Mis tres encuentros con Argenis Carruyo (Josué Carrillo)

Con Argenis Carruyo “El volcán de América”

A finales de los 80’ ya estaba en el estómago del periodismo. Daba los primeros pasos como reportero de sucesos en el diario Crítica. Escribía con esquema las notas para poder desarrollar historias con el número de cuartillas disponibles. Venía de un mundo sencillo, hijo de un pastor evangélico, con una crianza semi rural. El mundo era para mi la calle de mi barrio. De cantantes conocía poquitos porque los escuchaba en la radio de mi vecina, Leticia en sus programas favoritos: “Aquí Venezuela, México y Colombia” y un serial novelado llamado “La vida de las canciones”. Una tarde, el periodista de farándula, Pedro Caravallo, me pidió el favor de cubrir un evento en el Hotel Cumberland. Estaba de moda la canción de los chicos de Los Puertos, “La banda Contry” con “Es el humo del cigarrillo que me hace llorar”. Fui, me tomé unos whiskycitos formidables para hacer la reseña. Como periodista era un solemne desconocido en el medio farandulero. Para la foto de rigor, apliqué el mismo esquema de trabajo de los sucesos. En ese tiempo la petejota presentaba a los pillos en las ruedas de prensa en fila, esposados y pegados a la pared con el logo de la institución de fondo. Se tomaba las fotos a distancia sin conversar con los delincuentes porque nadie se interesaba en lo que pudieran pensar los malos de la película. Poco a poco comencé a aplicar un método distinto: me acercaba a cada hampón, con respeto preguntaba su nombre y, hacía un comentario inesperado, como por ejemplo, ¿ya desayunó?. Eso me permitió tener declaraciones y confesiones fabulosas que me decían entredientes. Nunca olvido a un delincuente quien me dio un número de teléfono y me dijo “dígale a mi madre que volví a caer, que esté tranquila, que estoy vivo”. Era un tipo malvado con una anciana madre de voz angelical quien al recibir mi mensaje me dijo “Dios le pague, mi hijo nunca olvidará este favor”. En efecto, no lo olvidó, pero, esa es otra historia que les contaré después. Vuelvo a lo del evento. Me acerqué a cada uno de los artistas y fui preguntando sus nombres. Nada extraordinario hasta que llegué y quedé frente a frente a un gordo enorme quien reía como si fuese el dueño de la felicidad. “Su nombre, si es tan amable”, dije. “Muchacho, no sabéis quién soy yo”, dijo y explotó medio mundo en carcajadas. “No lo sé, señor”, dije avergonzado. “Chico, él es Argenis Carruyo”, vino a mi rescate un sabio reportero que estaba allí pa’ echarse palos, el siempre recordado “Gato, Viloria”. Así fue mi primer encuentro con el cantante y músico más proverbial del Zulia, muy merecido su título de El volcán de América.
La segunda vez recuerdo ocurrió una crisis económica terrible. Mi amigo, Néstor Vielma, me animó a trabajar con él en el negocio de las fumigaciones. Hice de vendedor del servicio. Fui al conjunto residencial Lajas blancas con mis folletos. Toqué la puerta de un apartamento, frente a mi el gordo gigante con un paño atado a la cintura. “Señor, Argenis”, le dije emocionado de saber quién era, de haber conocido su voz, de ser uno de sus fans. “Aja coñito, qué queréis”, me dijo. Le vendí un servicio. Insistió si no revestía peligro para su familia. Quedamos en fumigar el sábado. Puntual nos presentamos. El gocho Vielma para rociar la chiripas de veneno usaba una escafandra como los buzos. Cuando, Argenis Carrullo, lo vio gritó “¡mija corré, vámonos pal’ coño, Mélani, Mélani vení bebé que estos coños nos envenenan!”. A pesar de sus exageraciones, Argenis, no suspendió el servicio porque sabía que necesitábamos el trabajo. Un maracucho con un corazón enorme.
La tercera vez, el tiempo había pasado tan ligero. Ya, Argenis Carruyo, para mi era recuerdos inolvidables. Aquellas noches de fiesta de aniversario de la PTJ en el Hotel del Lago. Majistral en “soy el profesor rui ruá”, inigualable en “Cuando estemos viejos”. Baile hasta el amanecer y un arruyo en las baladas salpicadas con aquel grito “¡Alberto Morales, hermano mío!”. Estaba como Jefe de la Unidad de Medios de la vieja Polisur, tuvimos la idea de grabar el Himno de la policía, de mi autoría. Invitamos a quien se debía invitar, a Argenis Carruyo. Pasó como tormenta por la sede. Su risa alteró una tarde de tedio, de aburrimiento. Le saludé con enorme cariño quedando grabado el momento en una fotografía.
He visto a Argenis Carruyo en amaneceres de feria. He visto lo gran músico que es. Una noche en San Francisco fue ordenando la orquesta mientras hacía el primer número. Un instrumento estaba desafinado. Con una habilidad extraterrestre dio con el causante de la nota extraviada. “Fulanito, sois vos”, dijo. Cada acorde quedó en su santo lugar, entonces, aquel gigante abrió la voz para adueñarse de la madrugada, de las calles enteras casi hasta el amanecer.
A mis 56 años sueño muy a menudo con los conciertos de Argenis Carruyo. Disfruto de su voz, pero, he tenido siempre la ilusión de que, algún día, El volcán de América grabe un CD con estos temas: Oh sole mío, Recóndita armonía, Nessun Dorma, La donna mobile. Un Argenis Carruyo para la ópera, para Aída, Nabuco, Carmen. Ojalá sea para escucharle cantar las canciones de Luciano Pavaroti que tenga un cuarto encuentro con el artista más completo que ha parido esta tierra…Argenis Carruyo.
Josué Carrillo

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