La música es el milagro

Las historias de 18 jóvenes especiales se entrelazan para demostrar que el compás no discrimina

En el auditorio flota el silencio. Las butacas están vacías. Y, sobre el escenario, los instrumentos esperan lustrosos que comience el espectáculo. Mientras tanto, detrás de las cortinas se sienten los susurros inquietos de los 18 jóvenes que están a punto de demostrar que la música no discrimina.

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Desde comienzos de 2011, José Francisco Cárdenas venía cocinando la idea de formar una orquesta con niños especiales en Maracaibo. En una alianza del Banco Central de Venezuela (BCV) con la Fundación Simón Bolívar y el Sistema Nacional de Orquestas cobró vida este proyecto que en sus inicios, ese mismo año, tuvo como sede la institución Fe y Alegría.

En 2003, por interés del BCV, deciden llevar el programa a su propia sede, ubicada en el propio corazón de la ciudad. Desde entonces, los números y la música han convivido de una manera extraña pero enriquecedora, que ha acercado lo que antes era una fría y suntuosa institución a la fibra más identitaria de su comunidad.

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Después de tres años de experiencia, a Wilson Carrillo ya los nervios no lo invaden como antes. Los primeros minutos, después de pisar el escenario, siente apenas unas cosquillas en el estómago; pero, cuando su mano vibra con el sonido de la clave, en todo lo que puede pensar es en la música.

Wilson es un joven de 24 años que vive en el populoso sector de Valle Frío, en el noroeste de Maracaibo. Limitado por su discapacidad motora, su vida transcurría sumergida en una inercia rutinaria. Hasta que la música lo encontró.

En el ensamble, empezó tocando una flauta, después pasó por la batería y, por último, la clave lo enganchó. Se emociona tanto cada que vez que la golpea que a veces le atina a su propio dedo.

Desde septiembre de 2015, trabaja también de mensajero interno en el banco, como parte del esfuerzo que está haciendo la institución para brindarle a él y a sus compañeros un apoyo que les permita integrarse de manera productiva en la sociedad. El programa le ha dado amigos, una familia y una oportunidad de sentirse útil y realizado.

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Una vez que deciden instalar el programa en la sede del BCV, único financista del proyecto para entonces, sus promotores deciden buscar a alguien que asuma las riendas. Dámaso Salcedo, un músico que ya tenía 10 años de experiencia trabajando con niños especiales y que antes (como personal contratado del BCV) solo se encargaba de supervisar el proyecto, se prepara para liderar esa nueva etapa.

La intención inicial era atender a los jóvenes de las comunidades cercanas al banco, que abarcaban las parroquias Santa Lucía y Bolívar; además, abrir también las puertas a los hijos de los empleados interesados en participar.

Allí, Dámaso Salcedo comenzó un trabajo de calle para ir de casa en casa, con encuestas y panfletos en mano, en busca de talento.

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Detrás del escenario, mientras los músicos aguardan la señal, el profesor Dámaso reprende a un adolescente inquieto. A Edgar Díaz se le escucha más cuando bromea con sus compañeros que cuando le toca hablar sobre sí mismo. Su timidez aflora cuando indica que empezó con el platillo. Luego, como ya conocía todas las notas, decidió probar con el piano. Y cuando le presentaron al xilófono se dio cuenta de que “es prácticamente lo mismo”.

Edgar, así como muchas otras personas autistas, posee un oído absoluto, una cualidad que permite discriminar cualquier nota, sonido o acorde de manera innata.  Llegó al ensamble cuanto tenía solo 9 años. Ahora tiene 13 y está enamorado del ritmo de las guarachas que aquí ha aprendido a tocar.

El profesor Dámaso Salcedo y Édgar Díaz, minutos antes de la presentación. Foto: David Contreras

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A diario llegan a la sede del BVC al menos 3 o 4 personas interesadas en el programa de educación musical gratuito para jóvenes especiales. En la actualidad, este lo conforman el ensamble de percusión, de flauta, de cuerdas y una coral.

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Desde niños, los hermanos Bermúdez hacían brotar de los potes y baldes los ritmos más alocados. Eran el dolor de cabeza de su abuela y sus vecinos, hasta que, gracias a la sugerencia de una amiga de la familia, fueron forjados por el orden y la disciplina del ensamble. Jhoendri está detrás de la batería, Jhonaiker le desgasta el cuero a las congas y Jhonalbert se desquita con el timbal. De vez en cuando siguen armando alboroto, pero es ese sabor y locura de la percusión lo que los atrae.

