De Interés: creerse superior al prójimo (María Elena Araujo Torres)

María Elena Araujo Torres

Para sentirse superior al resto de la humanidad ni siquiera hace falta tener bastante dinero, doctorados, altos cargos institucionales o laborales. Este tipo de personaje se encuentra en los lugares dónde menos imaginamos. Cargados de prepotencia ante quienes considera disminuidos o sin valor. Pueden ser  vendedores de pan, encargados de tiendas, egresados de alguna universidad, estudiantes, amas de casa, técnicos, secretarias, choferes de taxi, y una larga lista que no cabría en este escrito.

Cuando hacemos referencia a las ocupaciones de las personas que asumen esta nociva conducta, lo planteamos con el propósito de señalar el hecho de que no existe trabajo, oficio o profesión que les defina, todo revolotea en sus mentes como si fuera la verdad, desde sus ópticas superiores ven al resto de los humanos y como dioses del olimpo (en sus mundos) pululan por cualquier espacio común al resto de la gente.

Muchos se creen tan superiores que hasta se dan el derecho de menospreciar con gestos, agresiones verbales y hasta físicas a quienes considera menos gente o inferior ya sea física, emocional o intelectualmente. Suelen subestimar la capacidad de otros sin ni siquiera saber las potencialidades del prójimo.

Otros, con el cuento de que somos superiores a los animales también se creen con el derecho de maltratarlos, pegarles, humillarlos y hasta comérselos. Cuando si realmente somos superiores a los animales, en primer término deberíamos mantener un profundo respeto por las diferencias que nos separan, por evitar causarles dolor físico y mucho menos causarles la muerte, aunque no lo hagamos directamente pero lo apoyemos.

En ese devenir de los procesos culturales transcurridos a través de generaciones, constatamos históricamente al hombre convencido de superioridad respecto a la mujer; los adultos respectos a los niños, a quienes por diversas razones  viven con alguna minusvalía física o intelectual; quienes han adquirido conocimientos en cualquier oficio o profesión y se consideran mejor o demasiado cultos respecto a quienes desconozcan su ocupación. Y ni decir de quienes ostentan cargos y muestran superioridad ante sus subalternos o cualquiera que considere inferior. Estos entre otros casos, que son muchos.

Parte de estas personas que se creen superiores realmente han dejado males sin resolver, algún sentimiento de inferioridad originado en su infancia o en su adolescencia, y para ocultarlo extreman ciertos rasgos que consideran  importantes. Es así como casi permanentemente muestran actitudes arrogantes. Esta premisa es según demostraciones constatadas por  estudios científicos.

Quienes exhiben cualquier tipo de alardes de superioridad por lo general guardan ocultas inseguridades. Especialistas afirman que este tipo de personas por lo general tienen una baja autoestima, guardan sentimientos de angustia, dolor, vergüenza y falta de ánimo, que pueden desencadenar en tendencias depresivas, estados cambiantes de ánimo, o por el contrario, delirios de grandeza que buscan ser el caparazón de los sentimientos reales. Obviamente todos estos complejos disfrazados en actitudes y comportamientos de superioridad, nacen en infancias traumáticas, dolorosas.

En este mismo sentido hay personas que por alguna razón se disfrazan con una seguridad impetuosa y con un enorme amor propio, a su vez presentan un problema adicional que es la sobredimensión de su ego, hasta el punto de creerse realmente mejor que los demás. Por todo esto pudiera concluirse que un ego sobredimensionado es producto de una infancia abusada mostrada por un adulto inseguro y acomplejado. Razones suficientes para comprenderlos sin sentirnos afectados cuando se nos atraviesen en el camino, o revisarnos si somos uno de ellos.

María Elena Araujo Torres

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