La capitana Rapunzel: El bautizo de una piloto (Especiales que seguro quieres volver a ver) (Fotos+Video)

El avión favorito de Esthefanía es el Airbus 380, pero sueña con ser capitana de un Boeing

El avión preferido de Esthefanía es el Airbus 380, pero sueña con ser capitana de un Boeing

El calor arrecia. Son las 9.00 de la mañana del 21 de mayo y los nervios se apoderan de Esthefanía, una joven de 22 años quien desde pequeña ha tenido que enfrentar los  estereotipos por “ser rubia y bonita”. El reto de hoy se siente como una gigantesca muralla que solo puede atravesar… volando.  Está frente a los comandos de un avión Cessna 152, monomotor, y por primera vez tiene que pilotar sola.

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Cuando niña debió encarar otros obstáculos, especialmente vinculados con su físico y personalidad.

—Parecía un varoncito, porque sólo me gustaba jugar fútbol y andar con mi papá. No me arreglaba, no utilizaba ropa femenina, sino pantalones anchos y camisas largas. Nunca presté atención a si estaba bien o mal vestida, porque me daba igual —cuenta Esthefanía Rojas desde su casa en Maracay, considerada la capital de la aviación en Venezuela.

 A esa ciudad llegó un año después de haber nacido en el “último pedacito” de Aragua, en un pequeño pueblo llamado San Sebastián de los Reyes, de donde sus padres se marcharon en busca de una mejor vida.

 A los 6 años corría detrás de su padre, delantero de clubes de fútbol universitario en Caracas, para pasarle el balón durante un partido, limpiarle los botines o jugar con él. Así se enamoró del balompié, y se hizo fanática “a morir” del Caracas FC y de la Juventus en la liga italiana.

La pequeña de intensos ojos azules intentó ingresar a un club de fútbol en Aragua, pero no lo logró por las constantes lesiones en los tobillos por practicar también kikimbol y atletismo.

En esas andanzas deportivas, a los 14 años, con 1,71 metros de estatura, por petición de su familia empezó a jugar tenis para verse “más femenina”. 

—No me dejaba llevar por los estereotipos de la sociedad. Tenía muy definida mi personalidad, era muy hippie. Sólo me vestía para sentirme cómoda. Pero como me gustaba el deporte, acepté jugar.

Y, con un concurso, llegó el cambio. Pasó de la cancha a la pasarela, de los botines a los tacones puntiagudos, de los pantalones anchos a las faldas ajustadas, del cabello corto a la larga melena.

—Mientras jugaba tenis, una muchacha de un club me preguntó si quería participar en un reinado de belleza, pero lo rechacé de inmediato. Ella insistía porque yo “tenía el perfil”, ya que desde adolescente fui alta, pero igual no acepté. Sin embargo, cuando mi mamá por fin se dio cuenta de que tenía una niña y no un varón, me inscribió sin consultarme.

Por su personalidad, confiesa, nunca pensó que podría ganar ese concurso, pero lo hizo. Y gracias a ello le ofrecieron una beca de modelaje en una agencia de Maracay, en la que se volvió “realmente femenina”, ya que la mamá la llevaba “a juro” a las sesiones.

—Honestamente, no me gustaba el modelaje, nunca me ha gustado, pero me pagaban por ello, y eso me ayudaba a ser más independiente, algo que me agradaba y por lo que decidí empezar a trabajar desde entonces.

A los 15 años, ya con cierto perfil de la típica modelo catira, la llamaron para su primera sesión de fotos, y los 500 bolívares que le pagaron le confirmaron que su renovada imagen podría ayudarla a ahorrar para cubrir sus futuros gastos y los de su familia. Así que continuó y, poco a poco, logró ser imagen de clubes, revistas, calzados, entre otras marcas de Aragua, para después conseguir trabajo en programas televisivos sobre moda y deportes en Caracas. Pero, en esencia, seguía siendo la misma Esthefanía que de niña corría por las canchas. 

—Siempre he visto el modelaje como un medio de trabajo, porque es muy superficial, algo efímero que se puede acabar en cualquier momento. Entonces, si se acaba la belleza se acaba la pasión, y se supone que las pasiones nunca deben acabarse. El modelaje tiene fecha de caducidad, eres un producto de venta hasta que llega la fecha de vencimiento.

Y desde jovencita, sus padres se lo dejaron bien claro.

—Ellos me inculcaron que el estudio es lo único que queda, lo único que me diferencia de los demás. Los títulos, la belleza… te lo arrebata quien sea. Y lo único que se tiene a cualquier edad es lo que estudiaste. Eso me quedó grabado en la mente.

