La cruel satisfacción de dos psicópatas (Relatos de muerte 4, Alberto Morán)

Podría pensarse que Argel Baldín habría acabado con el prodigio de mirar fijo a los ojos de las mujeres, sino fuera porque él solo los miraba en los rostros fríos de aquellas que ordenaba decapitar. La mayor satisfacción de este asesino en serie. O, quizás, la única en su vida de psicópata.

                Argel residía en un apartamento con Adolfina, su mamá, una señora humilde, hogareña, que desde su viudez se consagró a criarlo y a educarlo. Y Argel se lo retribuía todos los días. Convertido en un profesional exitoso se dedicó a ella que, como madre,  lo veía incapaz de pisar una cucaracha, aunque quizás tenía razón; Argel a pesar de sus instintos criminales nunca se manchaba las manos de sangre; contaba con la colaboración de Berit, otro psicópata con quien mantenía una amistad en estricto secreto y era propietario del salón de belleza Mi Clineja.

Berit recibía la orden de ejecutar los asesinatos y llevar las cabezas a la casa de campo de Argel. Se regocijaba recibiendo la orden y era mayor su satisfacción decapitando a las mujeres. No  le resultaba difícil pasarles una filosa navaja de afeitar por el cuello a cualquiera de las clientas que le llegaban a su negocio.

Igual placer experimentaba Argel cuando miraba fijo los ojos sin luz de las cabezas femeninas. Ni siquiera navegar en las profundidades del amor de las mujeres en la cama, le producía tanto placer como verle los ojos sin brillo en la última expresión de miedo en el rostro.

                Una mañana Argel se levantó, salió disparado de su habitación, ya alcanzando la calle, su mamá lo paralizó de un regaño:

-¡Te vas sin pedirme la bendición!

-Bendición, mami –dijo sumiso y continuó.

-¿Qué te ocurre Argel? El criminal se regresó, le dio el beso de costumbre en la frente y ella le recordó amorosa: “en la tarde tienes que llevarme a la celebración de las bodas de plata de mi amiga. No te olvides”.

-Sí mami…

Argel salió de su casa, llamó a Berit y le giró instrucciones. “Quiero perderme en la sombra tenebrosa de otros ojos”, le dijo, y continuó al trabajo. Laboró perturbado, no podía olvidar llevar a la mamá a la celebración, Adolfina nunca se lo perdonaría, y él tampoco era capaza de hacerle un desaire a la señora que le dio el ser.

En la tarde, regresó presuroso a buscar a su progenitora. “Mami”, llamó y nadie le respondió. Argel la volvió a llamar, tampoco le respondieron.

-¡No hay nadie en casa!- gritó más fuerte.

-¡Voy! -le dijeron de una de las habitaciones.

-Bendición, mami, creí que no habías llegado –dijo al instante que le sonó el teléfono. Era Berit: “Misión cumplida”, jefe. El peluquero le llevó a la casa de campo la cabeza de una mujer diciéndole que se la dejaba premiada; la víctima compró antes de entrar a la peluquería unas argollas, y el psicópata en su morbosidad criminal se las colgó de las orejas en una macabra bufonada para agradar aún más a su amigo Argel.

Robertina, la hermana gemela de Adolfina, salió del cuarto:

-¡Sobrino!

-¡Tía! Yo creía que era mami.

-No. Lee la carta que te dejó en la mesa.

Argel siguió al comedor, tomó el escrito: “Hijo bello, ya vengo, salí a comprar unas argollas para regalárselas a mi amiga en las bodas de plata, después voy a la peluquería  Mi Clineja, quiero arreglarme el cabello. Besos, te quiere, tu adorada mami”.

-¡Sobrino! ¡Nooo!–gritó de repente la tía espantada en un grito que estremeció el sector, pero el psicópata no se detuvo.

Argel con la misma carta empuñó el cuchillo de la cocina, se asestó un golpe en el pecho y se lo siguió hundiendo con todas sus fuerzas en el corazón, hasta que la larga y filosa hoja se le trancó en el cabo bañado en sangre.

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