La pepa de zamuro (Relatos de muerte 3, Alberto Morán)

A Rodolfo le hizo efecto la dieta desde que tomó una pócima de la “Iluminada”, una mujer que fungía de curandera argumentando que tenía contactos directos con el más allá. Se le descolgaron los hombros y la barriga de una especie de toldo sobre sus extremidades inferiores, le devino en una deprimente colgadura de piel flácida que se convirtió en un martirio para su esposa Sonia; cuando la señora tenía la suerte de tocar algo del Rodolfo de aquellos tiempos, se le esfumaba de las manos en la brega de levantar y tener que sostener arriba la “cortina”.
Pero Sonia nunca se decepcionó de su marido, era una mujer feliz, criticaba con vehemencia, sí, las consultas de su esposo a la “Iluminada”, diciendo que esa gente pactaba con el demonio, aunque le agradecía que le hubiese despejado el cuello con la dieta y ahora podía colocarle la corbata sin el fastidioso cuidado de no amarrarle las orejas. Aunque la relación de ellos había cambiado. Desde que le mataron a tiros a Samuel víctima de un robo, la vida de Sonia quedó del tamaño de la silla donde ya sin lágrimas, pedía hasta la demencia volver a ver a su hijo. Rodolfo la escuchaba impotente en una silla contigua, abatido por el mismo dolor, las deudas del entierro y de los servicios básicos del apartamento. Samuel era quien llevaba la carga.
Rodolfo asediado por las obligaciones fue a consulta con la “Iluminada” en contra de la voluntad de su esposa. La “Iluminada” le entregó una oración y una pepa de zamuro compuesta, para que la llevara como amuleto por el resto de su vida. El hombre llegó al apartamento, se colocó el talismán en el corazón, pronunció la deprecación y enseguida le tocaron la puerta. Un señor le traía un cheque de un seguro del hijo. Y se quitó de encima la deuda del entierro. Otro día, no tenía con que pagar el recibo de luz, el agua, el teléfono y el condominio, apeló a la pepa de zamuro y los montos de las deudas se le pusieron en cero.
Sonia no prestaba atención a nada ante el dolor y la obsesión de ver a su hijo, así en una de sus desesperaciones, le gritó a su marido: “¿por qué si la ´Iluminada´ tiene contactos con el más allá, no le dices que me traiga a mi Samuel?”. Rodolfo la miró, se estremeció. Sintió escalofrío. La propuesta de su esposa lo invadió de un temor y una incertidumbre inexplicable.
De todas maneras, acudió donde la “Iluminada” y la mujer le volvió a conjurar la pepa de zamuro y le cambió la oración. Rodolfo se marchó con el mismo terror que sintió cuando su esposa le hizo la petición. Le entregó a Sonia la plegaria y el amuleto. “No tengo valor para hacerlo yo”, dijo y se encerró en su cuarto.
Sonia con la pepa de zamuro empuñada en el pecho comenzó a suplicar la presencia del hijo. Lo invocó la primera vez y no tuvo éxito, la segunda tampoco, la tercera, sintió un terremoto dentro del apartamento, las paredes temblaban, parecía que iban a desplomarse. El amuleto se le hizo añicos en el pecho. Rodolfo salió despavorido de su habitación: “¡Mi hijo está llegando!”, le gritó ella, “siento su olor”. Rodolfo quedó inmóvil. Sonia fue en busca de Samuel. Rodolfo la siguió. La vio correr como en los tiempos de novios escaleras arriba detrás de su hijo levitando. Alcanzó el cuarto, el quinto piso, llegó a la azotea. El sin darse cuenta también corrió como un atleta en forma detrás de ellos. Sonia y su hijo continuaban indetenibles, Rodolfo se detuvo en seco, se acababa la placa de concreto, les esperaba el vacío. ¡Te vas a matar!, le gritó a su esposa, y ella sin escucharlo siguió a Samuel dando pasos en el aire hasta que ambos desaparecieron en el infinito.
Rodolfo quedó estupefacto recordando lo que Sonia tantas veces le advirtió: “no olvides que esa gente pacta con satanás” y se fue de hinojos llorando de arrepentimiento.

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