Y por ese consejo, Esthefanía renunció al “sueño” de ser Miss Venezuela que tienen muchas chicas, luego de que en 2015 fuese preelecta en el Miss Aragua, y la enviaran a Caracas para conocer a Osmel Sousa, el hombre que decide quién es linda y quién no.

 —Me dijo, como a las demás participantes, qué era lo que tenía que operarme para optar por ser miss de algún estado. Y eso es un “veremos”, ya que luego de que las muchachas lo hacen y gastan su dinero en cirugías, ellos deciden quién queda. Al final, es tiempo y dinero perdido. No valía la pena, porque nunca fui de esas mujeres que trabajan su cuerpo, se arreglan el cabello, las uñas, van al gimnasio… Desde pequeña, simplemente, fui yo viviendo mi vida, y la gente que quería alguna sesión fotográfica me buscaba.

En el Miss Aragua participó, principalmente, por complacer a su madre, pero en el Miss Venezuela comprendió que era un “sueño vacío”, y lo confirmó cuando, en esa instancia, debió decidir entre dar el último paso para estar en el máximo certamen de belleza del país o seguir estudiando el inusual oficio que había empezado tres años atrás: Control de Tránsito Aéreo.

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Al lado de ella, en el Cessna 152, está el capitán Richard Herrera, su mentor. El experimentado piloto, ahora en el asiento del copiloto, ha sido “como un padre” para ella, la ha apoyado desde el principio, la ha regañado e incluso hecho llorar. Es uno de los “más duros como instructor” por su historial en la aviación militar.

Cuando el capitán baja del avión y le da la bendición a Esthefanía, ella comprende que el momento es real, observa la pista hacia los lados y dice para sus adentros: “Ay, Dios mío, esto es verdad. Confío en mí, no me quiero morir hoy”. De inmediato, ora a San Miguel Arcángel.

Desde la torre de control ordenan a la rubia empezar el “taxeo” (movimiento del avión en el suelo hasta cierto punto). Durante el corto trayecto suelta una risa nerviosa, como “si estuviese loca”.

Cuando llega al punto de espera, le ordenan aguardar porque está por aterrizar un avión grande. Vuelve a mirar a los lados y comienza a llorar. Está nerviosa y muy asustada. Tiene un segundo para decidir si se queda en tierra o se arriesga a surcar el cielo.

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Al terminar el bachillerato, intentó estudiar Medicina en Carabobo, pero no obtuvo el cupo, y después Estudios Internacionales en Caracas, pero el papá no quiso dejarla ir del hogar a sus 17 años. Así que, basado en su oficio como operador de telecomunicaciones aeronáuticas, le recomendó inscribirse en el Instituto Universitario de Aeronáutica Civil (IUAC) en Maracay en alguna carrera de tres años, mientras esperaba la asignación en otra. Y ese fue otro de sus mejores consejos.

Esthefanía, sin mínima idea de la aviación, revisó la oferta educativa del instituto, le llamó la atención el Control de Tránsito Aéreo, investigó en Google, confirmó el agrado, y se inscribió.

Esthefanía tiene 10 meses controlando el espacio aéreo, ya culminó el curso en tierra para ser piloto y lleva 22 horas de vuelo cumplidas

Así, la modelo, la “rubia sin cerebro”, como llegó a escuchar en varias oportunidades, empezó a estudiar las nubes, la meteorología, las aerovías más comunes como la Alfa 552, los niveles de vuelo, la fraseología, los reglamentos, los aviones y su comportamiento en tierra y aire.

—Me enamoré por completo de mi carrera. Y llegar hasta acá no es fácil, son muchas pruebas, niveles de estrés, ya que si repruebas aunque sea una materia, te sacan de la universidad. En Control de Tránsito Aéreo no se reparan asignaturas, y  el promedio mínimo para aprobar es de 18 puntos. Además, aquí se trabaja con vidas.

»Hubo un momento en que lloré porque casi perdía mi carrera en la aviación por cumplir ensayos en el Miss Aragua, lo que me hizo darme cuenta de que no podía dejar mi verdadero sueño por algo tan superficial y plástico como un reinado.

Tras largas jornadas de constantes estudios, a los 20 años obtuvo su título y licencia, y comenzó a trabajar, hasta hace unos meses, en la Torre de Control de Maiquetía, donde controlaba el despegue y aterrizaje de los aviones de ese aeropuerto.

Ahora está en el Centro de Control de Maiquetía, que es el lugar, explica, al que se reportan todos los aviones del mundo que transitan por el espacio aéreo venezolano, los que entran y salen del país, e incluso los que sólo lo sobrevuelan como aerovía a otra nación.

