La amante del odontólogo forense (Relatos de muerte 12, Alberto Morán)

 

 

Alfredo Cañas despertó a la seis en punto cuando el radio despertador prendió con la noticia del asesinato y violación de otra mujer; frotándose los ojos miró a su amante, Ibel Devesa, que a pesar de la bulla continuaba tendida bocabajo a su lado en la cama.

                Cañas se levantó sin quitarle la vista del trasero, siguió al baño, se cepilló los dientes, abrió el grifo y la volvió a mirar de biquinis con el pompis en primer plano, quiso continuar, meterse debajo del chorro, pero no le dieron las fuerzas, el odontólogo forense cerró la llave de un solo tirón, corrió, salto y se le acaballó a la mujer como el más ágil de los jinetes.

La cama crujió, ella despertó, bostezó pasándose el anverso de las manos por los ojos, quiso voltearse y el hombre no la dejó, la mantuvo mansita bocabajo con besitos y acariciándola con la cara y todo su cuerpo, ninguno de los dos pronunciaba palabra alguna, hasta que se escuchó la clásica interjección del doloroso placer de las mujeres en ese instante precedido de una aspiración gruesa, sonora, y la cama volvió a chirriar y chirrió y chirrió…A las ocho de la mañana los hizo detener el timbre.

El plomero

“¡El  plomero!”, dijo ella y se levantó, abrió la puerta y del cuarto gritó: “¡un momento, por favor!” Ibel fue al baño, se echó una bata encima y salió presurosa. Cañas la siguió luego de una ducha esmerada, cuidadosa, con abundante agua, espuma, jabón.

                -Mi amor, el plomero –los presentó-. Él siempre me hace las tuberías rotas de la cocina y el baño.

                -Mucho gusto, Alfredo Cañas.

-Arcángel Santamaría –dijo el plomero.

                El odontólogo antes de salir, le dijo a Ibel Devesa: “Nos vemos en la tarde”, y le entregó el llavero Cupido que dejó entre las sabanas. Y a las dos llegó.

                -Tengo una peligrosa baja de café –dijo.

                -Ya nos vamos amor –dijo él y enseguida se marcharon al quiosquito de siempre.

-Epa, varón, dos guayoyos –ordenó Cañas-. La pareja degustó la bebida, volvió a la oficina y la mujer esperó hasta la hora de cenar, luego el odontólogo la llevó a su casa.

-Quédate hoy otra vez o te pega tu esposita-le dijo Ibel con sorna.

-No puedo inventar otro viaje -dijo él-, tengo que irme.

Por la mañana, Alfredo Cañas dormía cuando Maira Lobato lo despertó y le dijo sarcástica: “ya es hora de levantarte, ¿o no tienes viaje hoy?”.

El odontólogo forense se hizo el desentendido y se marchó a la oficina desde donde telefoneó a Ibel, ella quedó en ir al guayoyo de las dos de la tarde como de costumbre y no llegó, Cañas la supuso molesta, no la complació otra noche, algo ya imposible,  su esposa irónica parecía enterada de algo.

La llamada

Más tarde, Cañas recibió una llamada de la policía que lo dejó frío: ultrajada y asesinada Ibel Devesa, por el asesino en serie que entró a su residencia sin violentar cerraduras y, a  diferencia de las otras, la víctima presentó varios mordiscos en los glúteos.

De todas maneras, Cañas, por ser su amante, fue considerado sospechoso, sin embargo, pidió al comisario que le dejara analizar las mordidas. Y en las primeras observaciones  -tanto en el cuerpo como en las fotografías- intuyó que al psicópata le faltaban los dientes incisivos del arco superior. El odontólogo suministró sus apreciaciones a la policía y se dirigió a tomar un café  donde frecuentaba con Ibel.

-Un café –ordenó-. El cafecero le sonrió dejando al descubierto las encías sin sus dientes delanteros. Alfredo Cañas vio el detalle y entretenido mirando el quiosco y pensando en el homicidio, vio un llavero Cupido simulados entre unos paquetes de azúcar.

La captura

Cañas no terminó de ingerir el café y corrió a telefonear al comisario. Y una comisión policial detuvo pero al plomero Arcángel Santamaría. El odontólogo viendo al cafecero sin dientes, recordó que el hombre que hizo las reparaciones en la casa de Ibel tampoco tenía incisivos arriba, además era el único extraño a quien su amante le podía abrir la puerta sin desconfianza.

Alfredo Cañas al otro día volvió por otro café y el cafecero le sirvió el tinto devolviéndole el llavero que Ibel dejó olvidado la última vez que estuvo en el quiosco

El odontólogo regresó a la oficina y llegando recibió otra llamada de la policía que lo heló más todavía, el plomero confesó, no era el violador y asesino de mujeres en serie como se creía, mató como el psicópata solo para confundir a los investigadores, luego que Maira Lobato le pagó una alta suma de dinero después que le descubrió sus amoríos con Ibel Devesa.

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