La muerte: una telaraña invisible que atrapó a Yajaira Güerere

Foto: Cortesía

Domingo, el día de descanso por excelencia, día del señor, día festivo, día de quedarse en cama o de visitar a la abuela, día que se asocia tanto con paz y silencio que a veces hasta termina en el aburrimiento. El día en que nadie espera la llegada de la muerte.

Así mismo sintió el día Yajaira Güerere Bohórquez cuando se dispuso a andar por la ciudad en su camioneta, justo antes de que el reloj de su vida se detuviese para siempre por un disparo en la mejilla que recibió durante un asalto; fue así como lo vivió Mónica Spear antes de despertar en la mañana donde un delincuente le pondría un lamentable punto final a su vida y la de su esposo; es de este modo como lo han vivido injustamente millones de venezolanos.

Las reacciones ante este escenario podrían armar una colección, algunos optarán por mostrarse indiferentes dentro de su individualismo, otros exhalarán con alivio y dirán: “Menos mal que no he sido yo ni nadie de mi gente”, se sensibilizarán, tratarán de opinar algo a como dé lugar; pero todos coincidirán en un punto, al menos por un milisegundo aquella voz que dice: “Pude haber sido yo” resonará en sus cabezas porque, ciertamente, pudo ser uno de nosotros.

Por muy distantes que se encuentren nuestros ADN, todo indica que cada vez estamos más conectados; nadie queda exento, ni los que cruzan la línea que demarca el espacio entre esta vida y la siguiente. Cuando alguien cae sobre los senderos de la muerte, especialmente por causas alejadas de lo natural, la telaraña invisible se hace más fuerte que el acero, da igual si no es en el tejido ocupado por los familiares y amigos de la persona fallecida, siempre dejará rastros de su red en cada habitante que se suma al duelo con desconocidos.

En un país donde las noticias cada vez más representan un bombardeo continuo y sistemático de sucesos cercanos, pero también lejanos, que nos pueden afectar, conmocionar o sorprender de modos inesperados en esta vida, no es de extrañarse que el duelo compartido con desconocidos se haga cada vez más común.

Cuando un ser querido muere, el doliente experimenta olas revoltosas en el mar de sus emociones. El duelo puede traer consigo desafíos únicos, pero para aquellos que nunca en su vida entablaron un vinculo afectivo o como mínimo una conversación con la persona fallecida, el proceso de duelo puede ser algo diferente. Es posible que logre verse traducido en una sensación de incomodidad y alerta; que logre sumergir a la persona en un estado de ansiedad, de “sobreconsciencia” sobre el riesgo que corremos hasta en la actividades más cotidianas y que nunca en su itinerario tuvieron previsto un cierre marcado por la tragedia.

No cabe duda que es este el sentimiento que se hace cada vez más recurrente en la mente del venezolano con el pasar de los días, en medio de un país cuyo observatorio de violencia calcula que en un solo año hubo 28.479 “muertes violentas”; es decir, una tasa de 91,8 homicidios por cada 100.000 habitantes, no es de sorprenderse que esa quietud que antes caracterizaba algunos días haya sido reemplazada por el desasosiego de no saber cuándo será el último adiós, por la expresión de dolor al ver la página de sucesos, por el temor a salir a la calle, por la  idea de que estar vivo es un cosa “de suerte”, y sobre todo, por el respiro en la nuca de aquella voz interna que luego de descubrir un nuevo suceso no puede evitar decir: “Pude haber sido yo”.

¿Escaparemos de ser un número más en las estadísticas de muerte por violencia?

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Gabriela Nava (Pasante)

Noticia al Día 

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