“Yo aborté”: Tres relatos desde la clandestinidad

Aborto

“Yo aborté”: Tres relatos desde la clandestinidad

El 28 de septiembre se conmemora el Día Internacional por la Despenalización del Aborto, un lucha vigente en muchos países de Latinoamerica, incluyendo Venezuela, donde las mujeres deben someterse a procedimientos clandestinos e inseguros para decidir sobre sus cuerpos, incluso en casos donde el embarazo no es viable o haya sido producto de una violación. Según datos de la OMS, entre 2010 y 2014 se produjeron 25 millones de abortos inseguros anualmente, la mayoría de ellos en países en desarrollo de América Latina, África y Asia.

A continuación tres mujeres, radicadas en Maracaibo para el momento en que tomaron la decisión de abortar, cuentan anónimamente sus historias:


“Hay muchas historias de terror acerca de los abortos, pero en mi caso muchos mitos resultaron infundados”

Hace 2 años, cuando tenía 22, mi visita al ginecólogo por irregularidades en mi período resultó en un diagnóstico impactante: debido a un muy fuerte síndrome del ovario poliquístico, un útero deforme y una matriz que rechazaba el ingreso de espermatozoides, quedar embarazada sería prácticamente imposible para mí. Lloré en ese momento, pero con el tiempo me adapté a la idea de que ser madre no era para mí y seguí con mi vida. En paz.

Hasta hace dos meses, cuando, casi en una repetición de la historia, me encontré en la necesidad de ir a un nuevo ginecólogo por incomodidades en mi síndrome pre-menstrual —o eso creía yo. Por casualidad, por mala suerte, o quizás por ambas, estaba embarazada de 8 semanas.

Ese bebé no podía nacer. Además de haber aceptado mi supuesta infertilidad, sabía que no era el momento ni el lugar adecuado para traer un niño al mundo. Hacerlo solo me traería infelicidad a mí y a un ser inocente. Allí empezó mi travesía.

Mientras buscaba pastillas abortivas por todo Maracaibo, tomaba tés y jugos que, según cuentan los mitos, eran peligrosos en embarazos tempranos. Eventualmente conseguí Cytotec. 200 mil bolívares fue el precio que tuve que pagar en un mercado popular para terminar vomitándolas.

Cuando fui a un chequeo en el hospital, a mi lado estaba sentada una joven que tuvo que recurrir a un gancho de alambre para hacer lo mismo que yo intenté con las pastillas. Ella estaba desesperada, igual que yo, en un país que no nos ofrece opciones seguras. No sé si logró su meta, no sé siquiera si sobrevivió.

Después de eso, estaba aterrorizada; no tenía 200 mil bolívares extras para comprar de nuevo las pastillas, ni a quién pedírselos prestados. ¿Y si tenía que continuar el embarazo? ¿Y si me veía obligada a criar a un niño que no quería en un país sin alimentos, sin medicinas, sin oportunidades? Me hice mil preguntas, y la respuesta siempre fue la misma: no puede suceder.

Fue mi mejor amiga quien encontró la página web que brinda asesoría para quienes como yo decidimos abortar. Después de una semana de correos electrónicos y solo 10 mil bolívares, me fui a casa con 5 pastillas. 10 mil bolívares fue el precio para salvarme. Empecé el proceso un domingo, el lunes estaba en la emergencia del hospital. No fue sorpresa que allí recibiera maltratos. Una de las personas que me atendió aseguró saber que no fue algo natural y me trató como una asesina. Con su mirada llena de odio me amenazó con hacer el examen para buscar rastros de pastillas. Pero el resto del personal no la dejaron y, después de un raspado de matriz, fue finalmente libre.

Hay muchas historias de terror acerca de los abortos, pero en mi caso muchos mitos resultaron infundados. Mi embarazo no deseado me enseñó dos cosas muy importantes: Soy para mí y por mí. Supongo que debo agradecerle eso.


“Hice todo sola, sin llorar, sin pensar mucho para no permitir que fuera triste o doloroso. Simplemente necesario para seguir adelante”

Estuve embarazada 4 días. En realidad más, pero ese fue el tiempo que pasó entre saber y abortar. Tenía 25 años cuando caí en cuenta que no me había venido el periodo. Supe inmediatamente que estaba embarazada y que no lo quería tener. Fui a un laboratorio cercano, me hice una prueba de sangre, y confirmé el presentimiento. Una amiga me acompañó a buscar las pastillas. Preguntamos en tres farmacias y en la tercera un hombre que atendía nos dijo que eso se buscaba en el centro, que ellos no podían entregárnoslas porque su venta estaba vigilada.

