60 minutos en la emergencia de un hospital: Donde la muerte no da tregua

emergencia de un hospital

Las emergencias abundan en los hospitales marabinos

Entre el vaivén de las camillas y el sonido de los pasos que se ahogan al final del largo pasillo, se viven interminables horas en la emergencia de un hospital.

Susurrando entre las paredes están los familiares, con bolsas repletas de infinitos medicamentos que tuvieron que desvivirse por conseguir para que sus parientes fuesen intervenidos y “por fin” mover la camilla de aquel larguísimo pasillo, desgastado por la afluencia de personas que día con día lo recorren, junto a esos médicos que entran, pero no saben cuándo saldrán.

Al entrar y cruzar a la derecha, las huellas de tierra justifican el nombre que se le otorgó al área médica: emergencia. Como la de aquellos obreros que corrieron hasta el recinto hospitalario para socorrer al señor bigotudo que cayó del techo de una casa en plena reparación.

Con el cuerpo enyesado espera pacientemente su turno, acompañado de su hija, Ana María. “Tienes que comprarle algo para el dolor, tiene mucho”, réplica la enfermera. Mientras, entre sollozos, la jovencita llama a unas “púas” que le puedan conseguir el ansiado fármaco.

En la silla de en frente también está la tía de Luis, Josefa. Su sobrino resultó herido por “guarimbear”, y comenta con los demás su pesar. “Yo le dije que no se metiera en esa broma, pero él no hace caso”, insiste la señora, mientras el joven permanece tumbado boca abajo en una camilla y las gotas de sangre le recorren la sien. Está malherido.

Gregoria, quien acude frecuentemente a la emergencia hospitalaria, se lamenta por las tragedias diarias que cada día golpean a las familias. Cuenta como, con sus múltiples emergencias, ha tenido que recurrir a los centros hospitalarios a esperar ser atendidos. “Siempre hay cosas más graves, mi nieto se dobló el tobillo y corrimos al hospital. Pero ese día hubo un choque de tres carros, todos los heridos estaban graves”, detalla.

La angustia impera en cada rincón

De repente, los gritos detienen el relato de Gregoria. Al otro lado del corredor, Sandra recibe la peor noticia de su vida: su padre falleció. “Lo siento señora, hicimos todo lo que pudimos”, explica el médico a la mujer, mientras cae tendida al piso junto a sus hermanas. “La respuesta no la tenemos aquí. Es tiempo de ser fuerte”, dice el médico en un abrazo a la desconsolada mujer.

Al marcharse, un equipo de efectivos policiales llega con un hombre esposado, los presos también sufren de males naturales. Fuertemente custodiado, el recluso tiene pase VIP para ser atendido, pues la gente se angustia de ver a maleantes y “hay que salir rápido de ellos”. Es revisado en cuestión de minutos. “No tiene nada grave, es solo un golpe”, explican los galenos.

De tristezas y angustias se vive en la emergencia de un hospital. La preocupación impera en los rostros de los familiares por los sucesos que aquejan a sus seres queridos, algunos más graves que otros; mientras los médicos “resuelven” para atenderlos con la mayor premura. Sin embargo, más de uno aguanta largas horas en espera de alcanzar la atención de algún doctor.

Como Marina, con su bebé en brazos, lleva horas esperando saber qué le pasa al niño, esperando que su esposo encuentre un “cupo” para ingresarlo.  La mayoría del tiempo no hay camillas disponibles, las emergencias están siempre repletas, pero hay quien se mueve para conseguir el tan ansiado “huequito”, y lo logra.

Se confirma que, para trabajar en la emergencia de un hospital, es necesario dejar el corazón en casa y enfrentarse a la realidad.

María Carolina Urdaneta

Noticia al Día

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