Togüito, el superbebé protector de  los animales maltratados: La ovejita temblando de frío (Cuento infantil, Alberto Morán)

La ovejita temblando de frío

 

La ovejita temblando de frío

Acababa de caer un diluvio, todavía se escuchaban truenos y el zumbido de ríos y quebradas bajando con furia del bosque; los pájaros cantaban sin parar,  un viento helado sacudió un dividivi y el agua de la lluvia rezagada entre las hojas, se precipitó como un aguacero fugaz sobre una ovejita temblando de frío sin una hebra de lana en el cuerpo.

El animalito se escapó de una manada de ovejas en cautiverio, después que un grupo de hombres les arrancara el pelo con unas enormes tijeras sin filo. A la ovejita acurrucada en el tronco del árbol le tiritaban los dientes. Parecía congelarse así expuesta, desprotegida, sin pelo.

La noche se apresuraba en llegar más temprano que todos días y sentía miedo, pero Saltarín, el superchivito blanco más veloz de la sierra, pasaba por el lugar y la vio; no conocía la especie, con la piel rapada a lo lejos no le era posible saber de qué animal se trataba.

Saltarín se acercó más, seguía sin conocerla, saludó:

-Hola –dijo en voz alta.

-Hola – respondió la ovejita.

-¿Quién eres? -preguntó Saltarín

-Soy una ovejita sin lana.

El superchivito la observó bien y corroboró que sí, que se trataba de una ovejita trasquilada. Se siguió acercando.

-¿Qué te ocurrió? –le preguntó.

 -Unos hombres me cortaron el pelo, viven de la venta de lana.

-¡Ese negocio no se acaba! – repudió el superchivito.

-Ajá –respondió la ovejita lacónica.

-¿Y esas roturas? –indagó Saltarín

-Me rompieron, esos hombres me trasquilaron sin cuidado. La tijera roma se enredaba en mi pelo, jalaban, me dolía, no les importaba.

-¿Y dónde están las ovejas en cautiverio? –interrogó Saltarín.

-En el sector Las Tres Cruces.

-Ven conmigo -la convidó Saltarín.

-¿Para dónde? –preguntó la ovejita temerosa.

-Para donde Sebastián –dijo Saltarín-. Un señor que en el patio de su vivienda hizo un santuario de animales. De paso, hablo con Togüito.

-¿Y quién es Togüito? -inquirió la ovejita  desconcertada.

-El superbebé protector de los animales maltratados pero eso es un secreto, los humanos no lo saben, eso solo lo sabemos nosotros –explicó Saltarín.

El superchivito llevó la ovejita al santuario de la casa de Togüito. Los padres del niño estaban acostados. Saltarín se asomó al cuarto del bebé y le dijo que debían ir a la montaña.

Togüito aprovechando que sus papás, Sebastián y María Teresa, se encontraban durmiendo, tomó el cubrecama de su colchoncito, lo enroscó en forma de mecate, lo arrojó afuera de la cuna y descendió.

Se dirigió a la supercueva secreta y salió de supercapa levantando el puñito derecho y lanzando su grito justiciero: “¡Santooosss Caramelooosss! El superhéroe continuó de superpañal desechable, con el supergorrito hundido en forma de máscara, los superbotines de algodón, el superchupón escudo atado al bracito izquierdo y armado de las superespinas de cardón.

El paladín llegó al sector Las Tres Cruces, había poca luz, el área estaba alumbrada con baterías y bombillos, sin embargo logró observar la manada de ovejas trasquiladas en el corral. Un grupo de hombres se mantenía vigilante.

-Son muchos para enfrentarlos –dijo Saltarín.

-Esperemos –dijo el superbebé-. Y simulado en la penumbra pudo llegar sigiloso al corral. Las ovejas callaron. De pronto se observó el reflejo bamboleante de una linterna que venía hacia él y se lanzó al piso.

Un hombre decidió inspeccionar el área. Le pasó cerquita sin verlo, casi lo pisa. El hombre  regresó con el resto del grupo. Togüito se levantó, una ovejita le dijo algo en el oído. El superhéroe volvió con Saltarín.

-¿Qué te dijeron? –preguntó el superchivito

-Que dentro de un rato las venderán a una procesadora de carne. Las sacrificarán antes de amanecer. Tienen mucho miedo.

-¿Y qué hacemos? –dijo Saltarín.

-Tengo una idea –dijo el protector de los animales-. Esperemos que las monten en los camiones.

 Togüito y Saltarín aguardaron a que los desconocidos subieran las ovejas y los bultos de vellones a los dos vehículos. Encendieron y, arrancando, Togüito les agujereó los tanques de gasolina con las superespinas de cardón. Los camiones se apagaron. Los conductores les daban por el suiche y no prendían. Bajaron de las unidades en la oscuridad. Corroboraron que les rompieron los compartimientos de combustible.

El paladín se colocó las manos en la boca simulando un pito y comenzó a ulular: ¡Buuuuuuu! ¡Buuuuuuu! Los hombres se alteraron. Alumbraban hacia todos lados, no veían a nadie.

De pronto se escuchó: ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!, Togüito lanzando superespinas de cardón les estalló los cauchos a los camiones. A las explosiones, los hombres no pudieron con el miedo, corrieron asustados dejando botados los vehículos, las ovejas y los bultos de vellones.

El superbebé abrió las jaulas de los camiones, bajó las ovejas y se las llevó al santuario de su papá Sebastián. Regresó a la supercueva secreta, se despojó de su atavío y se marchó a su casa de cocoliso como un bebé indefenso, sin que nadie supiera que él era el protector enmascarado de los animales maltratados.

Al otro día en la mañana, Sebastián encontró las ovejas en sus instalaciones.

-María Teresa, ven para que veas estas ovejas sin lana.

-Sí, qué dolor, qué impotencia. Y todo para venderle el pelo a la industria de la lana, que se hace rica con el negocio –dijo la señora indignada caminando hacia el cuarto de su hijo.

María Teresa vio que Togüito aún estaba dormidito y no lo quiso despertar, pero le extrañó que tuviera los botincitos llenos de barro  aunque no sospechó nada.

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Composición gráfica: José Manuel Pernía – Euglys Parra

 

 

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