Eliana Portillo, su maestra de percusión, se sorprende aun con las habilidades innatas de los tres jóvenes. A veces, cuando le enseña una nueva canción a Jhoendri en la batería, sin explicarle, ya Jhonaiker sabe qué hacer en la conga con solo escuchar.

Cada vez que suben al escenario, los hermanos sienten una mezcla de pánico y emoción.  Y, desde el público, una mujer siempre los aplaude, agradecida porque sus ollas por fin no son el blanco.

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A pesar de su experiencia, en los primeros años del programa, Dámaso se encontró con niños que tenían síndromes que ni siquiera él conocía.  No obstante, ha creado en los salones de música un espacio donde son tratados sin condescendencia ni diferencias.

—Hay un temor en el trato con los niños especiales. Se cree que por su discapacidad uno debe tratarlos diferentes. Pero para mi concepto, didácticamente tienes que tratarlos a todos por igual. Este proyecto ha demostrado que ellos sí pueden aprender a tocar un instrumento, incluso dominar la lectura musical. Allí lo ves —dice el profe mientras señala al escenario—. Ello lo están haciendo.

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Héctor Hernández, de 7 años, es el más pequeño del grupo y quiere ser gaitero cuando sea grande. Foto: David Contreras

Cuando Héctor Hernández, el más pequeño del grupo, llegó con su tamborita sobre su regazo, los profesores quedaron convencidos de que ese pequeñito de 7 años tenía que ser el fundador del grupo de gaita del BCV.

Héctor había nacido parapléjico, pero poco a poco recuperaba cada vez más control sobre su cuerpo, tras varias intervenciones y la persistencia de sus padres.

Ahora, también forma parte del ensamble, donde toca orgullosamente el jam block. Su mamá ha visto cómo el menor de la casa se ha vuelto con esta nueva responsabilidad más disciplinado, más sociable y mucho más maduro.

—Antes de que él llegara al BCV, ya habíamos escuchado que esto era muy bueno para los avances neurológicos de personas con discapacidad —dice mientras lo escucha tocar. Pero cuando llegó aquí comenzamos a ver lo mágico que era la música para su vida.

Héctor nunca ha pedido juguetes, solamente instrumentos. Tiene un hambre insaciable de música y se asume a sí mismo como un artista. A pesar de su edad, siente esto como un trabajo y a sus compañeros como parte de su equipo. No concibe su futuro sin la música y en ella ve quizás la oportunidad más viable de ganarse la vida.

Para su madre, verlo tocar la tamborita es un espectáculo por sí solo. De hecho, el que lo pueda hacer es ya una proeza. Después de su última operación logró por fin abrir las piernas, desde entonces toca con el instrumento atravesado entre sus extremidades, apoyado en un estribo que le construyó su padre.

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Lejos del estricto ambiente que suelen mantener las academias musicales, en sus clases, estos chamos solo arman bochinche. Para Dámaso, ese es precisamente el secreto de su pasión: que gocen y disfruten la música sin restricciones.

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A Oswel es fácil distinguirlo sobre el escenario. Es ese que mueve las caderas como si no hubiese mañana. En el ensamble aprendió a tocar el güiro y a hacer trucos de magia. Se debate entre ser músico o mago cuando sea grande. Tiene una relación platónica con una de las supervisoras del programa y las historias que inventa su imaginación son dignas de cualquier película romántica.

Cuando le preguntan quiénes son sus papás, señala a sus maestros. Cuando le preguntan por sus compadres, señala a sus compañeros.

—¿Los quieres, Owen? —le pregunto.

—Mucho —responde sin dudar.

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Algunos cuando llegan al programa son tímidos, callados, retraídos y con pocas capacidades para socializar. Les cuesta abrazar o fijar la mirada en los ojos de su interlocutor. Pero una vez que se van convirtiendo en un integrante más de la manada, las cosas empiezan a cambiar.

—Cuando estos chamos llegaron al ensamble —explica Dámaso—, se veían a sí mismos como seres completamente individuales. Aquí se conformaron como grupo, como familia, y eso es lo mágico de la música.

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A Jefry Revilla le costaba mucho hablar en público o comunicarse con extraños. Cuando llegó al programa, luego de que el profesor Dámaso lo reclutara, no tocaba ningún instrumento musical y solo escuchaba reguetón. Aquí, ha aprendido a comunicarse como nunca antes, sus ojos ahora miran a la cara de su interlocutor, nunca olvida dar los buenos días y aprendió a tocar “Margarita” como nadie.

