La muchacha de los ojos sonrientes (Relatos de muerte 9, Alberto Morán)

 

Un año después de andar detrás de ella diciéndole que era un hombre soltero y sin compromisos, la muchacha sin experiencia en el amor se le entregó con la condición ineludible de casarse enseguida. “No me gusta andar con el besuqueo y el manoseo en esquinas, en plazas, parques”, le dijo, “si me voy a entregar, me entrego de una vez y para siempre”. Solo bajo esa posición, Erasmo Gutiérrez, tuvo el deleite de hacer mujer a Belinda Campos en el Motel El Guasimito. Y ella ya en esa otra fase de la vida viendo como él en silencio la contemplaba desnuda, le preguntó con incertidumbre de hembra inexperta:

-¿Te gustó?

-Sí –dijo él lacónico.

-¿Mucho? –insistió ella incrédula o como buscando que él le dijera sí, sí, tantas veces sí; el sí en el oído parecía llenarla de gozo.

-Muchísimo –dijo Erasmo convincente.

-¿Qué más te gusta de mí?  -siguió indagando Belinda.

-La bella sonrisa de tus ojos –respondió él con seguridad.

Belinda reventó la risa y preguntó:

-¿Y cómo se ríen los ojos?

-Así como lo haces ahora, apenas mueves los labios feliz, la manifestación de tu boca es nada, para la grandiosa expresión de alegría de tus ojos vivaces.

Belinda siguió riendo y Erasmo volvió por sus fueros y la amó como si fuera la última vez que haría el amor en la vida, consciente de que no es fácil encontrar en estos tiempos esa “especie” en extinción que rara vez sobrevive  a la adolescencia;  además si se le volvía a presentar la oportunidad a su edad no tenía certeza de poder corresponder, sabiendo que ya apelaba -como naufrago desesperado a un salvavidas en alta mar- por las exiguas reservas de su inexorable madurez.

El hombre, pese a todo, a la altura de compromiso se despidió bien tarde en la noche con la promesa de regresar al día siguiente, pero más nunca volvió.

Al mes esperando, Belinda decidió buscarlo, lo requirió sin éxito en la morgue, en la policía, los hospitales, y pensando qué hacer ocupó la banca de un parque. Un grupo de niños jugaba con un balón, uno de ellos lo pateó duro y el padre salió a rescatarlo.

-Dámelo papi –dijo el muchacho-. Erasmo se lo lanzó y en el movimiento que hizo quedó de frente a Belinda sorprendido, mudo, deseando que se lo tragara la tierra.

Belinda sin derramar una lágrima era víctima en su interior de un llanto irrefrenable, se supo por la vibración de su voz cuando le dijo amenazante: “Que no se te olvide nunca en la vida, que me engañaste”.

Erasmo esperaba un escándalo mayor que acabara con su matrimonio y no fue así, Belinda dio la espalda impetuosa, decidida, para marcharse sin más alborozo, mientras él quedaba con el recuerdo de los ojos sonrientes de ella clavados en la mente.

Años después, una trabajadora social del ancianato, lo rescataba de su casa hambriento, descuidado; había enviudado, luego su hijo murió víctima de una enfermedad terminal. Y quedó solo.

Erasmo se encontraba bien de salud, sólo le faltaba buena alimentación y los medicamentos propios de su edad. En poco tiempo, encontró novia en el ancianato y se ganó el cariño del personal, sobre todo de la trabadora social, la cocinera y Sor Celina, la monja encargada de la gerencia del geriátrico.

La religiosa estaba pendiente de Erasmo, pero cuando quería intervenir, ya la cocinera le tenía el plato servido en la mesa. La novia se llenó de celos. Y en un arrebato de ira, le gritó delante de Sor Celina, la trabajadora social, la cocinera y otros viejitos y viejitas, que en cualquier momento lo asesinaba.

La monja se sobresaltó e impuso orden, sin embargo, en una semana, Erasmo durante el almuerzo se comenzó a sentir mal. Sor Celina fue la primera en correr hacia él pidiendo auxilio al médico de la institución que no pudo hacer nada, el hombre moría envenenado.

Y en su agonía, Erasmo tuvo tiempo de mirar a la trabajadora social que, moviendo los labios gozosa, le mostró una placentera sonrisa con los ojos, para recordarle en su último aliento que sufría la concreción de aquella amenaza que le hizo cuando se burló de ella: “Que no se te olvide nunca en la vida, que me engañaste”.

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