Amor en tiempos de “guarimba” y crisis económica (Cuento, Alberto Morán)

 

 

Por cosas del amor a primera vista, quizás, Emilio quedó frente a ella en silencio, ninguno de los dos hablaba, solo se veían con miradas sensuales que decían más que mil caricias, él le echó a los lados de los hombros las “tiras” de una ligera bata sin mangas, que rodó suave por su cuerpo y la dejó expuesta en todo su poderío femenino. La chica con los ojos brillantes y extraviados en su iluminado rostro desencajado se dejó caer boquiabierta en el colchón, y Emilio de pantalones, con el torso desnudo, comenzó a subir ansioso a la cama  quitándose los zapatos nuevos con la punta de los dedos gordos de los pies, y ya cuando volvió de su embeleso la vio entrando a un almacén de ropa para damas.

La ciudad acababa de despertar. Emilio siguió caminando y vendiendo los termos de café pensando en la muchacha; tanta chica linda en el casco central y esa, precisamente, esa, con tan solo una mirada lo hizo vivir una escena de amor en la imaginación ante el bullicio de la gente incorporándose al trabajo. Pasó por el almacén donde la joven entró, la buscó con la vista y no la vio. Siguió ensimismado, pensando en que jamás una mujer tan bella se enamoraría de un cafecero. Así se trazó no recordarla más nunca. Y pensó en Cristina, la vendedora de frutas, quien lo quería con el alma y él le retribuía tanto cariño, pero no lograba amarla como ella lo merecía.

Emilio ofreció la caliente bebida hasta que comenzó a vagar sin  rumbo con los termos vacíos; aún era temprano cuando pasó frente al teatro y, por casualidad, observó en una cartelera que el domingo en la tarde se estrenaba la ópera prima: “Togüito, el superbebé protector de los animales maltratados”. Se detuvo, leyó mejor el anuncio, y le gustó todavía más: entrada gratis.

El cafecero batallando con la imagen de la muchacha clavada en la mente, siguió, tomó el bus del noroeste de la ciudad convencido de que vería la obra y le gustaría; amaba los animales, tenía un  perrito que recogió de la calle creyendo que nadie lo quería por feo, pero después le dijeron: “ese es un Chihuagua”, oriundo de México, y reflexionando al respecto se percató de que andaba extraviado cuando  lo encontró. Y conociendo su origen, le colocó por nombre Wey.

“Vamos Wey”, le dijo el domingo del estreno de Togüito. Llegó al teatro antes de la hora. Curioseando los alrededores con su mascota en los brazos, vio venir la joven. Emilio quedó estupefacto. Dejó caer a Wey. La chica no sólo venía a la función bella y radiante, sino que traía el mismo vestido de hombros descubiertos, que en la imaginación le quitó en un cuarto de hotel la vez que la vio por primera vez.

-Ay que perrito tan bello –dijo la chica-. Y Emilio se empalagó de dulzura,  viendo la ternura con que la muchacha inclinada le pasaba la mano a su mascotica por la cabeza.

-Sí, muy bonito- dijo Emilio inundado de terneza.

Y continuaron la conversación como dos viejos amigos. El encuentro le resultó tan familiar a Emilio, que le parecía haber vivido antes el  feliz momento. La pareja entró y salió de la función de Togüito y siguieron hablando, no podían dejarse, cuando intentaban despedirse surgían más temas o motivos que prolongaban la emotiva charla.

-¿A qué te dedicas? –le preguntó ella.

-Soy gerente de una empresa de perforaciones petroleras de la zona industrial –mintió él.

-Qué bien, yo trabajo vendiendo en un almacén de ropa para damas del centro –dijo la chica percatándose de que ni siquiera se habían presentado.

Marisol –dijo enseguida la vendedora extendiendo la mano derecha.

-Emilio –dijo el cafecero tomándole las dos manos en gestos que iban más allá de una simple amistad, incluso, se hubiesen podido dar un piquito y no ocurre nada, ambos lo deseaban, sin embargo el joven respetuoso le buscó un lado y la besó en la mejilla.

El cafecero y la vendedora comenzaron a despedirse sin poderse despegar bajo la promesa inquebrantable de volverse a ver al otro día en los alrededores del teatro, de pronto escucharon una algarabía, gritos, detonaciones; la pareja corrió respirando ya las emanaciones de las bombas lacrimógenas. La policía sorprendió una multitud de “guarimberos” saqueando y robando en el casco central a esa hora de la noche.

