Hacer el amor llorando (Relatos de muerte 11, Alberto Morán)

 Con tantas experiencias, Luis Carlos llegó a la conclusión de que no había nada en la vida que tuviera tanto de dolor como de sabroso, que hacer el amor llorando en esas despedidas de parejas que, por tantas eventualidades, obstáculos, problemas, no pueden continuar la relación. Y tienen que dejarse queriéndose, desgarrándose, rompiéndose por dentro.

                Luis Carlos siempre recordaba la vez que le dijo adiós a una novia en la intimida de una habitación del Motel El Guasimito, ya, incluso, con planes de matrimonio. La relación terminó porque ella recibió una oferta de trabajo irrechazable en Medio Oriente; y él se negó a seguirla, no por prejuicios machistas, sino porque era un hombre solvente con un buen trabajo en el país que tampoco podía dejar.

                En esas circunstancias, establecieron lo que creyeron más convenientes para cada quien, y acordaron el último encuentro, el de la despedida, ese que hizo del rostro de la muchacha una laguna con las lágrimas de ella y las de él encima amándose, deseando ambos que el orgasmo no llegara nunca; en ese momento no querían ese doloroso final por más placentero que resultara, sería el adiós definitivo. Luis Carlos chupaba como un demente las lágrimas de las mejillas de ella, le sorbía deseoso el llanto desde bien adentro de su boca, de su alma, de su ser. Y ella respondía con la misma intensidad, con la misma agonía, con la misma pasión.

                Ahora estaba en circunstancias similares, solo que esta vez no estaba dispuesto a perder a Lucero,  y pensando en la embarazosa situación, la sorprendió su esposa Clara Elena, una ruda oficial de policía, quien le puso la pistola vacía en la sien y haló el gatillo.

                Al golpe seco, Luis Carlos sacudió la cabeza y gritó exaltado:

-¡¿Qué te ocurre mujer?!

-Solo te pido que recuerdes que de mí no se burla nadie.

-Yo no me burlo de nadie.

-Te noto extraño, Luis Carlos y te conozco…

Luis Carlos a pesar de la severa advertencia de su esposa,  al otro día fue en busca de Lucero para concretar la relación y meterse a vivir con ella, pero la mujer de repente cambió de opinión.

-Esto es un error, Luis Carlos.

-Nos amamos, Lucero, bien lo sabes.

-Sí, pero esta relación no tiene sentido.

-¿Por qué, dime, por qué ahora esa actitud?

-Tus hijos.

-Mis hijos son mis hijos, pero eso no implica que nos dejemos de querer, Lucero. Te amo.

-Se terminó Luis Carlos… ¡Comprende!

El hombre viendo que no podía persuadir a Lucero, la invitó a despedirse  definitivamente al Motel El Guasimito, y cuando estaban en la intimida de habitación, volvió a fijar su irrenunciable posición:

-No te voy a perder.

-Chico, no insistas, vine porque con tanto amor entre nosotros, yo también deseaba esta despedida –dijo ella y las palabras de ambos fueron consumidas por las lágrimas, los sollozos y uno que otro “te amo” balbuceante de dolor, placer, gozo, sufrimiento.

En eso, llegó a la administración del motel la oficial Clara Elena con dos funcionarios policiales:

-¿En que habitación está el señor Luis Carlos Montesinos?

El administrador quiso negar la información; Clara Elena se le fue encima con las esposas y el empleado habló. “En la 117”,  dijo asustado.

La oficial continuó en zancadas con la mano en la pistola, sus dos compañeros, un funcionario y una funcionaria, quisieron seguirla y ella se opuso: “Este es mi problema y lo resuelvo yo”, advirtió subiendo presurosa las escaleras. En el pasillo se topó con un señor que manipulaba una pulidora dándole brillo al piso.

En ese instante, los acompañantes de Clara Elena que esperaban angustiados abajo con el administrador, escucharon tres disparos, a los tiros subieron corriendo sin tomar en cuenta que el hombre de la limpieza bajaba corriendo.

Y cuando llegaron a la habitación 117 encontraron a la oficial Clara Elena sin vida con un balazo en la cara. Los funcionarios derribaron la puerta del cuarto a patadas y observaron sobre la cama a Carlos Luis y a Lucero sin ropa y también muertos de un tiro cada uno.

La Policía de Investigaciones Penales detuvo en tiempo record al señor de la limpieza y de inmediato resolvió el caso. Lucero desesperada ante la insistencia de Luis Carlos sin querer dejarla, tomó la pistola de él y le pegó un balazo en la cabeza, no siendo ducha en el manejo de armas, en el arrebató se le escapó un tiro que  atravesó la puerta e impactó a Clara Elena, después, ella se quitó la vida disparándose en la sien.

[email protected]

No olvides compartir en >>


á