Para el día siguiente ya tenía el número de un médico que según la hermana de mi amiga había atendido a una conocida. Llamé hice la cita y al día siguiente a media mañana me atendió. El ginecólogo me hizo un eco para confirmar el embarazo y me preguntó si quería ver la imagen impresa. Preferí que se la quedara.

Al día siguiente, me hicieron el procedimiento. Tenía casi 10 semanas de embarazo. La enfermera me dio la mano. Fue una aspiración. Se sintió como un dolor de vientre intenso, pero nada que no se pudiera soportar. En menos de 30 minutos estuve lista, me vestí y me fui con una lista de medicinas que comprar. No recuerdo si tenía mucho dolor, pero creo que no. Sangré varios días y regresé a una consulta tres días después.

Hice todo sola, sin llorar, sin pensar mucho para no permitir que fuera triste o doloroso. Simplemente necesario para seguir adelante.

En ese momento tenía una pareja estable desde hacía años, pero no le dije nada. No quería que nadie interfiriera en mi decisión, que siempre estuvo clara. No era el momento de tener un hijo y no era lo que quería en mi vida en ese entonces. El tiempo probó que fue la mejor decisión para mí. Y si pudiese regresar el tiempo, volvería hacerlo.


“No sabía qué hacer, no sabía a quién llamar. Lo que sí sabía era que definitivamente no estaba lista para tener un hijo”

Hay historias difíciles de contar y está es una de ellas. Comienza cuando tenía 21 años y toda la vida por delante. Estaba en los últimos semestres de la universidad y pensaba que eventualmente me comería al mundo. Lo que debería agregar es que el “comerme el mundo” no incluía gran conocimiento de reproducción sexual. Quedar embarazada fue mi problema. Mi problema por ser mujer. Los hombres piensan poco en la posibilidad del embarazo, ellos no saben lo que es suspirar de agradecimiento cuando te llega la menstruación después de un par de días de retraso. No conocen la molestia y la carga económica que implica tomar una pastilla diaria sabiendo que hace estragos en tu cuerpo.

Él era uno de esos, uno de los que no sabía, uno de los que quizás todavía no sabe. Lo que si sé es que él no supo todo lo que tuve que pasar para enmendar ese error.

El día que sospeché que estaba embarazada agarré el carro y fui a una farmacia por una prueba de embarazo. No me bajé del carro, fui por la autoservicio llena de vergüenza. Llegué a la casa y me eché a llorar cuando la prueba salió positiva. No sabía qué hacer, no sabía a quién llamar. Lo que sí sabía era que definitivamente no estaba lista para tener un hijo. Hay mucha gente que mira con valentía a las mujeres que llevan embarazos no deseados a termino, pero déjenme decirles que no hay mayor prueba de determinación que interrumpir un embarazo no deseado en un país que lo hace imposible. En un país que te juzga, en un país que no entiende la diferencia entre un feto de un mes y un bebe recién nacido.

Al día siguiente fui a hacerme la prueba de sangre, estaba tan nerviosa que la enfermera no me conseguía la vena. “Tranquila, todo va a salir bien”, me dijo. Tenía razón, al final todo salió bien.

Al conocer que estaba 100% embarazada, comenzó un recorrido por toda la ciudad en busca de alguien que ya hubiese abortado. La amiga de la amiga de una amiga… Terminé poniendo mi vida en manos de extraños.

La primera extraña fue esa mujer que lo había logrado y había vivido para contarlo. La segunda, la mujer que le vendió las pastillas en el mercado. No sé cuánto tiempo se tardó comprando las pastillas. A mí pareció una eternidad.

Cuando entró al carro me dio una bolsita de plástico con un par de pastillas sueltas. Tómate tantas y métete tantas. Ha pasado tanto tiempo y estaba tan nerviosa que no recuerdo cuántas. Me sentía como una rata tratando de escapar de una trampa, tratando de cortar mi cola del anillo de presión para ser libre. En un país donde no hay opciones, no hay tiempo para pensar en las consecuencias. Llegué a mi casa e hice exactamente lo que me dijeron. Al día siguiente, comencé un sangrado que duraría una semana, un sangrado que paró con una visita al ginecólogo, que me recetó otras pastillas. Pude haber muerto, pero no lo hice. Pude haber quedado estéril, pero no lo hice. Fui de esas mujeres con suerte. Fui de esas mujeres que pudo decidir su futuro en un país donde otros quieren decidir por ti.

Si me preguntan si me arrepiento, la respuesta es no. Pero no arrepentirse no significa olvidar. Ahora soy más cuidadosa, ahora soy más consiente de las decisiones y de las consecuencia. Soy lo que soy porque tuve un aborto en un país donde es ilegal. Espero que llegue el día en el que ninguna mujer tenga que pasar por lo que pasé.

Estefanía Reyes 

Ilustración: María Daniela Ramírez

Noticia al Día 

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