La obra de Mística Toyo, un reducto de paz

Esta artista plástica de 52 años se abre paso en el mundo del arte zuliano con la técnica del collage. Foto: Estefanía Reyes.

La luz y el silencio. Ese breve espacio donde la nada parece inundar su habitación es el que Mística Toyo llena de colores para volver arte el tiempo.

Apasionada, detallista, obstinada perfeccionista, de voz dulce y pícara mirada, esta artista plástica zuliana de 52 años es una muestra de cómo un obstáculo puede ser apenas la vuelta que necesitas para tomar el destino que el universo tiene preparado para ti.

La frustración por no poder encontrar trabajo en la administración la llevó a adentrarse en un mundo donde el pincel puede hacer brotar vida dentro de la misma vida. “Solo cuando salí de la universidad me di cuenta de que ser pequeña era un problema”, expresa la artista que se abre paso entre el talento zuliano con la técnica del collage, mediante la cual ensambla elementos que parten de fotografías, madera, piel, periódicos, revistas u objetos de uso cotidiano en un tono unificado, creando una obra maestra que puede significar algo para Mística y transmitir otra idea muy distinta a cada uno de sus espectadores.

Con cinco hermanos (tres hembras y dos varones), creció en la zona petrolera de Lagunillas. Su padre era electricista de una de las compañías que extraían el oro negro de la región. Mística solo recuerda haber crecido hasta los 5 años. Llegó a 1,23 metros y no más.

La frustración por no poder encontrar trabajo en la administración la llevó a adentrarse a un mundo donde un pincel puede hacer brotar vida dentro de la misma vida.

“Sufro de enanismo acromesomélico. Es una enfermedad genética. Soy de pasos lentos y miembros cortos. Lo que me han dicho los especialistas es que es una patología que sufren 2 de cada 500 personas aproximadamente. Sin embargo, nunca nadie me trató en mi casa distinta por ello. Yo era Mística y nada más. Ni más consentida, ni más sancionada. Tan solo otra más”, señala.

Vivió en una zona donde casi todos los niños eran hijos de empleados petroleros. Todos se conocían, era una comunidad pequeña. Mística formaba parte de ella y, como todos, iba a diario a sus clases escolares.

“Me llamaba la atención el arte, pero había tanta interacción social que nunca me detuve a pensar que me gustaba demasiado. Me encantaban las tareas de dibujo. Me decían que lo hacía bien, pero pintar era solo una asignación escolar que me gustaba. Ahora sé que es la vida misma. Entonces, dibujaba como una labor de la escuela y salía a jugar con los demás niños. Veía los cuadros de Picasso y me encantaban, pero también pensaba que él sí que no sabía dibujar”, explica y se ríe.

Salió de bachillerato y se mudó a Maracaibo, a estudiar en la universidad. Los números eran lo suyo. Obtuvo el título de Licenciada en Administración y comenzó a laborar como asesora de empresas en materia administrativa junto a un profesor que le dio clases. Hasta que llegó la crisis política de 2002 y se quedó sin trabajo.

“Cuando quise buscar por mis propios medios, me di cuenta de que la gente se impactaba por mi tamaño y no solo eso, porque en la universidad también, pero cuando estudiaba me miraban extraño solo la primera vez. Para buscar trabajo era distinto el efecto, esa impresión era perenne. No me llamaban, me discriminaban por ser pequeña”, recuerda.

En todas las obras de Mística siempre hay un cuerpo, una cara, unos ojos, una mano. Para ella nada en el mundo transmite tanto como un ser humano, más lo femenino que lo masculino, pero ambos son empleados por la artista.

Parecía que no había nada qué hacer, así que comenzó a realizar cursos profesionales sobre su área administrativa y, porqué no, se asimiló en el Curso Vocacional de Arte Puro Escuela Nacional de Artes Plásticas Julio Árraga.

“Me di cuenta que pintar no era un hobby, sino que era una trabajo, una profesión que requería muchos estudio, mucha dedicación”, asevera.

Y ahí comenzó a saber sobre materiales y técnicas, sobre tonos y pinceles, sobre luz y oscuridad. Y el ensamble se convirtió en su método preferido. Y es ojear una revista y posar la atención de pronto en una figura, una foto quizá, y verla convertida en una realidad distinta, sacarla de esa atmósfera y fijarla en un lienzo e ir trazando un ambiente absolutamente ajeno a su primera realidad, y así irla convirtiendo en su propia obra maestra.