-¿Y el carro? ¿No tienes carro? -le preguntó Marisol angustiada.

-Lo tengo en el taller haciéndole la pintura y el motor –fabuló Emilio-, te voy a enviar en un taxi.

-¡Ay gracias! –dijo ella.

El cafecero pagó el taxis y la chica se marchó. Emilio quiso contar el dinero restante y no encontró nada ni en sus bolsillos ni en la cartera, tuvo que irse a  pie hasta su casa.

Los jóvenes se siguieron viendo y cuando se vinieron a percatar ya llevaban un mes compartiendo en el mismo sitio. Esa vez lo recordaron y lo celebraron con un beso largo dándose el “Sí” que todavía no se habían dado, y así comenzaron una relación formal. Emilio estaba embebido de amor por Marisol, y ella igual estaba enamorada de él sin remedio, al punto que consideraba una bendición divina haber encontrado como futuro esposo al gerente de una prestigiosa empresa.

Pero una vez Emilio vendía el último termo de café cuando se encontró casi de frente con Marisol y unas amigas. Ella pasó y ni siquiera lo miró,  lo ignoró por completo, no lo tomó en cuenta y él no tuvo cara para enfrentarla y decirle la verdad. Siguió a su casa abatido de tristeza, se metió al baño y cuando salió, lo esperaba el hermano para decirle: “Irás a salir desnudo, porque yo ahora necesito la camisa manga larga celeste, mis medias  y el interior”.

Emilio desbordando por sus pupilas el despecho de haber perdido a Marisol no hizo caso a su hermano, estaba decidido a vestirse como sea e  ir al teatro  a recordarla. Por la tarde escudriñó en el closet lo mejor, se vistió y se marchó lagrimeante para sentarse en la banca a ver a la novia en ausencia. Total, tenía los ojos y la mente llenos de ella.

El hombre se levantó para retornar a su casa cuando escuchó: “Mi gerente favorito”, Marisol se le echó en los brazos y Emilio sorprendido comprendió que lo había salvado una gorra de pelotero que en la mañana llevaba enterrada hasta las cejas y la novia no lo reconoció.

-¿Por qué lloras, ocurre algo? –le preguntó ella admirada.

-Se murió “guelita” – inventó Emilio para salir del paso.

-¡Ay amor!, cuánto lo siento – se lamentó Marisol sumándose de corazón a la congoja fingida  de su novio.

-Bueno, ya descansó –dijo Emilio a quien no le quedó más nada que continuar la mentira.

-Y de qué murió –indagó ella

-Estaba muy viejita –respondió el.

-Pobrecita… Tienes que tener conformidad, por ese camino vamos todos – dijo Marisol queriendo consolarlo.

-Es verdad, amor, pero siempre duele. Yo no sé si soportaré esto. Ella me crio- siguió simulando su dolor el cafecero por el falso deceso de su “guelita”.

Marisol le secó las lágrimas. Emilio aprovechando tanta compasión apresuró las caricias y partiendo del consuelo que le daba ella con besos que parecían fundirse, la invitó a estar en un sitio más íntimo.

-Te necesito, vamos por aquí cerquita dónde podamos estar los dos solitos, no me abandones, te necesito…

-No amor, sabes cuánto te amo, pero te he dicho que antes de casarnos nada, después de casados, todo. Lo que quieras.  ¿Y por aquí? Menos. ¡Nooo! ¡Nunca!

Emilio sin hallar que responder recordó las lecciones que le dieron dos amigos escritores, Josué Carrillo y Ciro Contreras, la vez que les vendió café en la biblioteca. “Hay que llorar, llorar con sollozos y sobresaltos en el pecho con la boca abierta, como si uno fuera a perecer ahogado de sentimiento, para que ella sufra viendo la agonía de un hombre llorando por  amor”, dijo Contreras”… “e insistir, insistir mucho recordando que a veces no hay que disparar con plomo grueso al principio, sino con plomo fino, que se vayan, pero heridas, que heridas no van a llegar muy lejos”, soltó como si nada Carrillo, ese otro veterano de las vicisitudes del amor.

