Me secuestraron y robaron el carrito, el trauma fue recuperarlo

Drama de un rescate: Me secuestraron y robaron el carrito ¡ay mi madre!

Ilustración: Jairo García

“Me quitaron el carro y me dejaron botado en un monte”

 

 

El sacrificio de comprar un vehículo en nuestro país es una odisea. Tratar de ahorrar unos ‘churupos’ galopando contra la inflación que consume nuestro golpeado salario es un esfuerzo sobrehumano. Luego de dejar hasta la última gota de sudor y lograr adquirir un cacharrito que te lleve y te traiga, comienza el constante martirio del cuidado del auto.

Algo que en cualquier parte del mundo es común, en Venezuela se vuelve un tumulto de dolores de cabeza. Y si por ‘mala leche’ se te daña, es mejor que vayas preparando un novenario en la Basílica y rezarle a todos los santos para conseguir el repuesto, que seguramente costará más que el carrito cuando lo compraste.

Sorteando las penurias de las reparaciones y mantenimiento, aún nos queda esquivar al flagelo de la inseguridad. A diario son hurtados cientos de automóviles en Venezuela, gran parte de ellos cruzan la frontera hasta Colombia. Otros son desvalijados para vender sus piezas y un número muy mínimo es recuperado por sus dueños en condiciones de ‘pérdida total’. Para evitar tal tragedia, hay empresas que ofrecen servicios de monitoreo a través de GPS (Sistema de Posicionamiento Global) para la localización de vehículos y al momento del hurto se activan para su efectiva recuperación. En teoría, en un tiempo corto para evitar daños o pérdidas mayores. Pero de la teoría a la práctica el trecho es bastante largo.

 

“Me quitaron el carro y me dejaron botado en un monte”, así va la historia:

Como cualquier sábado por la noche, me preparé confiadamente para transitar por las calles de mi ciudad. Visitar a algunos amigos y familiares es casi la única diversión nocturna que me queda en esta economía ‘antirumba’ y la inseguridad que nos mantiene en vilo a todos. Tomé las llaves de la camioneta y la encendí para calentarla. Es una camionetica nada lujosa, una de esas ‘chinitas’ que tienes que cambiarle el motor porque al primer cambio de aceite ya no sirve. Orgulloso de ella, porque prende al tiro y que valió la pena largar el forro y dejar todos mis ahorros en ponerla ‘pepita’, me dispongo a visitar a mi hermana y mis sobrinos.
Tomo rumbo con mi mamá por las calles de escaso alumbrado público. En la vía vamos montando a cualquier santo o virgen que nos protejan, por si acaso, de una mala hora —como decía mi abuelo— y llegamos al destino sin mayores contratiempos. Entre conversas y uno que otro “brollo” familiar, la tertulia se extendió hasta casi las 11:00 de la noche y como ‘botellazo de meretriz’ nos despedimos para la vuelta a casa.

Para evitar las trochas fuimos por la vía principal. Pero ni la camioneta full de santos y vírgenes pudo evitar que un vehículo todoterreno nos interceptara en plena vía pública. Cinco hombres armados nos amedrentaron para bajarnos y montarnos en el suyo. Entre la incertidumbre y el miedo infundado por la situación y las amenazas de los secuestradores, tomamos vía desconocida.
Después de rodar al menos media hora con la cabeza entre las piernas y rogando que algunos de los entes protectores viniera aunque sea de banderita, el todoterreno se apagó súbitamente. Los antisociales nos dejaron botados bajo la luz de la luna en una vía poco transitada cerca de la media noche.
Encerrados en el vehículo, el miedo se apoderó de nosotros. Pero el instinto de supervivencia nos ayudó a bajarnos y caminar. Confirmando que los santos nos habían acompañado, conseguimos a buenos samaritanos que nos guiaron a una casa y logramos comunicarnos vía telefónica con nuestros parientes para el efectivo rescate. Sólo nos quedaba rezar por la vida, llorar por lo perdido y tratar de recuperarlo.

Ilustración: Jairo García

El verdadero trauma

Llenos de esperanza activamos a la empresa que monitorea el GPS. Entusiasmados con sus promesas previas de buen servicio —nada baratos, por cierto—, ubicamos la camionetica por el satélite y apostamos por sus acciones. Acudimos a los entes de seguridad para hacer la denuncia y nos sentamos ansiosos a esperar respuestas positivas. Nadie hizo nada. Ni la empresa, que mensualmente se le pagaba por su “buen servicio”, ni los entes de seguridad. Quienes, al parecer, tenían miedo de salir de noche y que también los ‘atracaran’.