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Rodolfo González tiene 24 años y sus profesores lo consideran un “metromano” humano. Foto: David Contreras

A Rodolfo González se le ve tranquilo, casi inmutable, esperando con su campana en mano. Tiene 24 años y se ha convertido en una pieza importante para el ensamble: es quien lleva el pulso de la presentación. El profe lo describe como un “metromano humano”. Hasta ahora, nunca se ha perdido. Sus maestros han tratado de enseñarle otros instrumentos, pero se rehúsa a soltar el suyo. Rodolfo tiene síndrome de down.

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La mayoría de los jóvenes aprende por imitación en medio de dinámicas que incluyen terapias de relajación, lectura musical, teoría y práctica. Mucha práctica.

Muy alejados de la música clásica, sus instrumentos vibran con los acordes de las canciones más tropicales. Para ellos no hay limitaciones físicas que les impidan mover sus cuerpos invadidos de sazón caribeña y guaguancó. Aquí aplica una única regla: aquello que no se baila, no existe.

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A los tornillos de la silla de ruedas de Amanda hay que apretarlos cada semana porque los afloja de tanto bailar.  Desde que era una niña, no podía acostarse sin escuchar música, según cuenta su mamá. Participaba en festivales de canto donde desplegaba sus habilidades vocales con boleros y baladas que hacían erizar a su papá, Francisco Yoris, uno de los directores del programa.

Amanda tiene un síndrome que se caracteriza por la ausencia de musculatura en las partes inferiores del cuerpo, que afecta a uno de cada tres mil nacimientos. Desde pequeña, el bisturí la ha cortado de arriba abajo. Le han instalado injertos y tornillos en toda su columna vertebral.

Hoy tiene 20 años, y 4 en esto que se ha convertido en su segunda casa. Ha madurado ella tanto como su voz. Aquí ha aprendido que su discapacidad no es un obstáculo para hacer lo que ella disfruta, siempre y cuando tenga constancia, responsabilidad y el deseo de lograrlo.

Yo me llamo Cumbia, yo soy la reina por donde voy, no hay una cadera que se esté quieta donde yo estoy —entona Amanda desde su silla de ruedas.

Dicen que estar todo el tiempo sentada le ha afectado su capacidad para cantar. Pero la escucho y me cuesta creerlo.

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A Enyerberth Urdaneta sus compañeros lo apodan “MP6” (como una versión ultra avanzada del MP3), porque tiene la extraordinaria capacidad de memorizar la letra de cientos de canciones. En el ensamble ejerce como solista aunque también toca el cuatro, la guitarra y la tambora.

En el radio de su abuelo escuchó las primeras rancheras y boleros. Fue su primer maestro de música con quien comparte el fanatismo por el gran Vicente Fernández.

Soy un hombre sonriente que triunfa en la vida y siempre te mira sonriente —canta Enyerberth. Y es verdad.

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Abel Plata es como el hermano mayor de sus compañeros. Comenzó con las castañuelas hace más o menos 3 años. Luego aprendió a tocar la campana y la clave. Ahora es el encargado del jam block. Su cantante preferido es Alfredo Sadel y en su repertorio abundan los boleros y la música venezolana.

Su discapacidad visual no le ha impedido dividir su tiempo entre los ensayos del ensamble, la universidad y la cabina de radio, donde cada sábado habla sobre tópicos educativos y comparte la mejor música latina de los años 70 y 80.

Abel Plata tiene 19 años y reparte su tiempo entre sus estudios de derecho, el ensmable y la cabina de radio. Foto: David Contreras

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Aquí, en este lugar donde hace unos años solo se hablaba el lenguaje de los números, no existen imposibles. Alrededor de estas historias, los maestros de música que hoy tocan junto a sus alumnos sienten que sus problemas personales lucen inocuos, casi ridículos en comparación. Dicen que la música es la mejor terapia para estos niños, pero la verdad es que son ellos los más beneficiados de tanto amor.

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La sonrisa de Sebastián Castillo es de esas que automáticamente te provoca imitar. Este risueño jovencito de risos oscuros heredó la pasión por la música de su papá, un reconocido luthier de la ciudad.

Mientras le ayuda a lijar los instrumentos, “Sebas” ha aprendido a tocar el cuatro, el güiro, la bandolina, las maracas y la bandola llanera. Los médicos le diagnosticaron a este jovencito de 12 años una discapacidad intelectual, pero sus manos y sus oídos son más virtuosos que los de cualquier persona corriente.

Cuando le pregunto cuál es su instrumento favorito, se emociona al describir el cuatro que le construyó su papá; ese que mantiene guardado en un estuche como el tesoro más preciado.

