NAD entrevistó a Angelita a los 104 años y esto fue lo que nos dijo (Fotos)

Cover 1Mamá Angelita ha visto pasar 26 presidentes por Miraflores. Ha disfrutado 1.248 lunas llenas. Ha bailado miles de tangos de Gardel y tomado bastantes tragos de cerveza. Pero el tiempo cobra sus deudas, y hoy la encuentro sentada en una silla de ruedas, en el porche de su casa. Con la mirada gacha, estática, como absorbida por un silencio omnipresente, que yo pretendo interrumpir.

—¿Qué edad tiene, Angelita? —le pregunto después de presentarme, muy cerca de ella para que mi voz tenga un viaje corto hasta su oído, que se ha ido quedando sordo con los años.

—Setenta y cuatro —contesta sin vacilar. Luego sube la cabeza por unos segundos y mira donde nada hay, como viendo pasar los años, uno tras otro en un santiamén. Y se da cuenta que su mente quizás se detuvo en el tiempo, porque hoy en realidad tiene 104 años. Aunque, por un instante, parece que ni ella misma lo puede creer.

Esa breve vacilación solo fue un momento de inconsistencia porque de inmediato se corrige. Angelita desde que sopló las velitas de su torta por vez centésima, deseó vivir 120 años.

Ángela Berta Chirinos nació en La Piedras, un pueblo perijanero, muy cerca de Machiques, que antes de ser un caserío era un paso regular del ganado vacuno que se criaba en la zona. Cuando a los arrieros les caía la noche por ahí, se reunían a pernoctar en un sitio donde habían tres grandes piedras colocadas en forma de triángulo. Con el tiempo, comenzaron a decir “nos vemos en las piedras” y así se quedó.

Uno de esos arrieros, probablemente fue el papá de Angelita, Octavio Farías, quien “trabajaba en el monte durante largas horas”, como ella misma lo describe con un brusco tono de voz que emana con tanta fuerza que produce un extraño contraste con su frágil y estrecho cuerpo.

En aquel pueblo, Angelita vivió toda su niñez en compañía de su madre, María Teresa Chirinos, y sus seis hermanos. Ella era la segunda de la fila, hasta que empezó a ocupar el primer puesto, cuando su hermano mayor, Andrés, murió siendo apenas un niño. No puede recordar de qué.

Su infancia terminó a los 12 años, cuando falleció su padre. A partir de ese momento se mudó a Maracaibo con su mamá y sus hermanos. Vivía en una casa, al fondo de la Basílica de la Virgen de Chiquinquirá, donde (sin haber llegado a la pubertad) se convirtió en costurera para ayudar a mantener a su familia. Hacía cubrecamas, vestidos, agarraollas… Le pagaban un bolívar por cada cierre que pegaba.

Angelita solía medir cerca de 1 metro con 65 centímetros y pesar unos 60 kilos. Sin embargo, los años le han robado altura. Y un par de kilos también.

DSC_0418Su número de cédula es 1.069.913. La última vez que usó aquel certificado de identidad en unas elecciones fue en 2006, cuando votó por Manuel Rosales, aspirante a la presidencia de la República que terminó derrotado por el legendario (para bien o para mal) Hugo Chávez. Después de todo, “adeco es adeco hasta que se muera”.

Hasta noviembre de 2014, Angelita podía ir y venir sobre esas piernas delgaditas que se resistían a desfallecer. Pero durante ese nefasto mes, la pobre fue la presa de un Aedes aegypti, el mosquito que con una sola mordida es capaz de hacer doblar de dolor hasta al ser más grande y resistente. Desde entonces, no puede trasladarse sin una silla de ruedas.

—Cuando veíamos a mamá Angelita incapaz de levantarse de la cama, con ese horrible dolor en todas las articulaciones, llegamos a pensar que la Chikungunya se la iba a llevar —cuenta Rita, una de sus sobrinas y más fieles cuidadoras.