Emilio siguió con la lección de Ciro Contreras y sin saber cómo hizo, logró que le brotaran dos lágrimas tan abundantes que una parte se le fue hacia adentro, por el llamado “camino viejo”, se puso ronco y, con la voz fañosa, le dijo a Marisol:

-Lo que ocurre es que no me quieres.

-Si te quiero, bien sabes que te amo, y no te pongas malcriado –dijo Marisol.

-Pero no te importa mi dolor, además hablas como una mujer anticuada, como si eso fuera pecado, una cosa del otro mundo.

-¡No soy anticuada! –ripostó Marisol confundida.

-Sí eres, eres como esas mujeres de antes que no daban la prueba de amor, y sin conocer a sus novios  se casaban y después venían las decepciones, los fracasos. ¿Y si después no te gusto?

Marisol quedó en silencio, no respondió y Emilio comprendió que había dado el tiro de plomo fino al que se refirió Josué Carrillo. Ella no cedió, pero notó que la había “herido” y “herida” no iba a llegar muy lejos. Eso, sí, tendría que sacar plata para pagar un buen hotel. Ese “por aquí menos” de ella tajante, lo convenció de que jamás estaría con él debajo de la escalera de la comercial “Mi Recompensa” como Cristina. Para ir seguro, lo mejor sería ahorrar dinero.

Marisol no se entregó en la próxima cita por “el que dirá él” o “el si me entrego fácil cree que soy así”, y con esas consejas de la madre taladrándole las ganas que tenía de devorar a su novio en el acto, prolongó el momento hasta el día del cumpleaños de Emilio. Ese iba a ser su regalo. Además, así no gastaría una plata que tampoco tenía. Gastaría él y a fin de cuentas era un gerente pesado, solvente, con dinero y carro. Faltaba un mes exactamente para el ansiado día. A Emilio le pareció un año. Todas las noches soñaba con tenerla.

Quiso acortar el tiempo, rogarle, decirle que cada minuto de espera sufría la angustia de una eternidad, pero no insistió pensando en los gastos del amoroso encuentro. Desde ese día, el hogar de Emilio fue un infierno, pleitos de la madre, del padre, la tía, de su “guelita”, los hermanos, una sola protesta, el chico no aportó más para la comida, ni ningún servicio de la casa, toda la plata que ganaba la ahorraba pensando en los pagos del momento en que llevaría a la práctica profunda el amor de él y Marisol.

A quince días del encuentro, a Emilio todavía le faltaba dinero, tanto que pensó vender café en la mañana y en la tarde, pero un grupo de “guarimberos” la cogió por tomar el centro todo los días, para robar y saquear los establecimientos comerciales. Un día antes de la cita, el cafecero tuvo que vender los termos y contó con la  suerte, en medio de la crisis económica, de conseguir prestado el dinero que aún le faltaba y lo primero que hizo fue comprar unas medias, un interior y un par de zapatos.

Al otro día un poco antes de buscar a la novia, Emilio estaba en el closet del hermano escudriñando la mejor camisa y el mejor pantalón. Marisol llegó al cuarto de su mamá y le tomó escondido del escaparate el sostén y el blúmer que la señora tenía exclusivo para los eventos especiales, principalmente, la cita con el ginecólogo. Aunque ya estaban algo descoloridos y finos.

Gastándole el poquito de perfume que su papá tenía en el escaparate, Emilio pensó en decirle la verdad a Marisol, quién era él en realidad, la amaba y quería ser sincero con ella, por supuesto, después de salir del hotel como le aconsejaron Carrillo y Contreras; antes, corría el riesgo de que se marchara “ilesa” y eso después lo lamentaría toda la vida.

Emilio se despidió de su “maíta”, “guelita” y la tía dándole un beso en la frente a cada una. Llegó en el carro del hermano al teatro en busca de Marisol.

-¡Ese es tu carro! –preguntó ella alarmada.

-No, el mío sigue en el taller, no encuentran los repuestos. Hay que importarlos y eso ahora es un problema con la falta de dólares.

-¡Ah ya! -dijo Marisol dándole “templones” a la manilla para abrir la puerta del vehículo con los vidrios abajo.

Emilio descendió y le ayudó, el cafecero antes de volver a subir, miró de reojo los cauchos del auto.