Si hay algo que “Sebas” entiende bien es la veneración por la música o el placer sencillo de crear algo extraordinario con muy poco. Si eso no es arte, entonces qué. Si “Sebas” no es un artista, entonces quién.

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Sara Peña contrae su espalda como una tortuga ocultándose en su caparazón cada vez que le toca hablar en público. Sus ojos negros los esconde detrás de su cabello del mismo color. Pero hay algo que a pesar de la timidez no puede ocultar: su sonrisa.

Ella tiene 13 años y vive en Cerros de Marín, un barrio de clase baja donde las oportunidades son escasas para cualquiera, pero más aún si vives con una malformación genética. Sin embargo, ella reescribe su historia cada vez que sube al escenario, donde la armonía de lo colectivo la vuelve valiente. Aún más especial.

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Diego Morante comenzó en el ensamble cuando el programa ya tenía cerca de un año. Estudia 5to año de bachillerato y cuando sea mayor le gustaría ser abogado. Empezó en la percusión con la caja española. Luego aprendió a tocar el güiro y la campana.

Diego es sordo pero, al verlo tocar, ni siquiera te darías cuenta.

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Gustavo Ramírez es un joven autista que ha encontrado en la música y los superhéroes sus fuentes de pasión. Foto: David Contreras

Gustavo Ramírez habla con el cuidado y la lentitud de alguien que trata de pescar la palabra exacta dentro de su repertorio. Toca la batería, el piano y el xilófono.

Sus temas de conversación preferidos se centran en la música y los superhéroes. A estos último los dibuja y esculpe con plastilina sin obviar ningún detalle. Batman y Robín son sus favoritos y con su padre mantiene largas pláticas acerca de las características de todos sus trajes y lo poderos autos que utilizan.

En la cabeza de este joven de 15 años con autismo ocurren las aventuras que a cualquiera le gustaría imaginar.

 

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Yuindelbran Bustillos se acercó un día al BCV interesado en la jornadas de carnetización que el Consejo Nacional para las Personas con Discapacidad estaba realizando en el lugar. Cuando llegó, el plazo ya había terminado pero la recepcionista que lo atendió le preguntó si sabía tocar algún instrumento. Desde ese instante hasta el momento cuando se sentó frente al bongó, el camino fue corto.

Todos los días, su mamá escucha un “bam, bam bam” proveniente de la habitación de su hijo de 13 años. Y desde su cocina recuerda, con sentimientos encontrados, a aquellos que lo han acercado a la percusión.

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Estos niños, desprovistos de toda altivez y presunción, entienden la música como algo tan natural como comer o respirar. Parecieran incapaces de comprender el aluvión de emociones que provocan en el público que los ve tocar con los ojos húmedos y una sonrisa difícil de disimular. Ignoran la grandeza de su talento, la valentía de su espíritu. Solo viven para cantar y tocar. Quizás he ahí la fórmula de su embrujo. De repente he ahí el secreto de la felicidad.

Sara tiene 13 años y, a pesar de su timidez, brilla en el escenario. Foto: David Contreras

 

Wilson Carrillo además de formar parte del ensamble también trabaja como mensajero interno en el BCV. Foto: David Contreras

 

Oswel Mas y Rubí aprendió en el ensamble música y trucos de magia. Foto: David Contreras

 

Jhonaiker es uno de los tres hermanos Bremúdez y su rol es estar a cargo de la conga. Foto: David Moreno

 

Jhonalbert es el mayor de los hermanos Bermúdez y drena su energía con el timbal. Foto: David Contreras

 

Yuindelbran Bustillos, de 13 años, se enamoró de la percusión. Foto: David Contreras

 

Sebastián Castillo es hijo de un reconocido luthier de Maracaibo, de quien probablemente heredó su pasión por la música. Foto: David Contreras

 

A Jefry Revilla le cuesta mucho hablar en público pero toca “Margarita” como nadie. Foto: David Contreras

 

Amanda tiene 4 años asombrando a todos con su voz en el ensamble. Foto: David Contreras

 

Diego Morante estudia 5to año de bachillerato y en unos años le gustaría ser abogado. Foto: David Contreras

 

Jhoendri Bermudez es el menor de sus hermanos y sus maestros viven impresionados por su habilidad en la batería. Foto: David Contreras

 

Enyerberth Urdaneta sus compañeros lo apodan “MP6” (como una versión ultra avanzada del MP3), porque tiene la extraordinaria capacidad de memorizar la letra de cientos de canciones. Foto: David Contreras

Estefanía Reyes

Fotos: David Contreras

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