La historia de Rafael ¡TE CONMOVERÁ!: El sueño perdido de un papá

sueño de un papá

Todos los días Rafael Beltrán busca en la basura lo que otras familias encuentran en la mesa. Foto: Khristopher Castillo

Hace ocho meses sus vidas cambiaron. La comida que antes se encontraba en la mesa de la casa ya no la consiguen en ella. Ahora, eso que debería ser normal se ha convertido en un calvario que trata de arrebatar el sueño de un papá que sale a hurgar en la basura todos los días para encontrar los desperdicios de comida que otros dejan y así alimentarse él y su familia.

Rafael Beltrán, hace dos años comenzó a sentir los estragos de la crisis económica que viven los venezolanos, sobre todo, aquellos más desposeídos, pero en enero de este 2017 la situación tomó un giro brusco y pasó de ser un problema de estrechez económica a uno de verdadera calamidad. Sin comida, sin trabajo y sin ningún tipo de apoyo económico, el 1 de enero salió a la calle a buscar algo para darle de comer a sus hijos y, a la fecha, lleva más de 220 días sobreviviendo de lo que le da la basura.

Asegura que nunca ha pensado en robar. Sus padres dejaron un buen ejemplo en él y le enseñaron que, aunque la cosa se ponga dura, la humildad, los valores y las buenas costumbres siempre van por delante.

“A mí me enseñaron a trabajar desde niño, a pesar que nunca me gradué de una profesión universitaria, con mis propias manos aprendí el oficio de la albañilería y me especialicé en trabajar las cabillas… En este oficio me ocupé hasta noviembre del año pasado cuando quede fuera de la obra. La crisis está tan fuerte que muy pocos empresarios buscan obreros, las construcciones están paralizadas y nadie quiere contratar albañiles”, explica al ser sorprendido por periodistas mientras busca en medio de un montón de basura en la avenida Milagro Norte.

Esta semana lo acompañan dos niños, son sus hijos, dos de los ocho que tiene junto a su esposa. Todos viven en una casa al cuido en el barrio La Lucha, parroquia Coquivacoa de Maracaibo.

Los pequeños, con la piel cuarteada por el sol, curtida del sudor y con un par de cotizas desgastadas, al ojo adulto, no parecen disfrutar de la vida de un niño común; sin embargo, en su mundo infantil la escena es otra. Sin juguetes, sin conocer las pantallas de un cine o un parque de diversiones, sus actos no dan a mostrar tristeza por las circunstancias y, entre ellos, sonríen, se empujan el uno al otro y se abrazan mientras que su papá busca lo que será la cena.

Arnoldo se llama el niño, estudia segundo grado en una escuela pública. A pesar de tener solo 11 años, su mirada y palabras demuestran una madurez fuera de lo común para un pequeño de su edad.

Al preguntarle qué es lo que más le gusta hacer, sin pensarlo dos veces responde: “Ir al comedor todos los sábados, al Simoncito que está en el barrio, allá como arepa, fruta y jugo una vez a la semana”, asegura con voz firme.

Su hermanita menor, es Andreína, tan solo tiene siete años. La ropita que lleva puesta y las sandalias delatan su color preferido, el rosado.

Ambos se muestran tímidos ante la presencia de extraños a su alrededor y disimuladamente se esconden entre las delgadas piernas de su padre.

Rafael les insta a no tener miedo con los periodistas y los excusa: “Lo que pasa es que no todo el que llega quiere conversar o saludar, sino gritarnos y botarnos de los frentes de sus negocios”.

El padre de familia cuenta que más de un día se ha acostado sin llevarse un solo bocado al estómago, pero agradece a Dios de que sus hijos nunca han pasado por tanto. “Mi esposa y yo siempre saltamos de un lado a otro, así sea arroz solo que conseguimos en la basura se lo calentamos a los niños”.

La rutina nunca es la misma, Rafael un día sale solo, otro lo acompañan dos de sus hijos que se van alternando, mientras que la mamá se queda en casa con los otros seis.

Comen una sola vez al día

Rafael lleva en su morral una bolsa de arroz viejo que le regalaron

La ropa de Rafael lo deja al descubierto de cuánto ha adelgazado, el pantalón lo supera por cuatro tallas y la camisa por dos.

“Comemos una vez al día, yo me levanto en la mañana y salgo de la casa a recolectar latas, en una buena jornada puedo juntar hasta tres kilos, que me los pagan a 2 mil cada uno, pero al tener los seis mil bolívares asimilo que eso no me alcanza para comparar pan, pollo o arroz, sino lo más barato: yuca o topocho”.

A veces, el esfuerzo por la caza de latas alcanza horas de la tarde. Luego de la venta, con los topochos o la yuca dentro de su morral, comienza a buscar los acompañantes en la basura.

“Todo lo que no se vea dañado y que sea comestible dentro de la basura, lo agarramos y lo apartamos, sea verdura, pedazos de fruta, pollo, huesos, arroz y pasta”, afirma.

En lo que va de día solo lleva unos pedazos de harina de trigo y una bolsa de arroz viejo que le regalaron en un restaurante.

A las 6 de la tarde llega a su casa con lo que consigue en la calle y se lo entrega a su esposa, ella se encarga de cocinar para todos. De esta forma, la familia se acuesta con algo en la barriga, hasta el otro día cuando el hambre toque otra vez la campana.

“Mis hijos no saben lo triste que me siento cada noche cuando me toca darles de comer, yo trato de enseñarles que en la vida hay que ser agradecidos a Dios con lo que nos da, que no hay que hacerle mal a la gente porque eso se nos regresa, que la vida es bonita y que algún día esto que estamos pasando va a ser diferente. Les digo que estudien y, así sea sin zapaticos los envío al colegio para que no agarren la mala vida”, comenta.

El hombre de estas líneas tiene 47 años y asegura que toda una vida lo espera por delante para demostrarle a sus hijos lo que es ganarse la vida honradamente.

—Un Empleo —es la frase que repite una y otra vez— Un empleo es lo que necesito, una nueva oportunidad que no me han dado en mucho tiempo y que me permita comenzar de nuevo para poder llevar el pan a la mesa como se debe.

Mientras ese sueño de un papá se cumple, cada tarde él y sus hijos siguen hurgando las bolsas de basura en la avenida Milagro Norte y parte de la Paúl Moreno, buscando como a un tesoro un poco de comida para sentarse en la mesa en el calor de su hogar y sobrevivir un día más.

 

El pequeño Arnoldo lleva en su morral un poco de harina de trigo que consiguió en la basura

El pequeño Arnoldo lleva en su morral un poco de harina de trigo que consiguió en la basura

El kilo de latas cuesta 2 mil en un día perfecto Rafael logra recolectar 3 kilos

Rafael lleva en su morral una bolsa de arroz viejo que le regalaron

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Manuel García/@Manuel_23g
Fotos: Khristopher Castillo/@Khriscastillo_
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