Sumisas en Maracaibo: Conoce la historia de una amante al sexo BDSM

Foto: NAD

La vida en Maracaibo transcurre en los quehaceres propios de la cotidianidad. Vemos hombres con trajes y sin ellos, mujeres de punta en blanco y al natural, jóvenes con sus morrales,  gente común a la que nunca relacionarías el pensamiento más abierto y libre de tabú cuando del sexo se trata. Esta es la historia de una joven amante al sexo BDSM.

Conocí a una morena de 26 años a la que me referiré como Vanessa para proteger su identidad, su  cabello liso es una pantomima de sus risos color castaño oscuro. De su tono de piel heredó la firmeza de sus largas y tonificadas piernas, con las que va y viene para llegar a su trabajo donde se desempeña como asistente de administración.

Cuando le hablé de esta entrevista, al principio, dudó y su inseguridad por teléfono era evidente. Sin embargo, al encontrarnos y constatar la veracidad del trabajo, comenzó a contarme con detalle sus comienzos en el sexo hasta llegar a ser una sumisa BDSM.

Para quienes no conocen el término, las siglas BSDM es un término creado para abarcar un grupo de prácticas y fantasías eróticas. Se trata de una sigla que combina las siglas resultantes de Bondage y Disciplina; Dominación y Sumisión; Sadismo y Masoquismo. Abarca, por tanto, a una serie de prácticas y aficiones sexuales relacionadas entre sí y vinculadas a lo que se denomina sexualidades alternativas.

Su vida sexual empezó a los 18 años cuando era estudiante universitaria y  un hombre, cinco años mayor que ella, despertó el deseo que antes no había sentido, a pesar de haber tenido novio. Él tomó su virginidad y su corazón. Aunque era ‘señorita’, conocía el orgasmo de primera mano pues desde los 13 años descubrió el botón del placer que había en su cuerpo. La primera vez no fue como la imaginó pero tampoco fue mala. “Era extraño. Siempre había querido esa primera vez con mi esposo o rodeada de velas y pétalos de rosas. Con él maduré y fue mi instrumento para conocerme sexualmente, aunque después todo se volvió un drama”.

Aprendió la importancia de conocer su cuerpo para sentir placer y poder direccionar a su pareja sexual hacía las zonas y los movimientos que a ella le excitaban, “descubrí que todas tenemos una puta dentro y eso es realmente divertido. Me llenaba de un inmenso frenesí que me conocieran  y al momento de tener intimidad se llevarán una sorpresa”.

Durante su descubrimiento sexual con aquel hombre probó a cucharadas del lado morboso del sexo. Comenzó a ver porno con él, a tener sexo mientras otros lo hacían en la TV, a probar posiciones cada vez más acrobáticas, a disfrutar de la eyaculación sobre ella: “me sigue prendiendo que me digan cuando acaban. Saber que lo hacen porque yo les doy placer, escuchar sus gemidos y sentir como tiemblan cuando se vienen, me pone a mil”.

Vanessa se inició en el sexo BDSM hace 3 años, con el ‘boom’ de los libros de E.L James, 50 Sombras de Grey. A la fecha, muchos habían sido sus encuentros y experiencias, y ya le gustaba que la “tomarán con fuerza”, “antes de enamorarme de la idea del sexo BDSM, ya me gustaba que me pegarán en el sexo, no con fuerza sino con pasión, que me tomaran por el cuello y presionarán levemente mientras me envestían, que me pellizcarán los pezones, que me jalaran el pelo, y ese tipo de cosas”;  como la mayoría de algunas personas interesadas en esta tendencia sexual, le fue casi imposible encontrar en la ciudad personas y clubes con este estilo sin parecer “una cualquiera”, su percepción era que Maracaibo estaba lejos de ser avanzada y abierta, sobre todo el sexo masculino, “los hombres creen que es sólo pegarle a la mujer mientras tienen  relaciones, o ven videos pornográficos para “aprender”, pero eso no es así. Creen que es pegarnos y meterlo y así sucesivamente. Cuando entramos a este estilo lo hacemos por muchas razones que usualmente son las incorrectas pero el tiempo te va enseñando cómo es en realidad. Yo tuve que buscar mucha información en internet y saber de qué se trataba todo”.

