Presentimiento de un sueño fatal (Relatos de muerte 2, Alberto Morán)

 

Cualquiera fuera la situación de los esposos Moncada-Torres, desde hacía siete años no dejaban pasar desapercibida una fecha tan significativa para ellos como el cumpleaños de Valeria Antonia, su única hija, solo que esta vez el feliz acontecimiento fue salpicado por el tenebroso presagio de una pesadilla sangrienta.

                Ricarda ocupaba toda su imaginación en un rincón de la sala, donde hacía la decoración y, por supuesto, colocaba la torta de chocolate y los regalos de parientes que aunque no eran invitados, todos los años sin falta se presentaban con sus hijos que le traían un obsequio a la niña, surgiendo así de manera espontánea un modesto festejo familiar.

                Orlando nunca se metía en los preparativos con el argumento infranqueable de que no tenía gracia ni para prender las velas; su misión solo consistía en buscar y pagar el pastel que su esposa Ricarda ordenaba a una vecina, pasarla junto a su pequeña que no lo desamparaba hasta que le diera el regalo, y desentonar en el cumpleaños feliz.

Ese día, Orlando llegó del trabajo antes de la hora prevista, vio a su esposa aún enredada en papelillos, banderillas, globos, juguetes, adornos; le dio un “piquito”, felicitó a Valeria Antonia con un abrazo, un derroche  de besos, arrumacos, siguió al cuarto a dormir mientras llegaba la hora de buscar la torta y no durmió, o mejor dicho, no pudo. Cuando no se caía algo, rodaban alguna mesa, cambiaban de posición una silla, sonaba el teléfono, o era la discusión de su esposa y su hija en un feroz intento de  ponerse de acuerdo.  Hubo un momento en que quizás se pudo haber quedado dormido, pero  Ricarda entró al cuarto muy alterada.

-¡Ay amor, estoy preocupada, no me pasa el susto! –dijo la señora con lágrimas de terror.

-¿Qué ocurre? –le preguntó Orlando desconcertado.

-Tuve un sueño horrible, soñé que una bala perdida nos mató a Valeria Antonia.

-¡No chica! No pienses en eso, y dicen que con el que se sueña no es, tranquila–reaccionó Orlando sobresaltado sin hallar qué decir y, levantándose de un brinco, salió en busca de la torta. En realidad más que a buscar el pastel iba a intentar liberar la mente del trágico comentario. Tomó la vía principal del sector Buenaventura. La calle estaba atestada de transeúntes y residentes. La bulla de momento lo hizo olvidar del sueño  fatal de Ricarda. Pero no había transcurrido la mitad del camino, escuchó un disparo. La gente pareció evaporarse. Todo quedó en silencio, en el silencio cómplice de que nadie vio ni escuchó nada. Orlando miró a los lados, ya no observó una sola persona, volteó con intenciones de regresar, se quedó pensativo, de repente, avanzó sereno. Llegó donde la señora de las tortas, sacó la cartera, atenazó friccionando entre el dedo índice y el pulgar cada uno de los billetes y pagó. Orlando caminó de regreso. Llegó pálido a su casa, todo estaba en aparente calma, apretó con la mano derecha temblorosa el pomo de la puerta, abrió. Sobre el mueble de la casa estaba su hija con los ojitos cerrados y la cabeza sobre el regazo de la madre. Orlando miró fijo a Ricarda, ella también lo miró a él fijo con la misma mirada de tristeza de la mañana y las mismas lágrimas de pavor. Ninguno de los dos hablaba, el atronador silencio de ambos exasperaba, instantes de un mutismo que parecía infinito, hasta que Orlando blanco como un  papel artículo sus últimas palabras: “Con el que se sueña no es”, dijo con voz trémula y se desplomó sin vida al piso con todo y torta.

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