-Si los pica  un zancudo, no llegan -pensó en voz alta.

-¿Cómo? –preguntó Marisol.

-Que te amo –le respondió Emilio arrancando.

Cuando llegaron al hotel, Emilio canceló el escandaloso precio de la habitación y frotó con la yema de los dedos dentro de la cartera los billetes restantes, queriendo hacer un ligero cálculo del poco dinero que le pudo haber quedado; en eso se levantó el tubo elevadizo de la entrada y continuó sin terminar de contar.

Abrieron la puerta del cuarto, Marisol pasó en silenció y le echó una mirada policial, tocó el cubrecama y vio que el colchón tenía un forro plástico, no se sentó, siguió de pie. Emilio se despojó de la camisa, se le acercó y la olió a puro humo de aceite de motor, pero eso no lo detuvo, la besó, una dos, tres veces en la boca hasta quedar adherido, le echó a los lados de los hombros las “tiras” de la ligera bata sin mangas que le rodó suave por su cuerpo y la dejó expuesta en todo su poderío femenino. La chica con los ojos brillantes y extraviados en su iluminado rostro desencajado se dejó caer boquiabierta en el colchón, y Emilio de pantalones con el torso desnudo comenzó a subir ansioso en la cama,  quitándose los zapatos nuevos con la punta de los dedos gordos de los pies.

No había palabras, solo besos, caricias, susurros y los gemidos de ella en aumento cada vez más delirantes. Y cuando, por fin se escuchó una voz, también fue la de ella.

-¿Y el preservativo?

-Verdad, se me olvidaba-. Emilio llamó por el teléfono interno y haciendo el pedido, las manos se le comenzaron a enfriar y el área del bigote rapado se le llenó de sudor. Tocaron la puerta, le entregaron el preservativo y le dieron el precio. Abrió la cartera casi en suspenso, contó los billetes sin sacarlos, y cuando terminó de contar, le afloró una sonrisa de alivio. Pagó. “Se queda con el vuelto”, dijo con actitud jactanciosa para que la muchacha escuchara.

Emilio se quitó los pantalones y retomó el amor de Marisol. El joven no desabrochó bien el sostén de la novia y cuando jaló, le dañó una copa.

-¡Ay se rompió! –dijo ella preocupada recordando que era el sostén de los eventos especiales de la mamá.

-Tranquila amor, yo pago eso. ¿Cuánto cuesta? -le preguntó Emilio dominándola a besos, sin embargo, ella abatida de cariño, le susurró el precio en el oído. El explayó los labios y fabricó una risa de varón sobrado fingiendo poca importancia. Y continuó. Emilio era lento, pero perseverante, insistente, torturador, no daba tregua, hasta que Marisol balbuceó un ¡ya! que ella misma interiorizó en una involuntaria aspiración sonora que hizo abriendo la boca.

Emilio bajó la mano,  se la metió por debajo del blúmer y cuando quiso bajarlos, sintió que la pretina se desgarró. El chico sacó la mano como si lo hubiese picado un alacrán.

-¿También se rompió? –preguntó ella y él no respondió, siguió besándola, acariciándola, solo que sus manos, su boca, su cuerpo todo, se tornó frío.

Al otro día, a primera hora, Emilio estaba frente al almacén vestido como todo un gerente con Wey en los brazos, esperaba a Marisol, y viéndola venir la interceptó anteponiendo su mascotica; la vendedora levantó los brazos dando un paso atrás en un gesto de asco, le lanzó a él una mirada de misil, entró al establecimiento y no lo tomó más nunca en cuenta.

-¡Maldita crisis económica! –estalló Emilio lleno de dolor e impotencia y salió llorando recordando a los escritores Carrillo y Contreras, cuando despidiéndose en la biblioteca le dijeron: “chance solo hay uno en la vida, y cuando se pierde, se pierde para siempre”.

Emilio salió lagrimeante en busca de Cristina, la vendedora de frutas, y en la noche regresó a buscarla, le dio una propina al vigilante del negocio “Mi Recompensa” para que lo dejara solo con ella y, debajo de la escalera vestidos y de pie, se amaron hasta el cansancio de las caderas, el desvanecimiento de las rodillas, el calambre de las pantorrillas y el entumecimiento de los tobillos.

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