Togüito, el superbebé protector de los animales maltratados 15: Los puntapiés al gatico Yaco (Cuento infantil, Alberto Morán)

Los puntapiés al gatico Yaco

 

Los puntapiés al gatico Yaco

Los melancólicos maullidos de un gatico desguarnecido ensombrecían al pueblito Flor de Cactus. Eran unos mayidos de tristeza, una aflicción al borde de un desconsuelo que se imponía al trinar de los pajaritos, al cacarear de los gallos, al cloquear de las gallinas, al  ladrido de los perros, al relincho  de los caballos…

El gatico Yaco opacaba con un dejo de pesar el balar de las ovejas, el berrear de los toros, el mugido de las vacas, al glugluteo de los pavos, el graznar de los patos, en fin, a la alegría del resto de los animales,  aunque tampoco eran extraños los plañidos de una mascota en una población rural circundada por una fauna de la más diversa especie.

De allí que cuando se dejó de escuchar el llanto diario de Yaco, a muchos les pasó desapercibido; no así a Togüito ni al chivito Saltarín, quienes desde un principio estuvieron preocupados por la agonía que el gatico expresaba en su lamento.

-Algo le debía estar ocurriendo a Yaco –dijo Saltarín.

-Sí, debemos buscarlo ahora que mi papá Sebastián y mi mamá María Teresa no están aquí en casa –dijo Togüito.

                -Sí, vamos –dijo Saltarín-. Togüito quitó el cubrecama de la cunita, lo entorchó en forma de mecate, y lo arrojó hacia afuera para bajar a rapel.

Tomaron rumbo a la supercueva secreta en la montaña. El niño entró y salió de supercapa convertido en el superbebé protector de los animales maltratados; jineteando a Saltarín, el chivito blanco más veloz de la sierra, emitió su grito  justiciero: “¡Santooos Caramelooos!” Y continuó de superpañal desechable, de superbotines de algodón, con el supergorrito hundido en forma de careta, el superchupón escudo atado al brazo izquierdo y armado de  las superespinas de cardón.

El defensor de los animales se dirigió a la casa donde Yaco vivía con una familia que lo recogió y no estaba.

Lo buscó en todo el pueblo, tampoco lo encontró. Sin saber dónde más buscarlo, Togüito se detuvo debajo de una mata de mamón, por casualidad miró hacia  el copo y vio a una iguanita simulada entre las hojas:

-¿Has visto a Yaco? –le preguntó.

-Sí, lo vi que cogió rumbo a la montaña -advirtió la iguanita.

Togüito y Saltarín tomaron en dirección al monte, más adelante, le preguntaron a un chigüire:

-¿Han visto a Yaco, un gatico negro, pequeño?

-Sí, por aquí pasó –dijo el chigüire.

Siguieron internándose en la montaña, y cuando pensaban que ya no les sería posible localizarlo, se encontraron con un zorro.

-¿Has visto por aquí un gatico de ojos amarillos? –le preguntaron.

-Sí, ahí va –dijo el zorro señalando el rumbo con el dedo.

Togüito y Saltarín recobraron las esperanzas y continuaron caminando, no lograban verlo, pero se toparon con un venado corriendo.

-¿Cuál es la prisa? –indagó Togüito.

-Un gatico se volvió loco y desafió una manada de tigres –dijo el venado-. Si no llegan a tiempo, lo devoran de un solo bocado.

Togüito y Saltarín corrieron en su auxilio. Tenían que impedir que se comieran a Yaco. Ya cuando los felinos llegaron lo habían rodeado y discutían quién de ellos lo engulliría.

La disputa la ganó el tigre más grande que saltó al instante del grito: “¡Alto!” Los felinos voltearon desconcertados, miraron a Togüito. El fiero animal que brincó para tragarse a Yaco de un solo mordisco, fue el primero en detenerse.

-¡Ese es mi amigo! –advirtió Togüito.

-No sabíamos –dijeron los tigres- que desistiendo de su acción se marcharon sin decir nada. El gatito subió a Saltarín junto con Togüito.

-¿Qué te sucede? –le preguntó el superbebé.

-Me siento mal, quería que me comieran los tigres –dijo Yaco.

-¿Y eso? –interrogó el superhéroe.

-En esa casa donde vivo nadie me quiere. No me dan comida y me castigan todos los días –contó Yaco-. Ayer a la hora del almuerzo me metí debajo de la mesa esperando que me dieran o dejaran caer una migaja, la sobra de algo, y en un descuido  rocé con el rabo al señor de la casa que, al reaccionar con tanta violencia, me pegó un puntapié por una costilla, casi me revienta.

-Y ahora, ¿qué piensas hacer?

-No sé, por eso huí a la montaña  para que me comieran los tigres.

-Debemos hacer algo –intervino Saltarín quien permanecía callado.

-Tengo una idea –dijo Togüito.

El superhéroe bajó del superchivito, fue a un cardón y cortó el trozo con más espinas. Siguieron el viaje y llegaron a la casa donde vivía Yaco.

Togüita entró, colocó el pedazo de cactus debajo de la mesa y le dijo al gatico: “espera la hora del almuerzo y cuando el señor tome asiento, le pasas el rabo por las piernas”. Así lo hizo y el hombre, como siempre, le soltó un duro puntapié, solo que esta vez se encajó todas las espinas del cardón.

-¡Ayyy! –exclamó el agresor de los animales en un grito que se escuchó en todo el pueblo como el llanto del gatico adolorido por el maltrato, y  más nunca le dio un golpe a una mascotica desvalida.

Togüito regresó a la  supercueva secreta, dejó su equipamiento y regresó a su casa de cocoliso como un niño indefenso, sin que nadie supiera que detrás de ese bebé se escondía el gran paladín de los animales maltratados.

María Teresa llegó al cuarto de su hijo, lo tomó de la cunita apretujándolo cariñosa contra su cuerpo y lo metió a la bañera, estaba sudadito, coloradito del calor.

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Composición gráfica: José Manuel Pernía

Instagram: @dejavu_creaciones

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