Togüito, el superbebé protector de los animales maltratados 26: La gatita con el trozo de patilla (Cuento infantil, Alberto Morán)

Composición gráfica: José Manuel Pernía – Euglys Parra

 

La gatita con el trozo de patilla

 

Cada vez era más la gente que, por las tardes o a cualquier hora sin sol de los sábados y los domingos, sacaba sus mascoticas a jugar o a pasear en familia por las calles del pueblito Flor de Cactus.

                En las caminatas, las mascoticas disfrutaban con las personas viendo el paisaje y otras especies de animales, por ejemplo, los gaticos y los perritos se deleitaban observando los pajaritos y el colorido de las flores, de las mariposas, el verdor de los árboles. Los cerditos, los monitos y los conejitos se maravillaban con el canto de las paraulatas, los ruiseñores, los turpiales, los cardenales…Otras veces jugaban entre los mismos animales o entre los animales y los niños. Los adultos también participaban o simplemente se dedicaban a cuidar de que sus hijos se divirtieran con sus mascotas sin hacerse daño.

                El chivito Saltarín mostraba gran satisfacción por esos eventos, al igual que Togüito y sus padres, María Teresa y Sebastián, a quien el amor a los animales lo llevó a organizar en sus predios un santuario para rescatar las mascoticas abandonadas.

                Saltarín siempre estaba presente en esas actividades; una vez observaba  a dos niños jugar con una conejita hermosa, bien lanuda, blanca, grande, que llamaba la atención porque cuando se alegraba le brotaban  estrellitas multicolores de los ojos.

                El par de chicos lanzaban una pelota de goma contra la pared ¡poing! ¡Poing! ¡Poing! Y cuando la conejita acudía  a buscar la bola y la tomaba en la boca, volvía contenta arrojando estrellitas por los ojos. Y eso la hacía una conejita especial. Era la admiración del pueblo. Todos los niños amantes de los animales querían tener una conejita así.

                Una tarde, el chivito Saltarín veía encantado a la conejita y a sus dos amiguitos en plena actividad recreativa, cuando vio pasar a una gatita con un trozo de patilla en la boca. Al otro día regresó a ver el juego, y la volvió a ver con un pedazo de la fruta guindando del hocico, al tercer día que la observó fue a consultarle a Togüito.

El chivito llegó por la ventana del cuarto de Togüito y se asomó, el bebé se bebía un tetero de leche de cabra; Saltarín espero que la mamá, María Teresa, lo alimentara y lo dejara solo.

-¿Qué haces aquí? –le preguntó Togüito observando que su progenitora ya se había ido.

-Vine porque todos los días veo pasar a una gatita con un pedazo de patilla en la boca y no sé de dónde lo saca ni a dónde lo lleva–dijo Saltarín

-Debemos averiguar si se la dan o la toma sin consultar –dijo Togüito.

-Sí,  vamos  – dijo el chivito.

Togüito tomó el cubrecama de su colchoncito, lo enrosco en forma de mecate y lo lanzó del lado afuera de la cunita para bajar y marcharse con Saltarín, el superchivito blanco más veloz de la sierra. Tomó rumbo a la montaña, entró a la supercueva secreta y salió de supercapa  convertido en el superbebé protector de los animales maltratados.

El superhéroe  levantó su puñito derecho y emitió su grito justiciero: “¡Santooosss Caramelooosss!” Y cabalgando a Saltarín continuó de superpañal desechable, con el gorrito hundido en forma de careta, de superbotines de algodón, con el superchupón escudo atado al bracito izquierdo y armado de las superespinas de cardón.

Togüito regresó al pueblito Flor de Cactus y comenzó a ver los niños lanzando la pelota de goma contra la pared ¡poing! ¡Poing! ¡Poing! Y cuando los muchachos no lograban atajarla, la conejita salía a buscarla y se las llevaba contenta soltando estrellitas de colores por los ojos.

En eso, Togüito vio venir la gatita con el trozo de patilla. El superbebé la dejó pasar como si no la hubiese visto. Cuando iba lejos, comenzaron a seguirla con el cuidado de no dejarse ver. La gatita cruzó en una esquina y siguió.

-Allá va –dijo Saltarín.

-Sí, aquella es –confirmó Togüito.

La gatita caminaba sin comerse el pedazo de patilla. Volteó de repente, Togüito y el superchivito corrieron agachaditos.

-Cuidado nos ve –le advirtió el superhéroe al superchivito y se metieron detrás de una casa.

El paladín y Saltarín salieron de nuevo, pero no vieron qué rumbo tomó la gatita. Siguieron avanzando, buscaron y buscaron hasta que, por fin, la avistaron.

-Allá está –dijo Saltarín.

-Sí, vamos a caerle de sorpresa –dijo Togüito.

El superbebé y el superchivito caminaron con sigilo y cuando le llegaron cerca se percataron de que la gatita les llevaba el trozo de patilla a sus dos hijitos llorando de hambre.

-¿Y esa patilla?, preguntó Togüito.

-Me la regala el señor de la frutería –dijo la gatita que no cometía ningún acto indebido, solo que la comida que encontraba se la traía a sus pequeños hijos.

El paladín, ante semejante gesto de responsabilidad, le pidió a la gatita que lo acompañara y se la llevó con sus cachorros al santuario de los animales de su papa Sebastián, donde tendrían garantizada comida y medicamentos.

El superhéroe soltó su grito justiciero: “¡Santooos Caramelos!” y regresó a la supercueva secreta, entró y salió de cocoliso convertido en un niño indefenso sin que nadie supiera que él era el protector enmascarado de los animales.

María Teresa llegó al cuarto a verlo y tomándolo en brazos dijo: “Ay pero este niño si está puro gato”, y Togüito, sin que lo viera su mamá, le picó el ojo a Saltarín que estaba asomado por la ventana.

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Composición gráfica: José Manuel Pernía – Euglys Parra

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