De Interés: calma en medio de la tormenta (María Elena Araujo Torres)

María Elena Araujo Torres

Hablar o escribir en tiempos turbulentos de quietud interior es una temeridad. Primero habría que calzar el dolor, la rabia o la tristeza de las personas que atraviesan por diferentes situaciones en determinados momentos de su vida. Primero tendríamos que practicarlo en lo personal para poder exhortar a que otras personas lo practiquen.
Pero es precisamente en tiempos difíciles cuando expertos en la materia recomiendan practicarla, para poder digerir, resolver y trascender las situaciones que afectan el diario vivir, ya sea en el entorno familiar o en cualquier escenario cotidiano o extraordinario.
Un relato oriental cuenta, que dos pintores fueron convocados para pintar paisajes que reflejaran quietud. Uno pintó un lago sereno, transparente, con una montaña verde al fondo y rodeado de pequeños arbustos floreados. Todo el entorno reflejado hermosamente en la quietud del agua. El otro pintó una cascada turbulenta cayendo sobre un pozo. Al lado uno de los árboles tenía sobre sus ramas un pajarito durmiendo plácidamente sobre su nido.
Cuando llegó la hora de seleccionar cuál de los dos cuadros representaba mejor la quietud, escogieron el cuadro de la cascada por el hecho de que es justamente el que representaba la verdadera quietud, la que se alcanza cuando se está en espacios perturbadores. Cuando se mantiene el corazón tranquilo en medio del ruidoso exterior.
A esa quietud se refieren quienes tienen sabiduría al respecto. A la que se alcanza interiormente para poder sortear lo externo. Es difícil, sí. Pero no es precisamente en la calma cuando se alcanza la verdadera quietud interior. Si fuera así entonces quienes se retiran a las montañas, a espacios solitarios, a paisajes hermosos deberían alcanzar estados emocionales cercanos al nirvana, explicada por Wikipedia como “una palabra del sánscrito que hace referencia a un estado que puede alcanzarse a través de la meditación y la iluminación, y que consiste en la liberación de los deseos, la conciencia individual y la reencarnación”.
Aislarse en espacios paradisiacos o sencillamente cualquier lugar callado y sin ruidos, no garantiza precisamente mantener la serenidad interior. Cuántas personas se alejan del ruido para alcanzar la paz, y sus pensamientos continúan su curso indetenible alrededor de preocupaciones, dolores o enojos. No es afuera donde se encuentra, es adentro. Incluso las más crueles maldades del mundo se han fraguado en el silencio de un cuarto o la soledad de cualquier ambiente. Hasta los asesinatos más cruentos se han forjado precisamente en el silencio.
Mientras insistamos en apegarnos al exterior como causa de nuestras emociones continuaremos con el ciclo de dolor indetenible a lo largo de toda la vida. Mientras evadamos interiorizarnos, calmarnos, entendernos, entonces será difícil realmente canalizar sentimientos y emociones que indudablemente también redundaran en poder brindar apoyo a quienes nos acompañan en esta ruta vital. Cómo calmar el dolor en otra persona, cómo invitarla a bajar la intensidad de ira o asimilar la tristeza como un proceso natural pero pasajero (ya sea a corto, mediano o largo plazo, pero finito). Nunca podremos hacerlo sino lo hemos asimilado y experimentado en lo personal como forma de vida.
La quietud no está reñida con los sentimientos ni las emociones. Es la serenidad interior que permite resolver, digerir -más que enfrentar- los embates externos, sean estos de cualquier naturaleza. Es la que ayuda a salvaguardar la salud física y mental. Es la que permite mantenerse como la flor del loto en medio de los pantanos, como los corales en la profundidad del mar, sin utopías, sin ilusiones ni fantasías, con la luz interior que nos conduce en la búsqueda del amor universal, de la verdad.
María Elena Araujo Torres

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