Los encantos de una señora infiel (Relatos de muerte 14, Alberto Morán)

Los encantos de una señora infiel (Relatos de muerte 14, Alberto Morán)

A media noche, Toribio Urbaneja salió de la vivienda de su mamá y saltó la cerca de la casa de la vecina, Nairis Umaña. La mujer abrió y desde el vano de la puerta, aguzó la mirada hacia ambos lados de la calle, viendo que no había averiguadores cerca, le permitió pasar; él entrando de una vez se le fue encima y quedó prendado de los labios de ella.

                Nairis sin que Toribio se despegara lo comenzó a empujar hacia la cama. Toribio le soltó los labios y acariciándole el rostro en una mezcla explosiva de rabia y deseo, le preguntó: ¿Qué has pensando? La mujer no quiso escuchar y fue a lo suyo: “Hazme el amor”, le pidió ya con sonora aspiración bucal de lujuria. El hombre insistió, la mujer dándose cuenta que no le podría sacar esa idea de la mente, exhaló de un solo impulso la libidinosa pelota que ya se le abotonaba en el pecho, y le respondió con desilusión y altanería como se le responde a los imbéciles que, cuando se enamoran, confunden una relación para el amor perdurable con una relación pasajera para el puro sexo candela:

– No puedo irme a vivir contigo, ¡chico!

– ¿Te vas entonces con él? –insistió Toribio.

-Tengo que irme, es mi esposo, pero ¡¿qué te preocupa?! Estamos juntos, me haces el amor las veces que te da la gana. ¿Qué más quieres? Disfrútame, ¡y punto!

                -Me enloquecen tu boca, tus senos, toda tu, ¡te quiero para mí solo! –dijo Toribio enfurecido-. Y reacio a perderla le apretó el cuello. Ella intento soltarse, él aprisionó más fuerte y cuando la percibió desmadejada la arrojó al piso como un estropajo, y regresó a la vivienda de su mamá sin escatimar en esos curiosos que no duermen a ninguna hora de la noche.

 En la mañana, volvió a salir de la casa de su progenitora, subió al camión cargado de cementos, bloques, cabillas que, por razones estratégicas de ese amor furtivo, estacionaba enfrente de la residencia de ella.

Toribio se marchó, descargó los materiales y regresó por la misma vía, a mitad de camino, observó un grupo de personas, se acercó y vio que la gente rodeaba un cadáver. El camionero se detuvo, bajó de la unidad y quedó estupefacto. La mujer sin vida tendida en la carretera se trataba de Nairis Umaña. Volvió a subir al camión, siguió a toda velocidad. Llegó pálido a la vivienda de su mamá. “Nairis está muerta”, dijo.

Bruno Mancera, el esposo de Nairis Umaña, no estaba en la casa, pero en ese momento llegó el primo de ella, novio de la adolescencia, y Toribio tribulado se le acercó y le preguntó:

– ¿Sabes lo que le ocurrió a Nairis?

-No, ¿qué le ocurrió?

-Nairis fue encontrada muerta en la carretera principal.

El primo corrió a la morgue y allí encontró el cadáver de su primera novia presentando hematomas en diferentes partes del cuerpo. Al principio, el caso se investigó como un arrollamiento, luego el médico forense determinó que Umaña presentaba signos de estrangulamiento.

El esposo, el amante y el primo de Nairis fueron los primeros citados por la policía y, en las declaraciones de Bruno Mancera, surgió otro nombre: Abner Lezama (a) “El Perro”, un hampón con antecedentes penales por robo y homicidio, quien siempre estuvo enamorado de Nairis. La perseguía, la tenía precisada a toda hora: “Era tanto el asedio a mi mujer, que pensaba mudarme y llevármela del sector”, dijo Mancera.

“El Perro” fue detenido como principal sospechoso, el delincuente admitió que sí la pretendía enloquecido por sus atributos físicos como decía el marido, pero negó que la hubiese asesinado y, al no comprobarle nada, el delincuente recobró su libertad de inmediato igual que el primo de Nairis.

La policía volvió a citar a Bruno Mancera y a Toribio Urbaneja que, al verse acorralado, confesó la verdad: “Esa madrugada le pedí a ella que viviera conmigo, se opuso decidida a marcharse con su esposo. Perdí la cabeza, le apreté el cuello arrojándola contra el piso, y me marché sin saber que estaba muerta, pero no sé cómo apareció después botada en la vía”.

 Toribio quedó preso, mientras Mancera mentía diciendo a los investigadores que se encontraba de viaje; no dijo que llegó en el preciso instante en que el camionero entraba a la casa de su esposa, esperó paciente a que saliera y se marchara, para entonces entrar él.

Nairis quedó desorbitada cuando lo vio adentro, no lo esperaba a esa hora, Bruno Mancera la tomó con fuerza por los hombros, la estrujó mirándola a los ojos, ni él ni ella descubierta  pronunciaban palabra alguna; el hombre le  acarició con delicadeza los moretones que le causó Toribio, sacó el revólver, lo montó y se lo colocó en la frente, Nairis cerró los ojos y apretó los dientes esperando la detonación, él desistió, no tuvo el valor de disparar y se guardó el arma; la volvió a mirar fijo a los ojos, le apretó el cuello, de repente, dijo en voz alta: “No vale la pena”,  dio la espalda y se marchó. Ella siguió en silencio inundada de lágrimas.

En cuestión de minutos, Nairis escuchó que le tocaron la puerta, le pareció extraño, su esposo acababa de salir, además tiene llave, y llena de curiosidad abrió, tan pronto como abrió quiso cerrar, pero se impuso la fuerza del asesino que, al ver salir a Bruno Mancera entró, y, en venganza porque ella prefirió como amante a Toribio Urbaneja y no a él, aprovechó para también aprisionarle el cuello y asesinarla; “El Perro” arrastró el cadáver al pesado vehículo, lo amarró al chasis con la intención de que inculparan al camionero, quien arrancó inocente de todo y el cuerpo se cayó en pleno viaje.

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