—Esa responsabilidad de subir y bajar aviones, de reducir o incrementar velocidades, es inmensa… Somos los ojos de los pilotos. Ellos están en su avión, pero nosotros controlamos 15 o 20 a la vez. Si tenemos un solo error no mataríamos a 20 personas, sino a los 100, 200 o 500 pasajeros que van en la aeronave. Prácticamente, somos héroes anónimos, porque la gente se monta en el avión y listo, sin saber la cantidad de personal que hay detrás de ese trabajo y que prepara todo para despegar y aterrizar a salvo.

Pero a aquella rubia que se ensuciaba de tierra al correr por un balón, y que luego desfiló por pasarelas, no le bastaba con controlar aviones a través de un radar; quería controlarlos desde la cabina.

—Quería ser piloto, pero me cuestionaba a mí misma sobre si realmente podría. Y en una clase de Control de Tránsito, en el último año de la carrera, tomé la decisión. Estudiábamos accidentes aéreos, las labores y maniobras de los pilotos… Y me dije: si ellos pueden, ¿por qué yo no? Llegué a casa y le dije a papá: quiero ser piloto. Él se sorprendió, pero me apoyó al instante. Así que busqué horarios, costos, e ideé un plan para estudiar ambas a la par.

Esthefanía ya sabía sacarle provecho a su imagen, así que continuó, y aún hoy lo hace, su trabajo como modelo para sesiones fotográficas, pero sólo en la modalidad “freelance”. Ese pago se hizo indispensable para estudiar la costosa carrera de piloto, dividida en curso en tierra y aire, donde cada hora de vuelo vale 120 mil bolívares, y se requiere completar 40 para ser piloto privado y 120 para convertirse en piloto comercial.

Aparte del control de tráfico aéreo, las sesiones y las labores que efectuó como copiloto con el único objetivo de costear sus nuevos estudios, cuando se trazó la meta de pilotar una aeronave también debió enfrentar, una vez más, los prejuicios de la sociedad.

—Nadie creyó que podía estudiar para ser piloto, lo veían como una locura, sobre todo porque suele ser una profesión de hombres. Y creo que se debe al machismo y a los estereotipos que tienen de las mujeres, en especial de las que son rubias y bonitas. Siempre se ha creído que las mujeres que están en el modelaje son brutas, y si es rubia, prácticamente es bruta de nacimiento.

»Aún es complicado para las mujeres ingresar en la aviación, porque aunque el machismo se ha reducido, todavía existe mucho a escala mundial e incluso en Venezuela. Y ese estigma del machismo latinoamericano me ha hecho escuchar a hombres decir: “Yo no vuelo con mujeres”, “Si una mujer no sabe manejar carros, cómo va a volar un avión”, “rubia tenías que ser”, “mujer tenías que ser”… Sin embargo, nosotros tenemos que aplaudir que en la mayoría de las aerolíneas venezolanas hay al menos una mejor piloto.

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Y en un instante, barre las lágrimas con su mano derecha, toma una bocanada, se arma de valor y agarra el comando. De inmediato, evalúa los parámetros del motor, chequea el velocímetro, calibra la brújula, revisa el QNH…

Desde afuera, los compañeros y su instructor saben que llegó la “prueba de fuego” para Esthefanía. Cumplió las 10 horas correspondientes como copiloto y ahora, en el Aeroclub Escuela Maracay, está a punto de ejecutar su primer “solo”.

Adentro, la rubia recibe la orden de despegar y empieza a rodar. Levanta la nariz del Cessna y emprende el vuelo de 45 minutos en un circuito que incluye efectuar tres toques (aterrizajes) e ir nuevamente al aire sin apagar nunca el motor. Aquella muchacha rebelde ya no corre por la cancha, ahora vuela. 

Arriba, contaría después a NAD,  sólo repetía en su mente una y otra vez las palabras de su instructor: velocidad, altura y pista; velocidad, altura y pista; velocidad, altura y pista.

De vuelta a tierra firme, Esthefanía sonríe no sólo por haber completado el vuelo, sino por haber tenido la “osadía y el atrevimiento de ser diferente a los demás”.

Ese día, ganó su segunda raya en la capona, esa que se obtiene con “esfuerzo, sudor y mérito propio”. Experimentó el tradicional bautizo de los pilotos: ser bañado con agua helada y aceite quemado, cortarse el cabello, o, en su caso, al menos un mechón. Y, desde entonces, ganó también una nueva designación: capitana Rapunzel.

El tradicional bautizo de los futuros pilotos al completar su primer vuelo solo

“Sin las enseñanzas y consejos del capitán Richard no hubiese podido llegar hasta aquí”, dice Esthefanía

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David Contreras

Noticia al Día

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