De Interés: ambiciosos (María Elena Araujo Torres)

María Araujo T

La ambición es causante de la mayoría de los sufrimientos. Incluye querer tener más de lo que se necesita para cubrir las necesidades básicas, en lo personal, familiar o colectivo. Y no solo en recursos económicos, en todo. Siempre se quiere más -y en lo posible- de artificios o situaciones complacientes que otros lucen.

Desde las situaciones más simples hasta las más complejas pueden representar espacios propicios para sentir ambición aunque parezca que no es así, aunque se crea estar ajeno a ella. El portal Wikipedia define la ambición como “el deseo ardiente de poseer riquezas, fama, poder u honores… También como el deseo de obtener algo en grande, de tal manera que como seres humanos, podemos fijarnos metas ambiciosas, refiriéndonos con esto al hecho de querer lograr superar las expectativas, sobresalir del resto de las personas”.

Se defiende la ambición como una conducta positiva: “Es lo que nos mueve y motiva día a día, el deseo por superarse y llegar mucho más lejos y lograr nuestros objetivos que para algunos pueden resultar imposible, sin embargo para la persona ambiciosa todo es posible con determinación, esfuerzo y dedicación. Provee la motivación y determinación necesaria para lograr objetivos y metas en la vida”.

Se describe seres direccionados a conseguir objetivos puntuales como tareas de vida. Avanzar como entes robotizados en busca de obtener logros materiales como si de perpetuar la especie se tratara, para tener más, aunque ello resulte insignificante en contraposición con la importancia de fomentar los valores ante sociedades deshumanizadas por el consumismo desenfrenado.

También se refiere al “sobresalir del resto de las personas”, ya sea por tener más dinero, bienes materiales, títulos académicos, cargos en alguna empresa o institución, correr más rápido que el común de las personas, bailar mejor, cantar mejor, vestir mejor con ropa de marca por supuesto, usar carros más caros, habitar viviendas más lujosas y, un largo etcétera.

La ambición incluye querer tener lo que otros tienen y aún más, por ejemplo, en el plano amoroso, más bien pasional porque el amor no se mide por cantidad precisamente. La ambición despierta al entrar a un supermercado, a una tienda donde vendan ropa o calzado, al mirarse al espejo y querer tener más de esto o de aquello, por continuar refiriendo algunos casos.

Dicen que la ambición “tiene que ver con el deseo de ser mejor” y que es diferente o contrasta con la avaricia: “Una persona avariciosa podría dañarse a sí misma o a los demás para conseguir lo que desea”, dice el portal. Sin embargo, ambición y avaricia están demasiado cerca, les separa un fino hilo, son casi lo mismo. Por eso generan malestares, frustraciones y hasta bajas pasiones causantes de tantos dolores en la humanidad.

Quienes defienden la ambición como conducta positiva enumeran la superación como principal motor hacia la búsqueda de mejorar la calidad de vida, sin considerar la afectación al prójimo en el trayecto de ir por más o por lo que no se tiene y se quiere tener, ante la sensación de que nada parece suficiente.

La ambición hace sentir al hombre  la necesidad de probar la capacidad de obtener lo que se propone, los deseos soberbios de vencer a quienes considera competidores. Suele generar en las personas, asumirse valiosas si obtienen éxito en los objetivos planteados aunque sea una breve sensación.

Estos deseos generan estrés y sensación permanente de insatisfacción, en consecuencia frustración ante la búsqueda incesante de plusvalías materiales, caminos equivocados que jamás compensaran las carencias de afecto, paz, amor al prójimo, que al cultivar -sin duda- redundaran en el amor verdadero que solemos ir descubriendo cuando hacemos el esfuerzo por deslastramos de las enceguecedoras ambiciones.

María Elena Araujo Torres

 

 

 

 

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