Cuando le pregunté por qué decidió probar esta clase de sexo, hizo una pausa, miró a lo lejos como quien intenta hacer un flashback a máxima velocidad, volvió, me miró y agacho la cabeza levemente con una media sonrisa para responderme: “me sentía una mujer muy sexual, quería experimentar casi todo, me gustaba mucho mi novio en aquel entonces, pero en el sexo sentía que me faltaba eso que tanto promocionan en las películas y libros, esa explosión máxima que sólo lograba cuando me masturbaba. En el acto podía tener pequeños orgasmos con mucho esfuerzo, eso me frustraba e impedía concentrarme (…) me gustaba sentir que hacían conmigo lo que querían y de allí nació el interés”.

Sin embargo, confiesa que el miedo se atravesó en medio de su búsqueda del placer a través del BDSM. Encontró páginas venezolanas con personas que ejecutan esta práctica de manera “perversa y humillante” hacia la mujer. Ciertamente el miedo es parte del ingrediente excitante de este estilo pero “es más por la incertidumbre y expectativa de lo que viene” que por el dolor, por lo que Vanessa decidió entrar en este mundo con la ayuda del ‘señor Google’, y evaluando sus límites. Su novio en aquel momento participó en la práctica. Al principio, cuenta que ella guiaba a su pareja en lo que quería probar ya que ambos eran inexpertos: “me sorprendí por la gran variedad de prácticas de este estilo y lo mal utilizado que es el término BDSM, que en realidad refiere a un grupo de prácticas y fantasías eróticas, hay bondage, juegos de roles, agujas, azotes, spank, momificación, trampling, facesiting, juegos con electricidad, juegos sensoriales, el cutting, y todo lo que se te ocurra. Pero en realidad cada quien decide qué le gusta combinar”.

Vanessa es del estilo bondage, que se refiere a la sumisión y al vínculo de amos y esclavos. Al preguntar si sentía que su integridad física y moral se veía comprometida con esta tendencia sexual, me respondió que “no”, “debes estar segura de ti misma cuando decides practicar esto y conocer tus límites sin dejar de probar cosas nuevas. Cuando vas probando le tomas gusto y se amplía más tu campo de expectativa. Mi exnovio y yo fuimos de a poco, primero con látigos, luego con correas en el cuello porque los artículos para el bondage son muy costosos, con pinzas para pezones; luego probamos los arnés, y así. No soy sadomasoquista, esa es un área diferente casi cercana al sadismo criminal. Yo no atento contra mi cuerpo. Nada de esas personas que se cortan y tienen sexo entre su sangre o algo así. Tú creas un lenguaje en esto, hay un código y en él es indispensable el respeto al otro. Al menos, así lo soy yo y eso lo dejo claro cuando tengo sexo”.

Tres años después, llena de experiencias y más sabia que a sus 18, revela la sensación que genera en ella estar a merced de alguien, sobretodo, cuando encontró en las redes sociales grupos de personas que se dedican a esto desde hace mucho tiempo, pero que se mantienen en bajo perfil y se “cubren las espaldas entre ellas”.

“Estas ahí a la espera de lo siguiente que vendrá. Cerrar los ojos, liberar la mente y dedicarme a sentir es lo que va aumentando la adrenalina, lo que a su vez te pone más sensible a los roces. Cuando me dejan ver (los hombres), su rostro es fuego puro. Sus ojos se ven como si estuvieran nublados de deseo. Y no siempre debemos terminar en penetración, la sensación propia de sentirse amo o sumisa te lleva a un éxtasis superior al orgasmo”, expresó.

Era imposible preguntarle en medio de su confesión si esta es la única forma de sentir satisfacción sexual, a lo que respondió: “Esta (el BDSM) me gusta mucho, y quisiera tener alguien con quien hacerlo más allá de los encuentros ocasionales. Pero de vez en cuando tengo ganas de tener sexo convencional o vainilla como dice Christian Grey”, cuenta entre risas, “igual, a veces provoca algo más ‘usual’, algo que con el tiempo y la experiencia puedo disfrutar mejor que antes”, finalizó.

 

 

Noryelín Faría

Noticia al Día

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