El niño pescador y el pez burlón (Cuento infantil, Alberto Morán)El niño pescador y el pez burlón (Cuento infantil, Alberto Morán)

El niño pescador y el pez burlón (Cuento infantil, Alberto Morán)

Una vez Lucas se levantó, se frotó los ojos con las dos manos empuñadas, bostezó, y aún somnoliento acudió a la cocina, revisó el horno, la nevera, la alacena, y no encontró ni un bollo de pan. Buscó a la mamá por toda la casa y no estaba, su papá tampoco; regresó al cuarto a esperarlos, pero las horas pasaban y no llegaban. Lucas no aguantaba el hambre. Tampoco hallaba qué hacer mientras parecía sentir dos gatos retozando en el estómago.
Fastidiado en la cama se volvió a levantar con la barriga fruncida, miraba y miraba a lo lejos del camino bordeado de árboles frondosos, pero no lograba ver a su papá Calixto ni a su mamá Florinda. Fue a la nevera a tomar un poco de agua y cuando levantó una botella helada para servirse, descubrió que detrás estaba un plato de frijolitos chinos; Lucas se lo acercó a los ojos, le metió la nariz y olían horrible. Arqueando de las náuseas que le provocó el mal olor de los granos, decidió ir al cuatro de los chécheres y buscar la caña de pescar. Se la colocó al hombro y salió rumbo al río.
Lucas lanzó el anzuelo y enseguida mordió un pez, lo haló de inmediato; el muchacho agarró el pececito, lo desenganchó, lo contempló, le sintió el cuerpo suave y, viendo que aún era un bebé, optó por lanzarlo de nuevo al agua.
El niño revisó la carnada y volvió a lanzar el anzuelo, esperaba esta vez un pez grande. Y esperando su vista se comenzó a perder en la enorme vegetación de la otra orilla del río, hasta quedar absorto sosteniendo la caña; pero el trinar de un turpial lo sacó del embeleso.
Debajo de las aguas del río, un bocachico venía hablando y saltando con unas manamanas, lisas, corvinas, unos bagres y unas carpeticas. El bocachico que encabezaba el grupo, volteó y se cruzó una aleta en la boca en señal de silencio. Los otros peces rieron viendo la actitud del bocachico y obedecieron, detuvieron la marcha.
Lucas moviendo la caña de un lado a otro, sintió que templaron, haló rapidito. Desenganchó el bocachico. Lucas tenía resuelta la comida. Salió corriendo con el hermoso pez a su casa y tras tirar la caña, acudió ansioso a la cocina.
Buscó la sartén, puso a calentar aceite y cuando estaba bien caliente, quiso tomar el pescado y echarlo al recipiente ardiendo, en ese instante, el bocachico abrió los ojos y pegó un grito: “Yujuuu” y desprendió a toda velocidad.
Lucas corrió detrás de él, pero el bocachico fue más rápido y antes que el chiquillo pudiera alcanzarlo se lanzó al río. El pez en el agua, después de una zambullida, asomó la cabeza, le sacó la lengua al muchacho y soltó una carcajada: “Jajajajajaja…Creía que estaba muerto”, dijo, siguió riendo y se sumergió para continuar saltando y haciendo maromas con los otros peces amigos, que le recibieron con estruendosos aplausos.
Lucas entonces recordó el cuento que le echó su papa Pedro del famoso bocachico burlón que todos los pescadores veían, pero ninguno podía pescar; el muchacho rio también, y cuando regresó a su casa encontró que sus padres le habían traído un rico pastel de chocolate, comió y dejó un pedazo.
Lucas regreso al río sin la caña de pescar, se detuvo en la orilla, comenzó a mirar la superficie apacible con detenimiento; el pez burlón lo vio, asomó la cabeza, el chiquillo le arrojó el pedacito de torta y Lucas y el bocachico se hicieron amigos para siempre, tanto que desde ese momento el pequeño le llevaba galletas, caramelos, cualquier tipo de chucherías, que el bocachico comía y compartía con las lisas, las manamanas, las corvinas y las carpeticas.

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