En la playa de Los Piñero en Punta de Leiva, el tiempo se le esconde al olvido

En la playa de Los Piñero en Punta de Leiva, el tiempo se le esconde al olvido

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El sonido de la ola rompiendo en la playa se repite, se repetirá al infinito. Erinson Piñero de la estirpe de quienes allí se establecieron lo reconoce, frente a esas palmeras, con la arena blanca y el árbol de uva colando los rayos de un sol alucinante, se llega al pasado, se tocan los años idos …encuentras el “escondite” del tiempo haciendo trampas al olvido.

La casa te besa cuando abres la puerta. Miras el techo: vigas de carreto, cañabrava, tejas de barro cocido, moldeado por gente buena. Las paredes con las escamas del ayer levantadas en la pintura resistiendo el roer de las noches lloviendo, de los días donde el silencio es una bola saltando por los patios.

El pasillo suena con tus pisadas despertando las pisadas de los abuelos. Caminas y los pasos parecen conducirse por fuerzas ocultas. El reloj de péndulo te marca el presente, pero, bien puede estar dando la hora de 100 años antes, una hora macondiana, imposibe no pensar en García Márquez y los Buendía.

La sala con sus muebles saludándote. El picó, el teléfono de disco, la biblioteca con enciclopedias de clásicos, Rudyard Kipling en tapa de lujo, dos botellas de ron Santa Teresa negro, la mesa con jarras de bronce, en el sofá de tapicería verde dos soles de Maracaibo con el tejido de ancianas, como centro de mesa sobre el mantel blanco un jarrón reflejándose en la pantalla de una TV a blanco y negro.

Dos ventanas en una fachada cargada de años en amarillo y verde y una estrella sobre el dintel. Allí están atrapadas las voces, las risas de quienes se diluyeron entre hojas de Icacos y hojitas de calendarios de Hielo El Toro.

Los bombillos pactan con la penumbra donde duermen las almas. No mas luz. Justo la claridad para ver a Cantinflas en una escena memorable, el aviso de Pepsi con la rubia impreso en latón, el afiche de una película donde cantó Bola de Nieve, la rokola mostrando sus misterios a María Jesús y ella queda en un asombro de niña, una torre de LPs con las portadas cubiertas de tiempo, otras dos de 45 RP, entonces, a la cuenta de tres todos los cantantes reviven, saltan sus voces nítidas, nadie ha muerto.

La habitación central con su rosario colgado a un lado de la puerta, el escaparate, tres bahúles con cerraduras de combinaciones caprichosas. Atrás, en la playa, la leña arde en el fogón donde Mervin asa las arepas.

A la derecha y a la izquierda se extiende el manto de arenilla, de piedrecillas arrastradas de mil confines, en el agua transparente los peces plateados. No hay visitantes, un hombre se mete hasta cubrirse, surge sosteniendo una “nasa” (trampa para atrapar cangrejas), en la otra orilla, Maracaibo cubierta por una espesa nube de caliza.

En Punta e’ Leiva a las 10 de la mañana de un sábado el silencio se arruma en capas.

– Por aquí pasó la crisis, dice Erinson Piñero, con una nostalgia hecha arcilla en su lengua. Los restaurantes de pescado frito son ruinas. No obstante, Los Puertos, parece despertar tras un desierto de cujíes, ning y mangos esperando por las piedras de los chicos. En 70 horas no hemos visto un niño.
Hay un musgo cubriendo el tronco de un cocotero, parece ser el cañón abandonado de un barco. Las embarcaciones de los descubridores pasan frente a nosotros. Alonso de Ojeda saca sus catalejos para vernos bajo la enramada. Despierta su curiosidad vernos hablando por celular, a nosotros, ver su traje de marino, la espada, el puñal y unas botas altas.

Si el alcalde, Tiberio Ortega, supiera de esta playa, de esta casa, de tanta historia en sus ladrillos. Me mira Jesús Enrique Lossada con su pelo negro y crespo, me dice “me le voy a aparecer en un sueño al primer mandatario regional para pedirle que esta casa sea un museo de Punta e´Leiva”. Sonrío, me acompañan Udón Pérez, Titán. Soy yo quien sueña.

Llega la hora de recoger nuestros rastros. Regresar los peroles al mismo lugar donde apacientan la visita de otros. Cantinflas nos despide moviendo su mano con un pañuelo. Sentimos una extraña experiencia: algo de nosotros se ha quedado allí, un tesoro maravilloso … un pedazo de nuestros pasado haciendo jugarretas al tiempo para no convertirse en olvido.

Así es vivir en la casa de Los Piñeros en Punta de Leiva.

Josué Carrillo

 

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