Para Abrahan y Luis todo empezó con un Hershey’s

Para Abrahan y Luis, la calamidad empezó con un Hershey’s

Ilustración: Yiniba Camila Castillo

 

Relatos de una diáspora desenfrenada contados por una inmigrante 

Todo empezó con un Hershey’s.

Abrahan y Luis tienen veinti-pocos años. Son primos de esos que parecen hermanos. Cuando otro de sus primos les propuso venir a Chile en un viaje de 9 días por carreteras internacionales, para acompañar a su esposa, mamá e hija, no lo dudaron. Seguro que pensaron en todo lo nuevo que vivirían juntos.

En Caracas se embarcaron en un autobús un domingo por la mañana con rumbo a San Cristóbal y luego hacia San Antonio del Táchira. De allí a Cúcuta, donde cruzaron la frontera a pie, como se manda, y allí mismo tomaron un expreso directo a Piura, Perú; atravesando Colombia y Ecuador en un viaje de esos en los que crees que perderás las nalgas.

De Piura, tomaron un autobús hacia Lima, y de allí a Tacna, desde donde por fin tomaron aquel que les llevaría al país que habían escogido. Llegaron a Arica ocho días después de su salida de Caracas y les tomó un día más llegar a Santiago, su destino final. Allí los esperaba su primo agradecido por la compañía, pero expectante de sus planes.

Coordinaron una cuota para pagar el apartamento, la de ellos un tanto mayor que las de las mujeres que los acompañaban. Además, debían pagar la cama donde dormirían junto a su tía y las compras de comida. Luego, vino el Hershey’s.

En Venezuela, un chocolate Hershey’s puede costar lo mismo que un kilo de pollo pero en Santiago no, importar esas cosas no es tan complicado. Por eso, Luis pagó su antojo sin culpas y disfrutó en cada papila la sacarosa sin imaginar que la tía vería esto como un despilfarro. Por su parte, Abrahan había comido sushi con sus amigos el día antes, había tomado fotos, bebido y reido. Su tía no sabía que estos amigos que le habían invitado habían pagado por él. Por eso, ese día ni Luis ni Abrahan tuvieron el almuerzo servido. Su tía se los negó riendo.

—El mercado lo hicimos juntos —recordó Luis para sentenciarla.

Solo unos días después, cuando el primo pidió a Luis y Abrahan un dinero que no tenían, los echaron a la calle.

Luis se trajo una cámara para venderla. Con ese dinero iba a pagar la cama —me dijo Abrahan para que yo no los juzgara.

Los botaron, pero estaban juntos, y juntos durmieron en la lavandería del edificio esa noche, un viernes. Apenas el lunes lograron pagar una habitación. El martes aún no les permitían mudarse. Esperaron dos días más antes de pedir el dinero de vuelta. Cuando lo tuvieron, pagaron una pensión. Allí solo podían dormir. No tenían cocina, ni ducha, ni calefacción. Metían la comida a escondidas.

Por suerte, consiguieron un trabajo en un supermercado donde les daban desayuno y almuerzo. A veces dejaban un poco de comida para cenar.

—Todo el que llega pasa por algo —reflexionó Abrahan, quitándole importancia a los vaivenes de su historia. Y me contó de una muchacha, que tuvo que mudarse luego de que su amiga le pidiera 300.000 pesos por una habitación que a duras penas valdría 100.000.

Luis me contó también la historia de una vecina que le dio 500 dólares a su hermano como préstamo cuando llegó y para cubrir algunos gastos. Éste nunca le devolvió el dinero sobrante, pero seguía cobrándole el arriendo cada mes. La conocieron mientras dormían en la lavandería porque ella iba allí a llorar. Ellos le contaron su historia para hacerle saber que no es la única.

Luis y Abrahan sienten que han tenido suerte. Que su experiencia en Santiago, a pesar de todo, ha sido buena. Sienten que les irá bien en el par de años que planean estar acá, porque para luego, estos primos se han trazado caminos separados. Luis quiere irse a Madrid, casarse y ser chef de su propia pastelería. Abrahan quiere cumplir el sueño americano o culminar su estudios de agente aduanal en Panamá. Chile es un trampolín para ambos.

—Dios aprieta pero no ahorca. Nos ha afixiado bastante pero acá estamos —me aseguró Abrahan mirando el vacío. —Lo único insoportable es el frío —interrumpió Luis. Yo me despedí y les dije que es cierto, pero que el calor del verano es mucho peor.

Yiniba Castillo (@losnietosdejuancarabina)

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