“El dibujar, diseñar, hacer collage es una constante en la práctica artística después del pop. Es la búsqueda de otros códigos visuales que se plantea el artista en el hacer el plástico; este es el caso de Mística, quien es constantemente enamorada de su producción… Pega, organiza, dibuja sobre él, pinta y recompone para sumir la tela, su pintura, su dibujo. Es constante, terca, hasta que le da forma a su trabajo que lo asume con pasión, pero con una pasión razonada, equilibrada como una positivista”, expresa el crítico Marco Cárdenas.

Mística pega, organiza, dibuja sobre él, pinta y recompone para sumir la tela, su pintura, su dibujo.

Desde que se adentró en este mundo, Mística no ha parado de crear, ni tampoco de prepararse. Exposiciones, individuales y colectivas, salones y bienales tienen parte en su haber. Su trabajo ha sido reconocido en destacados eventos como la Bienal de Arte “Chiara Lubich”, el Concurso Afiche y Logo XVII Congreso Venezolano de Botánica y el Encuentro de pintura Homenaje a “Chiara Lubich”.

Rosas, contraste y diversidad. Ese fue el punto de partida en la Bienal “Chiara Lubich” de 2013, donde Mística obtuvo el primer lugar con su obra “Ambigüedades”. De 7:00 de la mañana a 3:00 de la tarde estuvo Mística trazando líneas en torno a flores variadas y dos colores. El premio le mereció un viaje a un taller Viceral en Italia con el maestro Roberto Cippolene , lejos de lo que creyó no era un artista costumbrista, era moderno y su técnica salió perfeccionada tras esa experiencia.

Mística trabaja de día. Se levanta cuando ya los rayos del sol han penetrado por su ventana. Se baña, come y se sube a un pequeño banco para alcanzar el caballete y darle vida a un lienzo en blanco.

“Un trabajo varía en su tiempo de elaboración, depende de la obra. Soy perfeccionista. Lo sé. A veces me enamoro de mis cuadros y no los quiero vender. Mis mejores críticos son mis padres. Valoro más cuando me corrigen que cuando me dicen a secas que quedó bien. Más que a un crítico profesional, valoro más lo que veo en la mirada de un espectador, alguien que se tropiece casualmente con mi obra. La expresión de su cara al ver lo que plasmé, eso me dice mucho más que un experto”, confiesa la artista.

En todas las obras de Mística siempre hay un cuerpo, una cara, unos ojos, una mano. Para ella nada en el mundo transmite tanto como un ser humano, más lo femenino que lo masculino, pero ambos son empleados por la artista.

“Los hombres son hermosos, pero las mujeres, más expresivas. En casi todas mis obras hay un cuerpo, una expresión humana”, señala.

Hablar con Mística es sentir mensajes de paz, de que todo está bien si no te das por vencido y puedes ver la puerta abierta al lado de la otra que se cerró

Dado su tamaño, cuando el cuadro es muy grande, no lo sube al caballete, sino que lo pinta arrecostado en el piso y lo va volteando para ir alcanzando todas las partes. Sus artistas preferidos son Pablo Picasso, Arturo Michelena y Armando Reverón.

Mística es un alma que vive en paz y parece dejar sus inquietudes en el lienzo. Así como el de sus padres, el arte es el más grande amor verdadero que la acompaña: “Muchas chicas esperaban a un príncipe azul. Yo esperaba a un hombre valiente, alguien que se pudiera enamorar de mí a pesar de mi físico, que viera mi alma. Pero nunca ocurrió o no ha ocurrido. No hubo coincidencia, cuando alguien se fijó en mí, yo no me enamoré y en consecuencia nunca me casé ni tuve hijos”, relata.

Pero Mística vive enamorada de lo que cree y apasionada por el color, un color brillante que deja ver hermosas alegorías que la definen como una romántica empedernida.

Para Marco Cárdenas, Mística asume un simetría pura, natural, que obtiene a fuerza de constancia, de un trabajo arduo pero fluido, rico en matices provocados por el acrílico, donde existen personajes solitarios rodeados por cromias degradas y ricas en tonos.

Anochece, Mística baja la mano y baja el pincel, la obra está ahí, apareció en medio de tantos trazos. La observa, quizá no la venda, quizá se enamore otra vez como cada día. Cierra los ojos, se voltea y toma un revista, la ojea, ve una figura, no ve toda la imagen que la acompaña, solo una parte que flota sobre el contexto. Una nueva musa surge en su mente, un hermoso camino al arte se vuelve abrir. Será el recorte base para una nueva obra, una nueva vida que surgirá al siguiente amanecer.

Maidolis Ramones Servet

Fotos: Estefanía Reyes

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