Papel transeúnte en la barbarie (César Bracamonte: Relato)

 

César Bracamonte

 

Es cierto. Nada pude hacer. El reló sonó muy tarde y he allí el inicio de lo sucedido. Tropecé con el hombrillo de puerta del baño, el dolor me fue a dar al quicio, ahí creo que perdí mis primeros minutos. Por alguna razón olvidé el sentido de la llave de abrir la regadera, me bañé a tientas y tres veces el jabón en el piso. Salí, dejé la toalla, el dolor en el dedo pequeño titila, salgo mojado, no encuentro la bendita toalla, me seco con algo que hallé por ahí. Me visto con una mano, con la otra evito la llamada del jefe. Salgo a la calle sin atar los cordones.

Veintiún minutos con treinta y seis segundos de espera, me embarco, el autobús dice Callao, dentro la Champeta distrae al conductor, se tarda en poner al ralentí el armatoste, es Papo Man el interprete de las desafinadas notas que retumban dentro, pierde otros segundos ajustando el volumen y tratando de afinar lo inútil, ya es tarde. En el camino conté 28 paradas sin necesidad, gente que asciende y desciende en la misma cuadra tres veces. El chofer es un cafre. El colector está bajo presentación.

Ya en camino surge otro altercado. Un desvío, protestan el aumento del pasaje, trojes que hacen las veces de carros por puesto, generan un caos en una vía obligatoria para el resto. Los minutos apremian. Releo en mi mente el discurso contemplativo, no me gustan las excusas baratas, opto por la sorpresa y el desagravio a este episodio de mi vida atroz sin mi vehículo, cocino en silencio su retorno, alguien se atraviesa y el reló no espera. Pienso en que ojalá así sea la muerte en mi búsqueda, que hayan muchos atenuantes antes de que me visite o me sacuda, que también tarde en llegar, como todo en mi vida.

Los semáforos conspiran. Nadie se detiene ante mi premura, nadie permite que baje del jumento de hierro y calamina, alguien en la puerta me dice que espere que se detenga, olvidé los lentes, ya en tierra, pienso en ella como una opción de vida. Mis hijos deben dormitar aún en la celosía de sus habitaciones, ambos sin acordarse de mí o quizá si. Un rezagado no deja que cruce la calle, pierdo más tiempo en la mirada del chofer que vacila entre frenar o dejarme pasar. Las bocinas repiten su esperanza inútil, igual todos nos atravesamos, somos óbice los unos con los otros. Demoro en la oportunidad de tomar el colectivo definitivo, el colector debió haber dormido encima de un contenedor: huele a repollo pasado.

De verdad, en los días de a pie, he descubierto nuevos géneros musicales, el chofer deja sangría ante la acera y alguien desciende, casi muere, un carro rebasa por la derecha y el transeúnte se aferra a una bolsa que lleva y se tizna de blanco, detrás, el reo colector ríe y grita: DALE. En el susto lidie con la idea de asesinar al chofer y a su ayudante, casi inmediatamente lo olvido, el teléfono vibra en lo profundo de mis interiores, estoy seguro, es mi jefe, debe estar en sock, tratando de adivinar si antes de P va M. Me invade una necesidad enorme de  sacarme un premio de muchos millones, el semáforo siguiente tiene todos los bombillos encendidos. Sin duda el país está en una crisis moral, hasta los semáforos hacen lo que les da la gana.

Al filo de mi desesperación, una señora pide para una operación (que a mi juicio, será inútil) ella necesita dinero y yo un poco de tiempo para llegar a la pauta. De fondo: una versión inimaginable de ´Traigo un Pena´ de Franco de Vita, me distorsiona la vida y los sentidos, no puedo siquiera pensar cuál es el planteamiento de alguien que hace ese tipo de trabajo para agradar a segmentos de gustos pusilánimes y en deterioro. Cuando me acerco a mi destino, una carreta (Diligencia en el lejano oeste) se traviesa, lleva encima, el Chasis de un Fairlane 500, el pobre animal que arrastra semejante situación desea morir, lo intuí por su manera de atravesarse, peor es quien arrea y maldice al chofer que guía mi vida desde hace más de dieciséis minutos.

Repaso mi tarea, la sé de memoria desde que egresé de la academia, un día creo que daré clases de angustia. Aunque en esta ciudad existen paradas reglamentarias, nadie las usa, bueno si, ahora en ellas venden cigarrillos detallados, café guayoyo, pasatiempo y una copia barata del kilométrico de resto, no sirven para nada, nadie en este lado del mundo se ha dedicado a educar a estos cafres que conducen como si llevaran troncos secos en el interior de esas trojes. Desciendo, ya hace rato pringa ( llovizna, garúa), camino la cuadra que me separa de mi oficina, sin sacar el celular de mis genitales, es incómodo caminar así (ahora entiendo a Ernest, un colega amigo, que su celular vive ahí para siempre y siempre emerge lleno de talco o no sé qué en la pantalla).

Al llegar me doy cuenta que todo fue inútil. Nadie ha llegado y viajo a las palabras de mi abuela: más vale perder un minuto en la vida que la vida en un minuto. Extraño mucho mi carrito, saco el teléfono y veo que mi jefe me increpa a llegar pasada la hora puesto que todo se cayó, nada irá como lo pautado. Un mensaje de mi compañera, “Cuídate”, otro de alguien que me vende un seguro, me ilusiono con encontrar uno de mi hijo que vive exactamente a 7.250, 5 Kilómetros de mi, pero no, el whatsapp, me indica que tengo 28.765 mensajes de todos los grupos y me sumerjo en la necesidad de olvidar el episodio. La inanición me invita y giro sobre mis talones, me dirijo al café, todo seguirá en su afán y yo sobre él. Lloverá todo el día, es inútil.

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