El homicida de la camioneta negra (Relatos de muerte 13, Alberto Morán)

El homicida de la camioneta negra (Relatos de muerte 13, Alberto Morán)

La fiesta culminó a las tres de la mañana. Los anfitriones apagaron el equipo de sonido con un vallenato de Diomedes Díaz a la mitad, y los bailarines protestando con los zapatos blancos del polvo, comenzaron a despejar la pista de concreto recién echado. Los mesoneros siguieron repartiendo cervezas advirtiendo que era la última ronda; recogían las botellas, las hieleras vacías y los platos con residuos de grasa de los tequeños, pastelitos y las bolitas de carne, que los asistentes les devoraban a dos manos antes que pudieran colocarlos sobre la mesa.
– ¿Para dónde vamos? –le preguntó Juan Emilio a la novia.
-Si quieres ensayamos la luna de miel –propuso Cristel.
Juan Emilio sonrió y salió de la mano de ella en busca de su lujosa camioneta negra. Colocó la pistola en el cojín, Cristel a un lado se le encimó, tomó el arma y se la acomodó entre las piernas. La pareja arrancó hacia el Motel “El Cerezo”. Llevarían unos 15 minutos de viaje, cuando fueron sorprendidos por el impacto de una botella en el vidrio delantero del vehículo.
Juan Emilio frenó. “¡El de la franela amarilla!”, señaló Cristel. El novio disparó y siguió. “¡Cayó!”, advirtió ella. Juan Emilio se desvió a toda velocidad rumbo a la casa de su prometida, en cuestión de minutos, “punteó” el freno, la dejó, y continuó huyendo a su residencia.
Pasó ese día escondido y al siguiente, el hombre amaneció en un quiosco, esperó que abriera, compró la prensa y observó en un recuadro pequeño la reseña de un ciudadano sin identificar, quien recibió un disparo desde un auto en viaje cuando salía del club “La Guanábana”. Juan Emilio se estremecía leyendo la noticia, aunque sentía un poco de sosiego viendo que la nota de prensa no suministraba elementos suficientes, que lo pudieran descubrir, así que, más calmado, regresó a su casa y se volvió a esconder.
Semanas después pasó en su auto deportivo por el sitio donde le lanzaron la botella, y vio el club clausurado. Con un raro escalofrío continuó al bar “Mi Consuelo”. Juan Emilio quiso tomarse una cerveza y seguir a casa de Cristel, solo que el encanto de Maurén, la mesonera más atractiva del local, no lo dejó levantar de la silla, y ya reaccionó cuando escuchó “El alma llanera” y encendieron las luces para cerrar el negocio.
Desde esa noche se hizo un asiduo visitante del bar, y no transcurrió mucho tiempo, cuando estaba en el Motel “El Cerezo” con Maurén, allí recibió una llamada de Cristel, la novia no lo había visto desde el percance y necesitaba hablarle de los preparativos del matrimonio.
– ¿Qué piensas hacer? –le preguntó Maurén.
-Terminar con ella apenas amanezca – dijo Juan Emilio.
– ¿Estás seguro? -indagó Maurén-, debes pensarlo bien.
-Te amo, y me haces feliz –dijo él.
– ¿Tan rápido, la olvidaste?
-Sí-dijo Juan Emilio-, no sé qué me pasó, no sé cómo explicarte, pero tu belleza, tu encanto, no sé, me trajo a la realidad. Dejé de amar a Cristel, o no la amaba, ¡no sé, no sé!…
– ¿Seguro? –repreguntó Maurén.
-Más que seguro… Te amo Maurén… -repitió el hombre.
Juan Emilio decidido le contó todo a Cristel y la novia anegada de lágrimas le habló como toda una mujer que se respeta: “si no me quieres, qué puedo hacer, por lo otro no temas, jamás te delataré y menos con la policía, yo si se amar de verdad. Vete con ella y ojalá no te arrepientas algún día”.
Juan Emilio al momento se entristeció con la sensata reacción de Cristel, sin embargo, experimentó un alivio grande, sintiendo que se había liberado de ella sin ningún trauma. Acudió en busca de Maurén, esa noche hicieron el amor en la casa de él, por la mañana, le mostró la vivienda y ella mirando al patio, preguntó:
– ¿Y esa camioneta?
-Mía- y Juan Emilio viéndola ya como la esposa, y sin ningún recato ni desconfianza, le confesó lo ocurrido.
-Mañana en la tarde te espero en mi casa, llegó la hora de que conozcas bien a mi familia – le dijo Maurén sin inmutarse.
– ¿No te importa lo que me ocurrió?
-Te amo -contestó ella de un solo tajo, para disipar cualquier duda al respecto.
Juan Emilio se marchó y al día siguiente llegó puntual donde Maurén, que lo esperaba junto a una señora que se limpiaba el rostro con un pañuelo blanco. Enseguida lo invitó a pasar a la sala y le soltó sin ningún preámbulo: “Te presento a la señora, no es mi mamá, es la del muchacho que mataste de un balazo en la cabeza”.
Los dos efectivos que esperaban al homicida escondidos con un testigo en la habitación contigua, después que apresaron a Juan Emilio, felicitaron a Maurén: “Buen trabajo, mi inspectora”, aunque ella “tocada” en lo más profundo de su corazón, bajó la cara y no pudo contener sus lágrimas viéndolo subir esposado a la patrulla.

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