De Interés: poder o dinero para conocernos (María Elena Araujo Torres)

María Elena Araujo Torres

Dicen que si quieres conocer realmente a alguna persona dale poder o dinero. Y parece que es verdad. Sin embargo, podríamos ir más allá porque más que conocer la conducta de la gente (entre quienes también estamos incluidos) pareciera que quien nunca ha tenido suficiente ingresos económicos o espacios donde desplegar autoridad cuando se les presenta alguna de ambas, o las dos, si no se calman y reflexionan para proceder pueden convertirse en sus propios verdugos.

Cuando se nace en hogares donde los recursos económicos son escasos, donde las limitaciones incluso para obtener las necesidades básicas, son el común denominador a lo largo del desarrollo familiar, si se carece de fortaleza de carácter en la formación de los nuevos miembros, si los modelos adultos son los más inadecuados entonces están dadas las condiciones para la formación de futuros adultos con disfunciones en su comportamiento social. Y no es que afirmemos que quienes nacen hogares solventes económicamente o con miembros con poderío puedan escapar de conductas disociadas, es que en este caso  específico nos referimos a quienes nunca han tenido dinero ni poder y lo llegan a tener.

Asumir conductas retorcidas sería un factor importante, sin embargo no es la regla. Se han visto casos de gente proactiva, entusiasta, con deseos de alcanzar nobles ideales, quienes aún contra todo pronóstico se empeñan con persistencia en estudiar, trabajar, conocer algún oficio, practicar algún deporte u ocupación que le permite fortalecerse y a su vez brindar apoyo a otros miembros de su familia o participar en acciones filantrópicas de alguna índole.

La otra parte también la conocemos. La negativa. Quienes se enrumban por caminos donde el facilismo, oportunismo, sean las reglas, donde el sacrificio se desconozca y sea más fácil quitarle a otra persona sus bienes materiales para beneficio propio. También sea una constante practicar un “quítate tú pa’ponerme yo”. Hacer dinero fácil sin trabajar, obtener cargos aunque sean de mediano nivel sin méritos, sólo por trepar con contactos fáciles de conquistar a través de la adulación y el servilismo.

En ambos casos puede ocurrir y ocurre la práctica de la premisa planteada inicialmente. Pasa lo que llaman “subirse los humos a la cabeza”, una suerte de complejo de superioridad solapado usualmente en aparente humildad pero utilizado para atropellar a quienes considere inferiores a sus condiciones económicas, intelectuales o de poderío. Especialistas lo definen justamente de forma contraria. Son personas con agudos complejos de inferioridad, quienes aún de bastante adultos siguen sintiéndose acomplejados por el dolor, por los sufrimientos vividos durante su temprana vida en hogares carentes no solo de recursos monetarios sino también de amor verdadero. Obviamente difícilmente reconocerían adolecer de estos sentimientos tan íntimos, lo traducen en forjarse constantemente por la vía de la búsqueda de la verdad o en asumir comportamientos de superioridad que se traducen en desprecio o burlas por parte de sus más cercanos, sean familiares, supuestos amigos o compañeros.

Por eso es que muchos afirman que quien es bueno en la pobreza es bueno en la riqueza. Quienes son malas personas en la pobreza también lo son en la riqueza. También quienes se fingen buenas personas cuando no tienen poder alguno en cualquier ámbito de su entorno  pero se muestran tal cual son verdaderamente al tenerlo, aunque lo disimulen o solapen. Realmente ni el dinero ni el poder corrompen per se, es el hombre con sus carencias afectivas, con sus dolores arrastrados desde la infancia, con sus deformaciones acerca de los verdaderos valores humanos, con desconocimiento de los posibles caminos a tomar para conocer la verdad, con todas esas deformaciones es que se corrompe, es que muestra sus más innobles sentimientos. No es el dinero ni el poder, somos nosotros, es nuestra esencia humana la que nos define y a su vez nos permite rectificar, corregir y tratar de deslastrarnos de las taras que contaminan a la humanidad.

María Elena Araujo Torres

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