La eterna espera de dos ancianos en el terminal

El terminal de Maracaibo es como una criatura inquieta que nunca duerme por completo. A las 8.00 de la noche, a pesar del leve silencio, todavía hay mujeres vendiendo boletos para las últimas rutas del día, algunos kioskos siguen abiertos ofreciendo pastelitos y tequeños que tienen el aspecto de haber estado muchas horas en la vitrina y, dentro de la sala de espera, donde unas 20 personas descansan adormiladas sobre las frías sillas de metal, todavía se vende café.

A los viajeros los delata su equipaje y la cara de cansancio. Pero a los dos ancianos, sentados en la última fila, sin maleta ni nadie a su lado, los delata la tranquilidad de quien no espera a nada ni a nadie.  José tiene 76 años e Isabel 75. Y para ellos esta sala se ha convertido en un refugio.

Sus únicos bienes terrenales caben en una bolsa plástica que mantienen siempre a un costado, entre los dos. Dentro hay una tacita pequeña que reservan por si alguien les da un poco de sopa, y un vaso plástico en caso de que les ofrezcan algo de agua o, Dios lo quiera, un jugo de guayaba. A José le encanta la guayaba.

José asegura con un poco de miedo en los ojos que solo llevan aquí cinco días. Que nada más esperan conseguir 300 bolívares para volver al Moján. Allí dejaron un ranchito que no tiene piso ni cama; solo un chinchorro al que le saltan los hilos, amarrado en las dos esquinas opuestas de aquel minúsculo cuarto de paredes de paja y barro. Fuera, hay un fogón donde Isabel prepara la comida y calienta los residuos de huesos que consiguen para su perro, al que bautizaron Chamán.

Sin embargo, las palabras de José las contradicen quienes trabajan en el terminal. En realidad son meses los que esta pareja de ancianos lleva durmiendo en las frías sillas grises de la sala de espera. El anciano puede estar mintiendo por muchas causas, pero creo que la principal es el miedo. El miedo de que algo de lo que pueda decir o hacer los condene a abandonar su refugio.

Hace más de un año, la pareja dejó su rancho y su perro y, con poco más que un par de mudas en una bolsa, se fueron a Maracaibo en busca de recursos para sobrevivir. Durante un tiempo, vivieron bajo la protección de la residencia de ancianos del Instituto Nacional de Servicios Sociales, ubicada en el norte de Maracaibo. Sin embargo, unos sobrinos de José los sacaron después de un par de meses, con la promesa de brindarles un techo seguro, que al poco tiempo dejaron de cumplir.

Así fue como andando y andando, José e Isabel llegaron al terminal. Y no se fueron más.

Hace 30 años, cuando José trabajaba como panadero, en un negocio en Bella Vista, conoció a Isabel. Ella se ocupaba de la limpieza de una casa, en la misma zona por la que él trascurría cada día para ir al trabajo. Al terminar su jornada, siempre la veía con su bata floreada barriendo las hojas de una mata de mango, sembrada en el patio de aquella quinta acaudalada.

La excusa para conocerla terminó cayendo precisamente de aquel árbol:

—Señora, ¿sería mucho abuso si me regala un mango de esa mata? —le preguntó José, tras días de pensar cómo romper el hielo con la callada mujer de bata floreada.

Con un asentimiento y una sonrisa inesperada, Isabel le dio no uno, sino dos mangos. Ese día. Y el otro. Y el otro. Así, a los 40 años, se enamoraron.

Ahora, una vez que sale el sol, la pareja recorre un par de kilómetros calle arriba cada día, en el sector Los Haticos, hasta llegar a los caseríos wayúu, donde las paisanas de María los dejan bañarse y lavar la ropa después de pedírselo en wayuunaiki.

José tiene una media gris y otra negra que se asoman por los agujeros de sus zapatos de goma. Lleva puesto un pantalón gris y un suéter celeste con capucha que sería más lógico verlo en un joven universitario.

—Estoy como un chompín —dice cuando le pregunto por su estado de salud—. Lo único que tengo es hambre.

Le ofrezco un pan que él rechaza porque prefiere comer algo que le “asiente” más en el estómago.

—Como un mondongo. Grande —me explica abriendo los brazos. Y me pregunto cómo comería las partes solidas que aquel plato cuando le faltan todos los dientes de arriba.

—¿Consigue quién le dé comida en el terminal? —le pregunto, mientras María guarda siempre silencio.

—Aquí no se consigue ni salvación.

Ese día, los ancianos compartieron dos cambures, una naranja y una manzana que les regalaron en los mercados de fruta cercanos.

Los directivos del terminal han considerado varias veces desalojar a Isabel y José de la sala donde se refugian cada noche para reubicarlos en un lugar seguro donde puedan vivir con comodidad lo que les queda de vejez. Los vendedores se han quejado del mal olor que desprenden algunos días o de las molestias que su presencia puede provocar a los viajeros.

Sin embargo, a la hora de la verdad, nadie se atreve a botarlos del terminal. Mientras tanto, pasan los meses y yo me pregunto: ¿Qué habrá pasado con Chamán?

Estefanía Reyes

Noticia al Día

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