Así llegó el lunes. Se inició la semana sin tener noticias de la ‘burrita’. El GPS aún marcaba el mismo lugar desconocido y los organismos de seguridad brillaban por su ausencia. La empresa privada se lavó las manos como Pilatos y dejó la peluca. Nos tocó sacudirnos las penas y empezar a buscar amigos, conocidos y uno que otro gestor que lograra darnos alguna noticia sobre el vehículo.

Entre brollos y ‘me dijeron’ por fin nos llegaron noticias del paradero de la camioneta. A casi una semana del hecho, supimos que fue recuperada por un ente militar al siguiente día del hurto. Pero, al parecer, los policías en mi país no se hablan entre sí. Acudimos con positivismo hasta el sitio, pero allí no estaba.
Descubrimos que fue trasladada hacia un estacionamiento privado. Llegamos con papeles y documentos al sitio para constatar su estado, pero solo pudimos confirmar que estaba allí. Entre tantas cosas absurdas que pasan en el sistema judicial, no pudimos verla ya que la misma había “pasado a fiscalía”, como nos dijeron. Cuando uno escucha esa frase, sabe que hay que prepararse con abogados, dinero y hasta activar de nuevo el novenario en la Basílica.

Entre alegrías y tristezas llegamos a la Fiscalía. Esperanzados por la pronta solución, nos sumergimos en el escabroso mundo de sistema judicial. La autoridad que lleva el caso nos comentó que entre los documentos que fueron consignados por los agentes que recuperaron el vehículo, no estaba el que describía minuciosamente el estado en que fue encontrado. Pasaron tres días más y entre insistencias ante todos los organismos involucrados, el dichoso ‘papelito’ milagrosamente apareció.

Visualizar ese documento fue un golpe al corazón. El bien que con tanto esfuerzo fue adquirido y cuidado con mucho amor, había sido desmembrado. Una decena de partes faltaban en la descripción incluyendo cauchos, rines y batería. A pesar de que aún no podíamos ver la camioneta físicamente, el solo hecho de pensar en el estado en que estaba nos generaba una incertidumbre atroz.

Nos avocamos en sacarla lo más pronto posible del estacionamiento. Pero la cosa no era soplar y hacer botellas, pues los astros debían alinearse y Venus debía estar en retrógrado con Marte luego de un eclipse de Luna llena, para que los encargados del estacionamiento privado les saliera del forro liberar la camioneta. Como compensación por su ineficiencia, nos dejaron entrar a verla.
Aquella tarde fue como entrar a una sádica carnicería. Entre cadáveres y desahuciados se gestaba una maraña de negociaciones de partes de vehículos. El sitio funcionaba de surtidor particular de repuestos para los encargados del estacionamiento, autoridades judiciales corruptas y uno que otro desesperado por reparar su carro. Luego de presenciar tal espectáculo chocamos de frente y sin cinturón de seguridad con nuestra realidad, la camioneta estaba peor de lo que decía el ‘bendito papelito’.

Después de tres días de vigilia logramos retirar el malogrado vehículo. No sin antes cancelar una exorbitante cantidad de dinero en estacionamiento, que sumado al costo del traslado hasta el taller nos dejó más penas que glorias. Cual padre que mira a su hijo en coma desde la ventana de cuidados intensivos, así me sentía mientras observaba mi maltrecha ‘burrita’. Entre sumas y restas que venían a mi mente de todo lo que necesitaba para que volviera al ruedo se desvanecían mis esperanzas.

La solidaridad y un poco de suerte por fin tocaron a mi puerta. Con rines prestados de un amigo inesperado y repuestos usados a buen precio, pude poner de nuevo a rodar la camioneta. Ahora solo me queda un gran miedo y una cuenta bancaria más pelada que “rodilla e’ chivo”, pensar en todo lo vivido ha dejado huellas imborrables que me empujan a abandonar el barco para evitar volver a pasar por tal trauma. Mientras aún espero respuestas de aquella infame compañía de GPS o de alguna autoridad policial.

 

Jairo García

Diseñador que escribe

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