A Angelita no le gusta mucho hablar de los hijos que no parió o de los amores que se negó a tener. Después de todo no le hicieron falta ninguno de los dos. Al criar a sus sobrinos, los primeros no le hicieron falta. Y a los segundos se encargó de espantar personalmente porque no le gustaba “llevar a nadie a rastras por la vida”.

Rita aún recuerda con gracia los desaires que le hacía a un comerciante árabe que estuvo meses cortejándola. Ante tanta insistencia, Angelita decidió pagarle rápido su deuda a aquel hombre para no tener que verlo más.

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13 de febrero de 1956

Hoy es lunes de carnaval. Angelita guarda su traje de india y el dama antañona que confeccionó ella misma años atrás y se declina por el disfraz de varón. Le pone los últimos toques y se ajusta la corbata para salir a los bares con su hermano Nemesio a beberse unas frías.

Aunque Venezuela está dominada por la férrea dictadura de Marcos Pérez Jiménez, durante dos días al año la gente olvida los problemas y vive una eterna parranda. Los carnavales son una fiesta callejera en la que “los jefes se transforman (por una noche, sólo una noche) en borregos, y los borregos en reyes”, como escribió una vez Rafael Gumucio, que aunque se refería a Chile, el mensaje podría aplicarse fácilmente a este país.

Después de recorrer los bares, Ángela y Nemesio van al baile que organiza el sindicato de trabajadores en el Palacio de los Cóndores, ese que luego se convertirá en la sede de la Gobernación del Zulia.

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Hoy a Angelita le quedan dos hermanas. Una que vive en Valencia y Cira, que con 91 años está sentada junto a ella, irradiando un carácter mucho más dulce que su hermana mayor, mientras escucha sin ofrecer ningún comentario, con la paciencia que sólo puede otorgar los años.

Nemesio, el único hermano varón que le quedaba después de la temprana muerte de Andrés, falleció hace un par de años. Dejó 60 hijos, con 4 mujeres distintas.

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4 de junio de 1960

De la radio de Angelita sale una potente voz masculina: “Vivamos hoy una nueva aventura de Martín Valiente, el ahijado de la muerte. Pa pa pa ra ta ta ta ra paa paa”. La transmisión dura 30 minutos, en los que aquel heroico médico tiene aventuras por todo el mundo, frustrando los planes del malvado doctor Belcebú, con la ayuda de su inteligente caballo Relámpago y su compañero Frijolito.

Cuando la radionovela se termina, Angelita cambia el dial para escuchar a Gardel o a Libertad Lamarque. No hay tarde desperdiciada si se escuchaba un buen tango, un dulce vals o un bolerito.

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Te sobrarían los dedos de una mano para contar las veces que Angelita ha estado en un quirófano. La última vez fue en el 97, cuando la operaron de una hernia umbilical.

Aunque ya no vive sola y depende de los cuidados de sus sobrinas, Angelita sigue determinada a aferrarse a los últimos destellos de su propia soberanía. Lleva la llave de casa bien resguardada en el bolsillo de su vestido blanco y hasta hace poco seguía preparando su propio desayuno.

Así que, ciento cuatro años con esa envidiable salud hacen a uno preguntarse: ¿Cuál es el elixir de la vida?, ¿con quién hay que hacer un pacto?, ¿dónde tiene escondida la piedra filosofal esta señora? ¿Será la comida? ¿O el estado de vida apacible que debe haber llevado?

Pero lo cierto es que su comida preferida es el salchichón. Y aunque nunca fumó, aún le gusta tomarse una cervecita en las reuniones familiares.

Muchos podrían pensar que el secreto está en esos dos rosarios que reza a diario: Uno después de desayunar y otro a las 2 de la tarde en nombre de Jesús de la Misericordia. Pero, quién sabe. A lo mejor habrá que buscar bien la piedra filosofal.

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Angelita y su hermana Cira posan frente a su retrato

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Angelita frente a su retrato.

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La cédula de identidad de Angelita mostrada en primer plano.

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Angelita, junto a su hermana Cira y sus sobrinas Ana Gutiérrez y Rita Faria.

Fotos: David Contreras 

Estefanía Reyes/Noticia al Día 

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