Togüito, el superbebé protector de los animales maltratados 30: La niña de los zapatos rotos (Cuento infantil, Alberto Morán)

Composición gráfica:  Gerbrahadys Villasana y Julbrahadys Villasana

Composición gráfica:  Gerbrahadys Villasana y Julbrahadys Villasana

 

 

Togüito 30

La niña de los zapatos rotos

 

 Gimena Valentina vivía con su mamá en el pueblito Flor de Cactus,  le encantaban los animales y no tenía mascota; una vez jugando en el patio de su casa vio que, más allá del huerto, estaba un  venadito bebé que no se movía del sitio y quiso agarrarlo.

                La pequeña se acercó despacio, no podía caminar rapidito, sus zapaticos estaban rotos y se hacía daño con las puítas, poco a poco llegó evitando pincharse y observó que el venadito tenía una pata atascada en un matorral. La niña intentó ayudarlo y no tuvo la fuerza suficiente.

                Gimena regresó a su casa triste, quería rescatar al venadito para llevárselo a  vivir con ella, deseaba tener una animalito de compañía, pero su mamá le decía que aún estaba muy chiquitica.

                La niña amaneció callada, dejó casi todo el desayuno. Su mamá recogió los platos y los llevó al fregadero. En ese momento Gimena tuvo una gran idea. A la hora del almuerzo, la pequeña comenzó a  comer y cuando su mamá se levantó, echó la mitad en una bolsa plástica y la escondió.

                 La señora regresó al comedor, volvió a recoger los platos como siempre, y siguió a su habitación; Gimena tomó la bolsa de comida con un pote de agua, y se la llevó al venadito que se puso contento, tenía mucha hambre y sed.

La pequeña y el animalito se hicieron amigos. La niña siguió llevándole todos los días la mitad de su comida.

-¿Cómo te llamas? –le preguntó Gimena.

-No tengo nombre –dijo el animalito.

-Bueno, desde ahora te vas a llamar Queco.

Gimena Valentina continuó llevándole comida al venadito, pero una vez llegó llorando.

-¿Por qué lloras? –le preguntó Queco.

-Se terminaron  de dañar mis zapaticos y descalza no te puedo traer agua ni comida, me puyo los pies.

¿Pero dile a tu mamá que te compre un par nuevo? –le sugirió el venadito.

-Somos muy pobrecitos y mi mamá no tiene dinero, lo que gana solo alcanza para la comida –dijo la niña.

Queco se quedó triste y sobó los piececitos enrojecidos de la pequeña para aliviarle el dolor.

-Yo también soy pobre y no tengo dinero –dijo el venadito-. ¿Pero podemos hacer algo?

-¿Qué? –preguntó Gimena pasándose la mano por la planta de los piececitos hinchados.

-En el pueblito Flor de Cactus hay un superbebé protector de los animales llamado Togüito. ¿Lo conoces?

-No, pero mi mami habla mucho de él.

-Anda con el chivito Saltarín… Y Saltarín nos puede ayudar, siempre camina las calles del pueblito.

-¿Y qué hago?

-Espéralo enfrente  de tu casa, y cuando pase, le cuentas lo que ocurre.

Gimena Valentina, al otro día, se fue a jugar enfrente de su vivienda. De pronto vio pasar un chivito blanco, pero corría tan rápido que no le dio tiempo de hablarle. Supuso que era Saltarín y lo esperó de regreso. Y al verlo venir, gritó:

-¡Saltarín!

-¡Dime!–respondió el chivito de inmediato-. Gimena le contó.

-Vamos–dijo Saltarín-. No perdamos tiempo.

-No tengo zapatos y me rompo los pies –dijo la niña.

-Móntame –le dijo Saltarín-. Gimena subió al chivito y salieron en busca de Queco, pero llegaron y el venadito bebé no estaba.

-Alguien se lo llevó –dijo Gimena Valentina llorando.

-Voy por Togüito –dijo Saltarín-. El chivito dejó en su casa a la muchachita y siguió en busca del superhéroe.  Gimena le contó todo a la mamá.

El chivito llegó donde Togüito, le comunicó lo sucedido y el niño tomó el cubrecama de la cunita, lo entorchó en forma de mecate y lo lanzó del lado afuera de la cunita. Bajó y se marchó a la montaña con su inseparable amigo.

Togüito llegó a la supercueva secreta, entró y salió de supercapa cabalgando al superchivito Saltarín, convertido en el superbebé protector de los animales maltratados; lanzó su grito justiciero: “¡Santooosss Caramelooosss!” Y continuó de superpañal desechable, de superbotines de algodón, con el supergorrito hundido en forma de careta, el superchupón escudo atado al bracito izquierdo y armado de las superespinas de cardón.

El paladín comenzó a inspeccionar las casas del sector. Y tal como lo suponían, encontraron a Queco amarrado en el tronco de una mata. Un cazador se lo llevó para sacrificarlo.

El superhéroe aún estaba lejos, el cazador avanzaba hacia el animalito indefenso; el venadito bebé estaba asustado, el señor se lo quería comer. Saltarín corría a toda velocidad. Togüito llegando saltó y le propinó una patada voladora al cazador con los superbotines de algodón. El hombre cayó, se levantó rapidito,  quiso atacar al superhéroe, solo que el protector de los animales lo hizo huir lanzándoles las superespinas de cardón.

Togüito desató al venadito y se lo llevó a Gimena Valentina que estaba con su mamá, y la señora prometió ayudar a su hija a cuidar de Queco. El superhéroe siguió y cuando todos creían que se había marchado, regresó con un par de zapatos nuevos para Gimena. La niña brincó, gritó de alegría. “Ya no me voy a puyar los pies”, dijo feliz abrazando al venadito.

El superhéroe siguió a la montaña, entró y salió de cocoliso convertido en un bebé indefenso, para regresar a su casa de cocoliso sin que nadie supiera que era el superbebé protector de los animales maltratados.

María Teresa llegó al cuarto a ver a su hijo y consiguió a Togüito masticándose la sabanita de la cuna y exclamó: “¡Ay Dios, si mi muchacho tiene hambre!”.

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