Gigoló de clase alta: “Ellos se sientan en una silla y me ven tener sexo con sus parejas”

Imagen Referencial

En siete meses Leandro ha descubierto la otra cara de la clase alta de la ciudad. Impulsado por el poco poder adquisitivo que ingresaba en su hogar y como padre soltero de dos, comenzó a satisfacer las fantasías sexuales de las mujeres que solicitan los servicios especiales de este hombre de 30 años que se convirtió en gigoló.

Comerciante de día y gigoló de noche, Leandro se ha sumergido en el mundo de las damas desoladas. Esas que imploran un poco de compañía, un hombro donde llorar o unas caricias que simulen amor. Una sorpresa para él -al principio- fue darse cuenta que en su cartera de clientas, la mayoría, son de clase alta, con auto y bien parecidas.

Por sus manos han pasado ninfómanas, cuarentonas, morenas, altas, y más, pero todas mujeres, “soy hetero, no me gustan nada de esas cosas (sexo) con hombres”. Se jacta de su selectividad al momento de aceptar un trabajo y de ser complaciente con sus clientas, “yo siempre pregunto mucho antes de dar el servicio para así poder llevar las cosas de manera correcta y que ellas se sientan bien”.

Su compañía sin sexo también es solicitada para una salida a la discoteca o como una pareja para fiestas. Sin embargo, cuenta que a veces debe hacer de motivador o psicólogo, “a veces están allí y lloran, hablan, se desahogan, y uno las escucha y las consuela”.

Un día normal en la vida de Leandro transcurre en su trabajo convencional y en atender llamadas de posibles clientes en las que de cada cinco, tres son hombres, “esas llamadas yo las cuelgo”, relata. Llega de su jornada, revisa la agenda y si tiene tiempo y “no está muy cansado” hace algún servicio.

Cuando le pregunto cómo hace para excitarse cuando no le gusta la mujer, comenta: “película con eso”, refiriéndose al material pornográfico que hay en moteles, los que usa para ayudar a su estimulación en el acto sexual donde el preservativo es indispensable.

Entre las fantasías más usuales destacan los disfraces. Ha tenido sexo anal y vaginal, pero no besa en los labios ni allá abajo. Está al pendiente de su salud y de su apariencia, y el corte y afeitado nunca faltan antes de un servicio especial que de 9 de la noche a 6 de la mañana puede costar 100 mil bolívares.

Muy selectivo con sus palabras y de manera respetuosa, revela que ha recibido llamadas de hombres que quieren ver a sus esposas tener sexo con otro, y él, cumple sus deseos. Parejas entre los 45 y 50 años, llegan a él para hacer tríos o para mirarlo en acción. “Ellos se sientan en una silla y me ven tener sexo con sus parejas. A veces se unen y otras sólo se quedan sentados”, sin embargo, señala que en ocasiones es evidente la incomodidad de las féminas que dan su cuerpo a aquel extraño “para complacer a sus maridos” o “como condición para obtener algo a cambio”.

A Leandro es difícil sacarle los detalles morbosos de sus encuentros, cumpliendo así con la confidencialidad de su servicio, sin embargo, cuenta lo que siente en el momento de hacer su trabajo: “yo no estoy pendiente de nada. Hago lo que tengo que hacer, yo sólo voy pensando en el dinero”, cuando termina su labor, llega a la línea de taxi más cercana y el carro que maneja una satisfecha mujer, continúa su rumbo.

Mientras, el comerciante de 30 años llega a su casa para ir a misa con sus hijos y pedir perdón por sus pecados.

Noryelín Faría

Noticia al Día

No olvides compartir en >>


á