Comer de la basura lo mantiene vivo

Jhonny sueña con ser reinsertado. Foto: William Ceballos

Todos lo ven, mientras él hurga, nada se le perdió. Busca lo que muchos encuentran en una mesa, pero él lo consigue allí: en la basura.

                                                                                                                                                                         

 Comer desechos se ha convertido en un salvavidas en medio de una ciudad que tampoco le ha dado un techo propio. registrar en los basureros de los distintos mercados populares es su alternativa para apagar las alarmas de emergencia que su estómago activa a la hora del almuerzo. Su indumentaria la componen una franela y un pantalón que están tostados del sucio, pero que los tiene puesto para arropar su desnudez. En sus pies, lleva un par de gomas ahuecadas que deja asomar las puntas de sus dedos sucios. Nunca se quita esa gorra rosa con gris que le regalaron, con ella se protege del sol inclemente de Maracaibo, es lo único que lo adorna, la gorra y un caparazón de reloj descompuesto, un zarcillo que le cuelga en la oreja izquierda y una cadena de fantasía, reliquias que encontró entre los desechos. Las siguientes líneas narran la vida de Jhovanny Henrique Zúniga, un hombre que lleva cinco años sobreviviendo entre la basura.

                                                                                                                                                                             

 

“Jhonny”, así lo conocen sus amigos de la calle, tiene 35 años y a pesar de aparentar estar en perfectas condiciones para ganarse la vida, la situación de indigencia a la que ha llegado le impide encontrar un trabajo estable. No tiene un lenguaje afinado, ni una base educativa, tampoco ostenta el estereotipo presentable que exigen las empresas para contratar personal. Solo cuenta con ganas de sobrevivir en medio de una metrópolis que cada madrugada lo despierta con las cornetas de los autos que transitan por un sector tan congestionado como lo es el casco central.

Pero no siempre fue así. Hace seis años vivía en lo que él mismo llama “un rancho” en el barrio Santa Rosa de Agua, parroquia Coquivacoa, al norte de Maracaibo. Allí junto a sus dos hijos (una hembra y un varón) y su mamá, tenía un techo donde vivir y cada mañana salía a trabajar en el centro como revendedor de ropa y comida.

Una fuerte discusión con un grupo de delincuentes del sector fue el detonante que lo obligó salir de su comodidad para escapar de una muerte temprana. Fue en 2012 cuando un grupo de azotes de la zona se metió a su rancho mientras no había nadie en casa. Robaron varias de sus pertenencias y él, sabiendo quiénes habían cometido el crimen, encaró a los ladrones desatando un pleito por el cual fue amenazado de muerte.

En el 2012 salió de su rancho escapando de morir a manos de delincuentes. Foto: William Ceballos

 “A pesar de que siempre he sido de bajo recursos, mi mamá me enseñó a no andar en malas juntas por eso siempre me he ganado la vida buscando lo mío y no lo de los demás, pero allá en Santa Rosa la cosa es dura y tuve que dejar el rancho bota’o por esa culebra con unos malandros”, confiesa mientras dispone de unos minutos para conversar.

Desde entonces comenzó a deambular en las calles, un día dormía en una plaza, otro debajo de un elevado, hasta que la costumbre de dormir al aire libre lo llevó a ser uno más de los tantos “sin techos” que encuentran un colchón en las aceras de Venezuela.

Es preferible estar acompañado que desprotegido

Poco a poco fue adquiriendo la fachada de un indigente, ese mismo año perdió el empleo y se apoderó de su humanidad el cliché de “persona en situación de calle”. Tuvo que aprender que en la indigencia también hay enemigos y que mejor es estar junto y mal acompañado que solo y desprotegido.

“Con el tiempo conocí a otros muchachos que como yo duermen en la calle y comen de la basura… Nos hicimos acompañantes de camino y nos guardamos las espaldas porque, cuando cae la noche, la indigencia pelea territorios”, explica.

Su grupo es de cinco hombres. En las mañanas cada uno sale a un basurero en busca de algo a qué sacarle provecho y en las noches se esconden en un terreno frente al edificio del Instituto de Sanidad de Maracaibo.

“Nosotros no pedimos, recolectamos y vendemos a los camioneros quienes llegan a los basureros y nos pagan a 40 bolívares el kilo de cartón, a 400 bolívares el kilo de lata y nos dan 15 bolívares por cada pimpina plástica”.

La venta de lo recolectado se hace cada semana, pero frente a tanta competencia en los basureros de la ciudad, la ganancia es mínima, apenas para comprar unos panes de vez en cuando o “ayudar” a pagar deudas a los compañeros que cayeron en la droga. “Aquí hay muchos que le meten al perico, a la pega o a la piedra… esos se vuelven peligrosos y hay que evitarlos”, asevera.

“Hoy me tocó buscar huesos crudos”

Aunque pareciera caminar sin destino, a diario Jhonny se levanta del suelo para cumplir una tarea permanente: conseguir en la basura de muchos, la comida de otros.

“Comer de la basura me mantiene vivo. En las mañanas nos levantamos y nos ponemos de acuerdo sobre lo que cada quien hará en la calle para no llegar en la tarde con las manos vacías”, comenta.

Dos se van a Las Pulgas, sus alrededores y cualquier basurero que encuentren de camino en busca de unas cosas, otros van al de Santa Rosalía a buscar otras.

Huesos blancos, huesos crudos, huesos sin carne. Los consiguió en el Basurero de Santa Rosalía. foto: William Ceballos

“A unos les toca la leña, palos secos y ramas pa’ prender la fogata cada noche, a otro le toca las verduras y frutas; a mí hoy me tocó los huesos y pellejos, aquí los tengo”, afirma, enseñando su encomienda con la emoción de tener un trofeo en sus manos.

Luego de que cada quién recolecta lo debido, se reúnen en el terreno a golpe de 3:00 de la tarde para cocinar.

“Cocinamos en leña todo lo que conseguimos en la basura”, confiesa.

A pesar de que solo comen una o dos veces al día, Jhonny dice que cada noche comen una gran cantidad de comida que, horas antes, estaba tirada en la basura.

Su familia también come desechos

“A pesar de que me vi obligado a huir de la casa, siempre tengo presente a mis ‘chamitos’ y lo poco que saco de la venta del plástico y del cartón se los llevo semanalmente pa’ que mamá haga milagro”, expresa.

Muchas veces han sido las oportunidades que no ha tenido ni un bolívar para llevar a la casa, por lo que se ve obligado a sacar lo mejor de lo que consigue entre las sobras, meterlos en una bolsa y tocar a la puerta de lo que un día fue su rancho para que su mamá, su pequeña hija y su primogénito no se acuesten con el estómago lleno de aire.

“Mi mamá lava bien lo que le llevo y monta una sopa o hace un plato milagroso y se los da a los niños; así hacen varias de las familias de los que estamos en la calle”, afirma.

Al preguntarle sobre lo que espera para el futuro expresa sin titubeo: “Sueño con que algún día pueda retomar la vida, sueño con que se abran oportunidades, sueño con que la cosa mejore y que mis hijos vean en mí, un padre con errores, pero no un papá en la indigencia”. Fin.

Jhonny escarba todos los días en la basura para encontrar su comida. Foto: William Ceballos

“Cocinamos en leña todo lo que conseguimos en la basura”, confiesa. Foto: William Ceballos

Manuel García

Correo:[email protected]

Fotos: William Ceballos

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