no, son los maestros que nos permiten destruirnos o aprender a construirnos con cada experiencia para vivir en y hacia la paz.
Finalmente dejamos este cuento Zen para reflexionar al respecto: – Si alguien se acerca a ti con un regalo y tú no lo aceptas, ¿a quién pertenece el regalo, preguntó el Maestro. –A quien intentó entregarlo, respondió el discípulo. – Pues lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos, dijo el Maestro. –Cuando no son aceptados continúan perteneciendo a quien los cargaba consigo.
María Elena Araujo Torres

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