De Interés: pensar en las consecuencias (María Elena Araujo Torres)

De Interés: pensar en las consecuencias (María Elena Araujo Torres)

María Elena Araujo Torres

Si analizáramos con cierta sensatez las consecuencias que pudieran tener nuestras acciones definitivamente evitaríamos una serie de errores que a la larga generan sinsabores no sólo a nosotros sino a quienes amamos, con quienes compartimos o conocemos.
Esa dicen que es precisamente la conducta que nos diferencia de los animales: el raciocinio. Pero, pareciera que de racionales tenemos muy poco. Solamente en el hecho de que una cantidad abrumadora de personas piensan sólo en sí mismas, en los beneficios que pueden sacar de cualquier situación (aunque vaya en detrimento de otros), es señal inequívoca de que el raciocinio falla.
Es que la inmediatez parece que enceguece. Obtener las mayores ganancias en cualquier gestión que se realice para enriquecerse, pensando solo en sí mismo, aunque la cadena del proceso perjudique a la mayoría de las personas ni siquiera tiene explicación. Pasar por encima de quienes carecen de privilegios de cualquier tipo para conservar el estatu quo y mantenerse imperturbable ante el detrimento ajeno está bien alejado de los que llamamos raciocinio.
Según los diccionarios tradicionales, “el raciocinio es un concepto que se vincula a la capacidad de raciocinar y a sus efectos. El verbo raciocinar, por su parte, consiste en la utilización de la razón para producir conocimientos y establecer un juicio. El raciocinio, de este modo, se vincula a la inteligencia: el individuo coteja diferentes juicios para formular uno nuevo, que deriva de los previos. Esto quiere decir que el raciocinio permite producir conocimientos a través de la inducción o de la deducción”.
Y en ese proceso descrito precisamente se hace referencia a los “diferentes juicios para producir uno nuevo”, un hecho de inteligencia vinculado indefectiblemente a la subjetividad que cada individuo pueda experimentar, y, en consecuencia, a reacciones emocionales propias del ser “racional”, como dolor, bondad, compasión, respeto, entre otras tantas, que nos permiten aplicar la racionalidad para poder vivir en estado gregario, con respeto por el prójimo, respeto que no sólo incluye ceder un puesto, también asumir los espacios de las otras personas como esperamos que respeten el nuestro.
Por eso iniciamos con el planteamiento de pensar en las consecuencias de lo que decimos y de lo que hacemos. Y volvemos a la inmediatez. Parece que a veces la inmediatez nos hace malas jugadas para tomar las decisiones menos acertadas. Por eso la importancia de la introspección, de revisarnos permanentemente. Así como solemos asearnos todos los días. Solo de esa manera pudiéramos acercarnos a la asertividad en cuanto a nuestras relaciones interpersonales, para tener que arrepentirnos menos, lamentarnos menos y generar menos consecuencias nefasta a corto, mediano o largo plazo, para los demás y en consecuencia para nosotros.
Teóricamente pareciéramos estar encaminados por la vía adecuada, pues al pensar en las consecuencias de nuestro verbo y actos -antes de proceder- indudablemente evitaría muchos sinsabores. Pero si no lo llevamos a la práctica, entonces el círculo de dolor continúa. Es decisión personal usar el raciocinio para encaminarnos por la paz y el amor.
María Elena Araujo Torres

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